In Memoriam
por La Mecánica Celeste

EL FUTURO DE LA VIDA EN LA TIERRA
Montaigne escribió que enseñar a un niño no es llenar un vacío, sino encender un fuego. En 1987 el filósofo francés Jacques Rancière publicó un pequeño libro titulado El maestro ignorante. Cinco lecciones sobre la emancipación intelectual. Allí retoma la experiencia de Joseph Jacotot, un revolucionario exiliado, que hacia 1818 comenzó a enseñar aquello que ignoraba y a proclamar la igualdad de las inteligencias, en un gesto pedagógico, filosófico y político radical.
En las conferencias que dan origen a esta colección, dirigidas a grandes y chicos, la función del maestro ignorante será entonces recuperar aquel gesto y proponer, en un momento dado, un objeto singular, un pasaje un tanto misterioso, una pregunta que se nos viene encima y ante la cual hay que reaccionar. Sin embargo, para el maestro ignorante la experiencia de no entender es fundamental y encontrar un obstáculo sin perder la esperanza de superarlo es decisivo, porque nos pone en estado de desafío.
La infancia en este caso no se refiere a un momento de la existencia ni a un estado psicológico. Hay viejos que tienen apenas veinte años. Se trata de un impulso de insumisión repleto de paciencia, un amor del riesgo cargado de memorias. De allí, y de la experiencia iniciada hace varios años en un teatro de las afueras de París, surgió el proyecto de esta colección. Los temas no tienen límites, pero hay una regla de juego, que consiste en que los oradores se dirijan efectivamente a los niños, ¡no importa la edad que tengan!, en un gesto de amistad y compromiso que atraviese las generaciones.
Traducción de MARGARITA MARTÍNEZ

El futuro de la vida en la tierra. Buenos Aires. Capital Intelectual. 2017. Págs. 7-8.
EN NOMBRE DE LAS FLORES
En el marco de nuestra búsqueda hemos recogido una información particularmente esclarecedora. La actividad científica, la poética y la religiosa nacen juntas en un mismo mantillo, impregnado de angustias infantiles.
Estas tres hermanas, gemelas en su origen, están destinadas a la misma tarea: la reconstrucción del mundo…
Al descifrar el comportamiento de la naturaleza, la ciencia logra, hasta cierto punto, conjurar el miedo. Nos tranquiliza. El trueno y los cometas ya no nos asustan. Aún somos impotentes frente a la violencia destructora de los huracanes, pero estamos en condiciones de prevenir a las poblaciones amenazadas. Algunas enfermedades, antes mortales, pueden ser controladas por la medicina.
Para alcanzar su objetivo, la ciencia esta atenta a los hechos. Se impone el control de las experiencias en el laboratorio. La realidad que recrea -en términos de teorías y de leyes- debe obligatoriamente reproducir las observaciones. Esta limitación le da su credibilidad, pero también sus límites expresivos. Las palabras son utilizadas aquí para intercambiar informaciones.
Para cuidar el rigor y la precisión el científico debe expresarse en términos claramente definibles, despojados de toda ambigüedad, otorgar a sus frases la construcción lógica impecable que asegura una transmisión óptima de las informaciones.
Un quásar se denomina: «095 + 51n». Este nombre es a la vez preciso y práctico; da la posición del astro en coordenadas celestes. Como contrapartida, está desprovisto de connotaciones afectivas. Nos hace soñar… Es el precio que debe pagarse para obtener informaciones utilizables.
La poesía emplea el lenguaje con una finalidad diferente. Un poema japonés (haikú) nos ofrece una excelente ilustración de ello:
Vi unas hierbas silvestres.
Cuando supe su nombre,
Me parecieron más bellas.
La belleza es una experiencia del mundo. Implica a la vez realidad exterior y a aquel que la percibe. Está cimentada en ese territorio intermedio del que nos habla el psicoanalista. Al poner palabras sobre la realidad, la poesía enriquece nuestra relación con las cosas. Nos las deja ver de otra manera. Nos las deja ver, simplemente. Al ser nombra, la flor se vuelve más hermosa.
