OH, NATALIE…
Cuando era mucho más joven me enamoré de
Natalie Wood
(incluso ahora creo que de todas las actrices
Me pongo buena nota
por no haberme prendado de B. B. o, Dios me libre,
de Marilyn,
esa vergüenza no la tuve que pasar.
Pero Natalie Wood es del todo respetable.
Amaba a Natalie Wood,
paseábamos juntos al atardecer por
Tunari-Dorobanţi-Dionisie Lupu,
yo la cogía por los hombros y ella me cogía por la
cintura,
sobre todo en otoño era muy bonito.
No le importaba que yo aún llevara el uniforme del
instituto.
«Mircea —me decía— Mircea,
eres maravilloso,
eres todo lo que una intelectual podría desear».
«Tú también, gatita, eres maravillosa».
Caminábamos entre las hojas marchitas, nadie nos
comprendía,
éramos demasiado sensibles, demasiado
diferentes…
«Natalie —le decía—
oh, Natalie, Natalie, Natalie,
qué nombre tan bonito tienes… sabes, Natalie,
yo ahora no soy nada,
mientras que tú eres famosa, tienes toda una
filmografía a tus espaldas,
pero trabajaré, Natalie, ya verás,
ganaré dinero…».
Y las tardes de otoño eran tan tristes
y los ojos de mi hermosa amada eran tan hondos…
Luego comenzó a nevar despacio
y los tranvías echaban chispazos verdes al contacto
con los cables mojados,
pasaron los años,
tenía ya gloria, dinero y mujeres,
había publicado en París y en Chicago,
seguía yendo al Cantemir solo por costumbre, por
puro sentimentalismo.
Por las tardes Natalie me esperaba
a la puerta del instituto, en su minúsculo Porsche
en el que dábamos vueltas muy lentas por la calle
del Profeta, por cabo Troncea
y de nuevo por la calle del Futuro.
Recuerdo que una tarde
paró el coche junto a la acera,
encendió un cigarrillo en la oscuridad, y con su voz
sensual
(pero ronca y apenada entonces)
me confesó que me había engañado con un
hombre. «Mircea, tenía,
tenía que decírtelo,
no habría forma de seguir si no. Sabes,
en ningún momento quise acostarme con Robert
pero es tan insistente… estos rubios son
tremendos…
pero créeme, Mircea, créeme que tú sigues siendo el
mejor…».
Se lo perdoné.
Lo que no se le perdona a una depravada
se le perdona a una mujer superior.
«Engáñame con tus actos, pero no con tu
pensamiento», fue lo único que le dije.
Luego me fui a la mili.
A Cristi Teodorescu iba a verlo casi cada semana
Daniela.
A Mera lo iba a ver la que ahora es su mujer.
Hasta a Rómulo lo fue a ver alguien una vez.
Natalie nunca me visitó.
Los domingos me quedaba como un pringado en la
garita de guardia
y miraba cómo besaban los demás a sus novias,
cómo les acariciaban las manitas sobre la mesa…
Mientras limpiaba las armas leía la revista Cinema a
escondidas,
recortaba todo lo que encontraba sobre ella, sobre
Ella.
Luego, durante diez años no supe nada de ella. La
vida nos separó.
Pero hace apenas una semana, buscando cintas de
magnetófono,
¿a quién veo en El disco de cristal, cerca de Lipscani?
¡Natalie, Natalie estaba de nuevo en Rumanía!
Pero qué envejecida… No quise decirle nada
y me fui antes de que me viera (fuera la esperaba
el paliducho de Redford con su Cadillac).
No, las sopas recalentadas son sosas.
No, Natalie,
tú ya elegiste, a partir de ahora sigue tu camino.
Y, sin embargo, ¿por qué, al volver a mi chalé,
las 17 habitaciones me parecieron vacías?
A través de la ventana helada me quedé
contemplando la piscina
en la que flotaba una hoja muerta…
Traducción Corina Oproae.
(Fuente: Adriana Hoyos)
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