Una negativa a lamentar la muerte por fuego de una niña en Londres
Nunca hasta que la oscuridad artífice del hombre
hacedora del ave el animal y la flor
y humillante de todo
anuncie con silencio el despuntar de la última luz
y llegue la hora calma
del mar que se agita con la brida
y yo deba entrar de nuevo
en la redonda Sión de la gota de agua
y la sinagoga de la espiga de maíz
rezaré jamás la sombra de un sonido
ni sembraré mi grano de sal
en el mínimo valle de cilicio para lamentar
la majestad y el fuego de la muerte de la niña.
No mataré
la humanidad de su partida con una verdad solemne
ni voy a blasfemar por las estaciones del aliento
con ninguna otra elegía
de inocencia y juventud.
En lo profundo, con los primeros muertos, yace la hija de Londres,
vestida con los amigos largos,
las fibras sin edad, las venas oscuras de su madre,
secreta junto al agua sin lamento
del Támesis que corre.
Tras la primera muerte, ya no hay otra.
......
La mano que firmó el papel
La mano que firmó el papel derribó una ciudad;
cinco dedos soberanos tasaron el aliento,
duplicaron el mundo de los muertos y partieron un país por la mitad;
esos cinco reyes hicieron un rey de la muerte.
La mano poderosa lleva a un hombro vencido,
las falanges contraídas por la gota;
una pluma de ganso puso fin a la matanza
que puso fin al discurso.
La mano que firmó el pacto engendró fiebre,
y creció el hambre, y vino la langosta;
grande es la mano que tiene dominio sobre el hombre
sólo por un nombre borrajeado.
Los cinco reyes cuentan los muertos
pero no alivian la herida encostrada ni acarician la frente;
una mano decide la piedad como otra decide el cielo;
las manos no tienen lágrimas que derramar.
......
[Traducción: Gerardo Gambolini.]
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