Las puestas de sol no serán nunca las mismas para quien no conozca los versos de Baudelaire:
Los soles ponientes
salpican los campos,
los canales, la ciudad entera
de jacinto y oro,
el mundo se adormece
en una cálida luz.
El jacinto, el oro, la cálida luz se asocian para siempre, y acompañarán al lector en esos momentos en que el sol se pone.

Traducción: ALICIA REVELLO

Malicorne. Reflexiones de un observador de la naturaleza.Barcelona. EMECE. 1992. Pág. 36.
HUBERT REEVES (1932-2023): «LO REAL INCLUYE LO IMPREVISIBLE, LO ALEATORIO».
Por: Bahgat Elnadi (19-) y Adel Rifat (19-)
No es frecuente que un científico sea también un vulgarizador, y en su caso, además, un poeta…
Muy pronto advertí que había algo en la astronomía que interesaba a mucha gente. Todo comenzó con mis hijos, en los lugares de veraneo donde nos reuníamos a menudo en grupo y donde cada cual tendía naturalmente a hablar del tema que conocía. Por las noches, bajo un hermoso cielo despejado, me ponía a hablar de las estrellas. Y pasando de las estrellas a los planetas, del nacimiento del universo a la vida en la Tierra, ¿cómo no procurar compartir con mis oyentes el deslumbramiento permanente que la odisea cósmica me inspira?
Para mí sorpresa, mi manera de narrar, que mezclaba la reflexión científica con la inspiración poética, encontraba un auditorio cada vez más numeroso y atento. Así nació la idea de escribir un primer libro, Paciencia en el azul del cielo, que estuvo a punto de ser último, pues los editores a los que envié el manuscrito no reaccionaron como mi público de veraneantes. Una treintena de editoriales me respondieron, en sustancia, que los problemas de astronomía no interesaban a nadie.

Finalmente, la editorial francesa Seuil aceptó correr el riesgo de publicar una tirada de tres mil ejemplares, dándome a entender que de ninguna manera esperaban que se agotara, Paciencia en el azul del cielo acaba de superar el medio millón de ejemplares. Para mí, como para el editor, fue una verdadera revelación: había un público y un público vastísimo interesado en esas cuestiones y deseosos de que se le hablara de ellas con una información rigurosa pero sin perder el candor de la mirada poética.
¿No hay en ese entusiasmo algo que, más allá de lo poético, roza el misterio de la creación, y en definitiva lo religioso?
Sin duda hay algo de eso. Hoy en día surgen interrogantes y expectativas que rebasan la cuestión del “¿cómo funciona” El mero saber ya no basta. Cada vez es mayor el número de personas que se preguntan por el sentido último del universo, esperando pese a todo conciliar nuestros conocimientos actuales con la paz de nuestras conciencias.
En el siglo pasado y hasta mediados del presente prevaleció la tendencia a confiar en la ciencia para resolverlo todo. Con la última guerra y en particular con la amenaza del holocausto nuclear, se comenzó a dudar, a vivir en un clima de inseguridad, a temer el futuro. La ciencia había logrado resolver graves problemas, pero creado otros, y cierta manera de utilizar los progresos científicos había engendrado terribles amenazas. Ello significaba que la ciencia no era, por sí misma, exclusivamente benéfica, que era necesario vigilar su evolución y sus aplicaciones y recurrir a otras luces para orientarse en la existencia, sin perder de vista por ello los grandes puntos de referencia del conocimiento científico. De ahí, a mi juicio, ese enorme interés por la astronomía, que parece acercarse cada vez más a las fuentes del gran misterio de la existencia, a esas zonas donde se diría que la metafísica aflora detrás de la física.
Es tan cierto que usted dice que un día, hace ya muchos años, nos encontramos con un amigo que estaba muy triste porque acababa de leer que se ponía en duda la teoría del big bang. Sin la certeza científica del big bang se sentía desamparado, despojado de una idea muy tranquilizadora que reconciliaba la ciencia con el Génesis.
