lunes, 27 de abril de 2020

Mahmud Darwish (Palestina, 1941-2008)



Los violines 

 

Los violines lloran con los gitanos que marchan a Andalucía.

Los violines lloran por los árabes que salen de Andalucía.

Los violines lloran por un tiempo perdido que no volverá.

Los violines lloran por una patria perdida que tal vez volverá.

Los violines prenden los bosques de esta oscuridad lejana, lejana.

Los violines ensangrientan los cuchillos y huelen mi sangre en la yugular.

Los violines lloran con los gitanos que marchan a Andalucía.

Los violines lloran por los árabes que salen de Andalucía.

Los violines son caballos sobre una cuerda de espejismo y un agua que gime.

Los violines son un campo de lilas salvajes que se aleja y se acerca.

Los violines son una fiera que tortura la uña de una mujer, la roza y se aleja.

Los violines son un ejército que construye un cementerio de mármol y de nahawand.

Los violines son la anarquía de los corazones que enloquece el viento en los pies de la bailarina.

Los violines son bandadas de pájaros que se escapan de la bandera incompleta.

Los violines son el quejido de la seda arrugada en la noche del amante.

Los violines son la voz del vino lejano sobre un deseo vencedor.

Los violines me siguen, aquí y allí, para vengarse de mí.

Los violines me buscan para matarme allá donde me encuentren.

Los violines lloran por los árabes que salen de Andalucía.

Los violines lloran con los gitanos que marchan a Andalucía.
 
 
 

incluido en Poesía árabe. 16 poetas árabes contemporáneos (Biblioteca digital, República Dominicana, 2008).


(Fuente: Asamblea de palabras)

Mario Santiago Papasquiaro (México, 1953 - 1998)









CAMINO A TEOTITLÁN DEL CAMINO

PERO AÚN EN EL METRO SAN LÁZARO

 

Chueco de risa ((rebotando))
Oloroso / casi a punto
Con mi uñas de zancudo
exprimiéndole en lo más hondo su sinrazón al agua
Por los hornos de la lluvia me remojo
No retrato / no mastico / no interrumpo
el romance indio & denso de mis choclos
con los charcos
Salto en frío
Estas calles de mis fórceps:
estas idas y venidas de mis años desempleados
me vacilan / me rasuran
Ni 1 orgasmo me han ahogado
Sin aletas ni escafandra sobrevivo
& hasta escribo -entre los peces-
& he aprendido trompetillas
& a rascarme suspirando
No precisamente a ras del musgo
/ ni lejanamente sepultado /
 
 


SIN EMBARGO SOBREVUELO
COMO 1 DINASTÍA DE SOLES


            A la memoria de Alejandra Pizarnik
 

¿A dónde me conduce esta escritura?
/ rosa de aspavientos: espantapájaros /
¿A qué falo de sol remojado en espuma de alabanzas?
Si no me suicido hoy / ya me suicidaré mañana
Querido amigo:
La risa en la agonía es cascada flamígera
Vivir & llagarse
llegarse / bucearse
romper el hechizo
cantar / sin piedad /
No sé
((piedra bicorne))
((vihuela rapaz))
Ni el camino de la lengua
ni las leguas a Bagdad
Odio esta Caricatura Divina
& en medio esta verga oscura
que llora alucinada
rompiendo todo vergel
¿La noche por siempre noche?
Es de imbécil & poeta preguntar
Comenzar por el final la quemadura
Acercarse a la ardidera
/ como ángel en su óvulo /
El infierno -llama a llama- es musical
La cola del dragón es su granalla
¿Esquirlas de la mente?
¿Alebrijes?
Estos días terrenales
han sido mi haikú / mi harakiri
¿Quién chingaos seré yo?
 
 
 
(Fuente: Meta poesía)

domingo, 26 de abril de 2020

Vizconde de Lascano Tegui (Entre Ríos, Argentina, 1887 - Bs. Aires, 1966)



                                                                       LA   ÚLTIMA CALAVERADA  

a las órbitas de los ojos azules de mi hermano Andrés Chabrillón,
en donde la Kabala ha hecho con sus tétricos versos gestar las sombras
y la noche; la gloria, el gusano y el sol.

I
Mi buena calavera en su misterio
escucha que un badajo la reclama,
que hay algún cuervo asido de la rama
en que ella es como el fruto del misterio;
que es hostil, insinuante, que es muy serio
el fantasma habitual que eterno llama;
rojo con el carácter de la llama
cáustico y procaz como un cauterio

Mi pobre calavera se devana;
llama la policía siempre vana
quien reaporta el enigma de la esfinge;
¿Qué es la vida?: la vida? ¿qué es la vida?
y una gota de sangre va perdida
a inquietar en su mal a una meninge.

