miércoles, 18 de octubre de 2023

Louise Gluck (EEUU, 1943 - 2023)

 


1
Varias semanas atrás descubrí una foto de mi madre
sentada al sol, su rostro sonrojado como por el logro o el triunfo.
El sol brillaba. Los perros
estaban durmiendo a sus pies donde el tiempo dormía también,
calmo y estático como en todas las fotografías.
 
Saqué el polvillo del rostro de mi madre.
Ciertamente el polvillo cubría todo; me parecía la persistente
confusión de la nostalgia que protege todas las reliquias de la infancia.
En el fondo, una variedad de muebles de jardín, árboles y arbustos.
 
El sol bajó en el cielo, las sombras se agrandaron y oscurecieron.
Cuanto más polvillo sacaba, más crecían esas sombras.
El verano llegó. Los niños
se inclinaban sobre el cerco de las rosas, sus sombras
se fundían con los sombras de las rosas.
 
Una palabra vino a mi cabeza, nombrando
este movimiento y cambio, estos borrones
 
que ahora eran obvios-
 
Aparecía y rápidamente desaparecía.
¿Era ceguera u oscuridad, peligro, confusión?
 
El verano llegó, luego el otoño. Las hojas cambiando,
los niños, puntos brillantes en una mezcla de bronce y siena.
 
 
2
Cuando me recuperé un poco de esos acontecimientos,
coloqué la foto como la había encontrado
entre las páginas de un antiguo libro,
muchas de sus partes habían sido escritas
en los márgenes, algunas veces en palabras, pero más a menudo
en vivaces preguntas y exclamaciones
 
que significaban “estoy de acuerdo” o “me siento inseguro, confundido-”,
La tinta se desvanecía. Aquí y allá no podía decir
qué pensamientos le venían al lector
pero a través de las manchas como moretones podía sentir
la urgencia, como si hubieran caído lágrimas.
 
Tomé el libro por un tiempo
era Muerte en Venecia (traducido)
Había anotado la página en caso de que, como creía Freud,
nada fuera un accidente.
 
Así la pequeña fotografía
fue enterrada otra vez, como el pasado es enterrado en el futuro.
En el margen había dos palabras,
unidas por una flecha: “esterilidad” y más abajo “olvido”-
 
“y a él le pareció que el pálido y adorable
convocante allí afuera, le sonreía y llamaba con un gesto”
 
 
3
Qué quieto está el jardín.
Ninguna brisa ondula el cerezo silvestre;
el verano ha llegado.
 
Qué quieto está
ahora que la vida ha triunfado. Las rústicas
columnas de los sicomoros
soportan los inmóviles
estantes de follaje,
 
el césped debajo
frondoso, iridiscente-
 
Y en el medio del cielo,
el dios presuntuoso.
Las cosas son, él dice. Son, no cambian;
la respuesta no cambia.
Qué silencioso está, tanto el escenario
como el público, el respirar
parece una intromisión.
 
Él debe estar muy cerca;
no hay sombras en el pasto.
 
Qué quieto está, qué silencioso,
como una tarde en Pompei.
 
 
4
Beatrice llevó a los niños al parque en Cedarhurst.
El sol brillaba. Aviones
pasaban una y otra vez por encima, pacíficos, porque la guerra había terminado.
 
Era el mundo de su imaginación;
lo verdadero o falso no tenía importancia.
 
Recién lustrado y brillante-
así era el mundo. El polvillo
no había irrumpido aún sobre la superficie de las cosas.
 
Los aviones pasaban, una y otra vez, con rumbo
a Roma y a París- no podías llegar allí
a menos que volaras por sobre el parque. Todo
debe atravesarlo, nada puede detenerse-
 
Los chicos se daban las manos, se inclinaban
para oler las rosas.
Tenían cinco y siete años.
 
Infinito, infinito-esa
era su percepción del tiempo.
 
Ella se sentó en un banco, un poco escondida entre los robles.
A lo lejos, el miedo se aproximaba y partía;
de la estación de trenes venía su sonido.
 
El cielo era rosa y naranja, más viejo porque el día había terminado.
 
No había viento. El día
proyectaba sombras de roble sobre el pasto verde.
 
 
 
(Fuente: Pedro Donangelo)

 

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