Sí, en efecto, eso es lo que a veces está en juego. Pero no llego hasta…
Usted se pregunta más bien qué parte corresponde a la necesidad y qué parte al azar en la evolución del universo…
Así es. Hasta el siglo XIX, en líneas generales, la física tuvo un punto de vista muy determinista: todos se encadenaba, las mismas causas producían siempre los mismos efectos, y una ley de hierro regía la evolución. Más tarde, a partir de Darwin, el azar irrumpió de manera estruendosa en el pensamiento científico: las nociones de adaptación, mutación, supervivencia del más apto, introdujeron la puerta a formidables debates.
Hoy se tiende a pensar en la necesidad y el azar son indisociables, que actúan una a través del otro y viceversa. No es posible transgredir las leyes físicas, por ejemplo, pero éstas actúan en un cierto campo de determinación; más allá de ese campo, dejan de actuar. Paralelamente en el universo se producen acontecimientos, es decir hechos nuevos, imprevisibles, que se explican por una conjunción inédita de factores. Prefiero en este caso hablar de juego, y no de azar: la compleja trabazón de las leyes deja necesariamente margen al juego. Dicho de otro modo, y sin pretender ser ingenioso, en la naturaleza lo aleatorio es necesario. Ello ha quedado demostrado desde hace tiempo en la física cuántica con las relaciones de indeterminación de Heinsenberg y acaba de probarse recientemente, a escala más general, con las teorías del caos determinista.
Tomemos un ejemplo sencillo: hoy día viven en la Tierra cinco mil millones de seres humanos, todos sometidos a las mismas leyes físicas -y sin embargo, todos diferentes. El hecho de que cada cual tenga su personalidad, su historia y su propio destino demuestra a las claras que las leyes de la naturaleza por apremiantes que sean dejan un amplio margen al juego, a lo imprevisible, es decir, en definitiva, a la libertad.
Otro ejemplo es el de los cristales de hielo. Obsérvelos con el microscopio: todos tienen infaltablemente seis puntas, no son cristales de hielo. Pero siga observándolos: allí comienza lo fascinante, con sus seis puntas todos son diferentes. Se han hecho libros muy hermosos sólo con imágenes de cristales de hielo. Su belleza reside precisamente en que presentan una estructura idéntica, modulada hasta el infinito. La naturaleza manifiesta por los hombres, como por los cristales de hielo o las mariposas, una doble preocupación: por un lado, organiza, impone leyes, instaura un orden; por otro, rompe la mortal monotonía del orden introduciendo fallas, dejando espacio a la incertidumbre, a la indeterminación, en resumen, a la diversidad.
¿Quiere decir que la evolución actual podría haber sido diferente lo que es en realidad?
Sin duda alguna. Podría haberlo sido, pero sólo hasta cierto punto. Es en el margen de lo aleatorio donde se sitúa esa posibilidad. Pero la necesidad determina algunas grandes líneas de esa evolución. Por ejemplo, dada la existencia de una galaxia, hay una línea de evolución que conduce a la creación de estrellas. Esta es la parte que corresponde al determinismo. Pero no es posible prever el nacimiento de esa estrella determinada, única, que es el Sol. El Sol podría no haber existido. Eso es lo aleatorio.
Del mismo modo la Tierra, con sus características particulares, podría no haber existido. Pero dada su existencia, y las condiciones de su nacimiento, habría sido posible predecir la aparición de la vida en ella, pero de ninguna manera qué formas de vida en particular, o si los elefantes más bien que los canguros. Asimismo una vez aparece la especie humana hubiera sido posible prever -o al menos esperar- que los seres humanos continuarían existiendo hasta el día de hoy. Pero, ¿quién hubiera sido capaz de prever el nacimiento de nosotros tres aquí presente, nuestro encuentro, en este lugar y este día? Nadie, evidentemente.