II
Mi torva calavera irreverente
que aún cubierta por pellejo aterra,
quisiere que volcara la simiente
de sus misericordias por la tierra.
Ah!... nadie la ha escuchado; fue una perra
sarnosa en un umbral falto de gente,
y nadie aún ha sabido el bien que encierra
bajo el tacho abollado de su frente.
Ni la desconocida que intranquila
abrió la jaula azul de su pupila
y abandonó un deseo la crisálida;
tornó á buscar después mi calavera
maguer deposité mi postrimera
lágrima, allá en su mano verde pálida.
 
III
Mi hermosa calavera es una intrusa
en el común osario de la vida;
está como una bomba regicida
llena de sueños, visionaria, ilusa.
En sus órbitas puso una lechuza
la gran poesía de la noche ida
con el cortejo báquico y panida,
satélite al fantasma de la Empusa.
Mi hermosa calavera es amuleto
que a la belleza por su bien, debida
ofrenda, ante sus mármoles depongo.
En el inmenso y sáphico secreto
será así la maceta prometida
donde abrirá mi libro como un hongo.

Buenos Aires—1910.
 
 

(De:  La sombra de la empusa; París, 1910)

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905 - 1974)


La calle del agujero en la media


Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad
y la mujer que amo con una boina azul.
Una calle que nadie conoce ni transita.
Yo conozco la música de un barracón de feria,
barquitos en botella y humo en el horizonte.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.
Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar
ni el affiche gastado del grotesco armazón
telaraña del mundo para mi corazón.
Ni las luces que siempre se van con otros hombres
de rodillas desnudas y de brazo tendidos.
Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños
que acarician de noche a los niños queridos.
Tenía el resplandor de una felicidad
Y veía mi rostro fijado en las vidrieras
Y en un lugar del mundo era un hombre feliz.
¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios
y muñecas de trapo con alegres bonetes
y soldaditos juntos marchando en la mañana
y carros de verdura con colores alegres?
Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí
y riendo de la muerte y de la suerte y
feliz como una rama de viento de primavera.
El ciego está cantando. Te digo, amo la guerra.
Esto es simple, querida, como el globo de luz
del hotel en que vives. Yo subo la escalera
y la música viene a mi lado, la música.
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda.
Alegres en lo alto de una calle cualquiera,
alegres las campanas con una nueva voz.
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en la media
sale el sol y se llena todo el cuarto de sol.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,
una calle que nadie conoce ni transita.
Sólo yo voy por ella con mi dolor desnudo,
sólo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.
Decir: Yo he conocido, es decir: Algo ha muerto.

Emilio Lascano Tegui (Entre Ríos, 1887 - Bs. Aires, 1966)



 

 

 

Los inconvenientes

 

Por el Vizconde Emilio de Lascano Tegui

Hasta la muerte vamos tropezando con algo.
Alguien nos pone piedras en todos los caminos,
Y aunque triunfamos como el ingenioso hidalgo,
Molidos y maltrechos nos dejan los molinos.

Siempre es un inconveniente... Se desgarrarán los tules
En la danza de Anitra bajo el pie que las cela
—Por un hombre que tiene tan sólo ojos azules,
las niñas de mi pueblo llegan tarde a la escuela.

De las tres iglesias que en el sitio de Candia,
Alzábanse celosas a las estrellas, la de los
Cordeleros era la más alta de ella,
Y servía de observatorio
A la tropa sitiada.

La de San Marcos, servía para tocar a rebato cuando los turcos atacaban.

Pero la más hermosa de las tres era, sin duda, la de San Francisco, Son sus grandes columnas de mármol rosa y su gran cúpula dorada. Sólo, que siendo la más hermosa, no podía servir para nada.

