Las víctimas
Cuando mamá se divorció de vos, nos alegramos. Se la aguantó
y se la aguantó en silencio, durante todos esos años, hasta que al fin
te echó sin previo aviso: sus hijos, encantados. Tiempo después te echaron
del trabajo: nos alegramos en el fuero interno, como la gente se alegró
la útima vez que Nixon dejó la Casa Blanca en helicóptero. Nos divertía
imaginar que te quitaron tu oficina, tus secretarias,
tus almuerzos con tres whiskies dobles,
tus lápices, tus resmas de papel. ¿Te harían devolver también
tus trajes, esas caracasas lúgubres colgadas del placard,
y las punteras negras de tus zapatos con sus grandes poros?
Nos había enseñado a aguantárnosla, a odiarte y a aguantárnosla,
hasta que la empujamos a aniquilarte, Padre. Ahora,
cada vez que paso por al lado de un mendigo en un portal,
el cuerpo de babosa brillándole a través de las rendijas
de su traje de barro comprimido, las aletas
manchadas de sus manos, el fuego
submarino de sus ojos, como barcos hundidos
con las lucen encendidas, me pregunto quienes habrán sido
los que se lo aguantaron en silencio, hasta que dieron todo,
y no les quedó nada más que ésto.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
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