martes, 16 de marzo de 2021

Silvia Guerra (Maldonado, Uruguay, 1961)

 

 

Poemas

 

 

1-

 

Venía obstruyendo desde atrás en demasía adentrando ese tiempo que se agolpa

en lo blando de las articulaciones. Y así por el camino en bicicleta entre los ceibos,

así en el empedrado y la mañana.

 

Estaba un poco más allá la fuente el surtidor, los topacios guardados de la fragua del viento, los anillos que quedan de cualquier extorsión. Sin embargo hay un hilo que la busca, un tiento debajo de las lonjas apiladas y que la luz transmite.

 

Quedan las piras, una sobre otra, el alto pelo para la tarde próxima. Esta mañana la luz filtra en las hojas y la tarde modifica sus tallos. Una granada presa en grutas toscas muda  la materia reciente en una gloria verde  atiborrada entre la clorofila.

 

Es mejor el resguardo de esa hora que confunde en las sienes. Recogerse.

El silencio es mejor. Vale la noche, vale el crepúsculo doliente, vale el pasar reiteradamente en las ventanas removidas y ser en ese instante luz en la pared

siguiente. Contra la nuca todo lo que resta:  los posibles espasmos en las hojas

el halo que desprende la emoción.

 

Asciende entre las pausas y los hiatos en sombra de ascensor ahogando estridencia y

Mediodía poniendo trapos a los celos proyectando las demás cabelleras esparcidas

y espasmos, pero el rumor persiste, crea un submundo, o un Aire, crece apenas. Un espacio en que moverse desde el pálido papel hasta el sitio en que la carnadura de la voz va al recinto del asma y un todavía puede insinuarse, Aún, rozando el bazo enroscando en un humo como si fuera de cacao a otros anfibios que caen en la maraña de la noche, liban de ahí, entre el olor y el sueño.

 

 

 

2-

 

No quedaba tan claro como viene. Si es del anudamiento o es del pasmo,

Nunca sabrá el olvido lo que cubre. Balanceándose como un vestido de

verano en la azotea  insinuaba opulencia en el verde, advenimiento

de lo casto produciéndose, océano desde sí más a la espuma. Recorría la costa

alta la luz  buscando entre  las rocas veletas animales del plancton partículas de

seres que la noche ilumina. Hasta ahí, el canto era otra cosa.

 

Después la oscuridad pone su marcha y en la pregunta aplasta

lo que emerge. El mar como un fondo o apego

algo que llama. Siempre a llorar por esas mismas partes de cielo,

esos recortes de la costa en las desembocaduras.  Hay  un borde en

el que  crecen pinos insignes con piñones oscuros que perfuman el viento.

Una superposición de mareas, una alborada saca polvo del astro: debería

el tiempo respetar esas cosas y las líneas dibujarse en otra dimensión.

 

Cables  trenzados, rayas que no cesan. Las mujeres se agolpan. Los vestidos

se achatan, quién quiere remontar esa subida, si son los monos famélicos que

desde la cima tiran piedras. El traje en la ventana se ventila y guarda, entre las

fibras, las temperaturas de la brisa.

Puede ser que la muerte se introduzca esta tarde.

 

Puede ser que se anime o que no le convenga. Como esas rutas

que atraviesan los campos es el mismo campo compungido que

atraviesa la estepa aunque a esa altura ya haya surtidores, agua en

baldes de lata, remansos en la sombra. Lo que queda de ahí es viento

amable que a veces trae perfume de fruta, de hojas de limonero, de

árboles de duraznos agrupados. Así la medianera, así el silencio de

la distracción y la distancia.

 

Pasa una nueva altura sobre sandalias libres que lleva de otro modo la minucia.

Y se desprende la blusa en la frescura del color violeta. Pasa la luz ahora y filtra

lo que el sol dejó en la fruta, más perfume viscoso, el tiempo apremia. Sólo el alrededor que queda en los cordófonos cuando pica la tarde entre las aves.

 

Arma la rama que dice sólo ahora. Los vegetales se deletrean entre los dedos.

Las yemas que apaciguan al tacto del socaire. A la textura de su crecimiento.

Y mira desde atrás de una ventana sobre la faz del mundo: unos carros que giran,

unas norias atadas. También hay otras cosas, embarcaderos, marcos en plata repujada

y el tornasol erróneo e imperfecto de esa agua que pasa contra el cielo.

 

 

 

3-

 

Caerse de la cuna. De sí caerse. Darse cuenta de ahí como el color asciende. Se mezcla con los otros más rubor y menos tolerancia. Cero. La copa que se llena al revés sobre el ras es que agota la línea del absurdo. Comba. La edad, comba. El cielo, comba. La noche inmensa recoge en la negrura un poco húmeda, cóncava, los bichos de la luz, las barboletas, los escarabajos diminutos del verano. Hay una estridencia pequeña en la negrura última de ese terciopelo que responde. Se hunde ahí, en la noche. Avanza en la concavidad. Mas la cuna. Mas la cuna de la que se cae, eso es de día. Un día para caerse de las cosas terrenas, atrás el estrellado cielo que se comba, atrás la humedad de la noche que se acerca con los pies del relente. Atrás el estupor. Que resta. Resta, resta. En el conglomerado las avispas doradas clavan el aguijón. Son alfileres. Son avispas. En el calor del día las avispas. Angosta el paso la evidencia que cae. La menudencia de las migas. Pierde peso. El peso, pierde. La gravedad trasunta las horas las redes diminutas  de las células. Enjambres otoño abejas. Sólo el sueño proyecta con su sombra las palabras que nombran a las cosas, las extiende, las guarda. O las resguarda. Ahí. Donde escuece extiende cuela existe extiende. Ahí. Contra todo lo que pueda preverse. Duele dura distinto por completo: otro, Otra.

 

 

(Fuente: Vallejo & company)

 

 

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