 

 

Ósip Mandelshtam (Rusia, nacido en Polonia, 1891-1938)


El que encontró una herradura

 

Miramos al bosque y decimos:
He aquí un bosque de navío, de mástil;
Pinos rosados
Libres hasta la copa de carga velluda,
Deberían crujir en la tormenta
Como pinos negrales solitarios
En el aire sin bosques furibundo;
La plomada, ajustada a la cubierta danzante, aguantará el talón salado del viento.
Y el navegante,
En su ansia desenfrenada de espacio,
Arrastrando por los húmedos baches el frágil aparato del geómetra,
Comparará la abrupta superficie de los mares
Con la atracción del seno terrestre.
Y al respirar el olor
De lágrimas resinosas que trasuda el tablazón del barco,
Al admirar las tablas
Remachadas, ajustadas en tabiques
(No por el pacífico carpintero de Belén, sino por otro
—Padre de los viajes, amigo del marino—),
Decimos:
Ellas también estuvieron en la tierra
—Incómoda como el lomo de un burro—,
Olvidando las raíces con las copas,
En la famosa cadena de montañas;
Bajo la lluvia de agua dulce murmuraron,
Ofreciendo al cielo en vano canjear su noble carga
Por un puñado de sal.
¿Por dónde empezar?
Todo cruje y se tambalea.
Tiembla el aire por las comparaciones.
Ni una palabra es mejor que otra,
La tierra resuena como una metáfora,
Y unos carros ligeros de dos ruedas,
Con arneses llamativos de bandadas de pájaros,
Espesos por el esfuerzo, destrózanse emulando
A aquellos jadeantes favoritos de los viejos torneos.
Es tres veces bendito el que introduzca un nombre en la canción.
Una canción adornada con un nombre
Vive más tiempo entre las otras; se distingue de sus compañeras
Por la cinta en la frente que cura del olvido,
Del olor mareante y demasiado intenso
De la intimidad de un hombre,
De la piel de un animal robusto,
O simplemente del tomillo restregado entre las manos.
El aire puede ser oscuro como el agua, y en él todo lo vivo nada como los peces,
Usando las aletas para empujar la esfera
Flexible, densa, apenas caldeada,
Cristal de roca en que las ruedas giran y se echan a un lado los caballos,
Húmeda tierra negra de Neyera, labrada cada noche
Con horcas, tridentes, azadas, arados.
El aire es tan espeso como la propia tierra:
No habrá quien salga de él y resulta difícil penetrarlo.
Por los árboles corre un rumor igual que un verde juego de pelota;
Los niños juegan a las tabas con vértebras de animales muertos.
La frágil cronología de nuestra era se acerca ya a su fin.
Gracias por lo que hubo:
Yo mismo me he equivocado, me he confundido en la cuenta.
La era sonaba, como una bola de oro,
Hueca, fundida, no apoyada por nadie;
Contestaba a todo roce diciendo «sí» o «no».
Así contesta un niño: «Te daré la manzana» o «No te la daré».
Y es su cara una réplica exacta
De su voz, que pronuncia esas palabras.
Aún suena el sonido, aún desaparecida la causa del sonido.
Yace el caballo en la arena y resopla en la espuma,
Pero la curva brusca de su cuello
Conserva aún el recuerdo
De la carrera con las patas desparramadas
—Cuando no eran cuatro
Sino cuantas piedras hay en el camino,
Renovadas en cuatro turnos
Según el número de rebotes del caballo respirando fuego.
Así,
El que encuentra una herradura
Sopla para quitarle el polvo
Y la frota con un paño hasta que brilla,
La cuelga luego en la puerta
Para que descanse
Y ya nunca tendrá que producir chispas en el sílice.
Los labios humanos que ya no tienen nada que decir
Conservan la forma de la última palabra pronunciada,
Y en la mano queda sensación de peso
Aunque se ha vertido hasta la mitad
El agua del jarro, camino de casa.
Lo que estoy diciendo, no lo digo yo:
Ha salido de la tierra, cual trigo petrificado.
Unos acuñan
La imagen de un león
En las monedas. Otros, una cabeza.
Monedas diferentes, tortas de oro y de bronce,
Que yacen en la tierra con los mismos honores.
El siglo, tratando de partirlas,
Ha dejado la marca de sus dientes.
El tiempo me corta, como una moneda,
Y ya no me basto a mí mismo.

                                                                  Moscú, 1923
 


incluido en Poesía acmeísta rusa (Visor Libros, Madrid, 2013, ed. de Diana Myers, trad, de Amaya Lacasa y Rafael Ruiz de la Cuesta).


(Fuente: Asamblea de palabras)

sábado, 25 de abril de 2020

Alejandro Schmidt (Córdoba, Argentina, 1955)




Los psicóticos no mienten
El agua a veces miente
El diablo miente por obligación
Dios por necesidad
El amor no sabe si miente
El sufrimiento cree mentir
La razón de las mentiras tiene su nido en las alucinaciones del poder
La naturaleza de la verdad brilla sus hojas en el ultramundo
Miento tanto que
siempre llego a una verdad
Pero
Esa verdad
Es inexpresable.
 
 

del libro inédito Problemas con la vida