No cabe duda de que nadie podía preverlo, ¿pero ello se debe a la insuficiencia de nuestro sistema de conocimientos y de nuestro material técnico, a nuestra incapacidad de dominar el conjunto de datos que entran en juego? ¿O se trata de una imposibilidad objetiva, de una resistencia intrínseca de lo real, porque lo real incluye lo imprevisible?
Lo real incluye lo imprevisible, lo aleatorio. Es el fundamento mismo de las teorías del caos.
¿Se trata de una extensión del principio de indeterminación?
El principio de indeterminación atañe a lo infinitamente pequeño. Y, precisamente, cuando se estableció ese principio y fue definitivamente admitido por la comunidad científica se afirmó durante mucho tiempo que operaba sólo a escala atómica. A gran escala, podíamos estar tranquilos, contábamos con leyes de una solidez a toda prueba. Pero, ¡cataplum!, se advirtió que incluso la órbita de los planetas, en ciertas condiciones, podía ser caótica. Por ejemplo, uno de los satélites de Júpiter describe una órbita tan extraña que nada permite prever tres días antes qué rumbo va a seguir. Es algo pasmoso, pero es así. Aunque uno disponga de todos los datos posibles e imaginables sobre su trayectoria anterior y recurra a una batería de computadoras, no podrá prever, hoy, la orientación que ese satélite tomará dentro de tres días, y no por falta de instrumentos adecuados, sino sencillamente porque, por decirlo así, él mismo lo sabe.
La teoría del caos pone entonces punto final a un determinismo simplista que ha dominado durante siglos no sólo el pensamiento científico sino también el filosófico. En ese sentido esta teoría da el espaldarazo a la idea de libertad. Hasta hace poco se nos decía: “¡Ah, hijos míos, tenéis la impresión de elegir, pero no es más que una ilusión óptica, todo está decidido por adelantado!” Ahora no, incluso la física demuestra lo contrario. Es posible clamar con total lucidez: !viva la libertad¡
Ahora que nos ha tranquilizado con respecto a la libertad de que disponemos, hablemos de esa figura, que entre necesidad y caos, define la lógica misma de la evolución, esa figura que usted llama pirámide de la complejidad.
Empleo la imagen de la pirámide por analogía con el lenguaje escrito. El lenguaje escrito procede según una lógica piramidal: utiliza varias letras para formar una palabra, varias palabras para formar una frase, y varias frases para formar un párrafo, y así hasta llegar al libro. Va de lo sencillo a lo complejo, de lo numeroso a lo singular.
La evolución funciona de la misma manera. Crea la partícula, después a partir de varias partículas, forma un núcleo atómico, y así sucesivamente, un átomo, una molécula, una estrella, un planeta, una célula, un organismo. El big bang sería la explosión primera que ha engendrado las letras del alfabeto cósmico. A partir de ahí, es posible datar cada piso de la pirámide de la complejidad desde hace 15.000 millones de años.
Como se ha hablado mucho recientemente de los 15.000 millones de años pasados, sería tal vez más interesante preguntarle por los futuros 15.000 millones. O, más seriamente, ¿qué previsiones es posible hacer hoy por hoy?
Dos grandes tesis se enfrentan al respecto. Se sabe que desde su nacimiento el universo tiende a enfriarse y por consiguiente a diluirse, a expandirse. Las galaxias se van alejando unas de otras. Este proceso va a continuar todavía por largo tiempo, digamos unos 40.000 millones de años. Todo el mundo está de acuerdo en ese punto. Las divergencias aparecen frente a lo que puede pasar después. ¿El universo seguirá enfriándose y expandiéndose, o se va a iniciar una especie de cuenta hacia atrás, y empezar a calentarse, y las galaxias a acercarse unas de otras? Para zanjar este formidable dilema tendríamos que contar con numerosos datos que, hoy por hoy, no se conoce bien. Disponemos sin embargo de un conjunto de pruebas que hacen pensar que la temperatura del universo continuará disminuyendo. Pero se trata de un conjunto de pruebas frágil, es decir no concluyente. Cabe defender la tesis contraria…

(Fuente: La Mecánica Celeste)
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