HENDERSON Y LAS OSCURAS
De chica pasé unas vacaciones
sola,
sin mis padres,
en el campo de unos parientes.
No sé explicar cuál fue la razón
pero ni ellos
ni mi hermana
se quedaron durante ese período
que para mí fue dichosamente
infinito.
Las Oscuras era una estancia próspera,
con una casona señorial
y un parque de árboles exóticos,
abetos amarillos, acacias moradas, aromos azules,
sauces eléctricos y cipreses rayados como cebras.
Yo desconocía sus nombres
pero esa desmesura vegetal
me fascinaba.
Nunca había visto algo así.
También había una pileta de natación
con el agua sucia, verde, espesa,
llena de sapos y culebras.
Tampoco supe porqué la tenían
en ese estado de abandono.
Sé que contemplar esa superficie turbia
me llevaba a un mundo irresistible, ominoso.
A la hora de comer servía la mesa una mucama.
Yo la recuerdo con uniforme, guantes y cofia.
Digo “yo la recuerdo” y hago esta aclaración
porque volví a mi casa
y conté historias fantásticas.
Una era la de los conejos, cientos de ellos,
a quienes el personal de servicio
sacaba a pasear cada tarde
llevándolos de una cadenita de plata
sujeta a un collar de brillantes.
Relaté con entusiasmo sucesos extraordinarios
ocurridos en ese campo de Henderson
y nadie puso en duda mi palabra.
Nunca me trataron de mentirosa.
Muy por el contrario, la familia entera
me pedía una y otra vez
mi cuento de las vacaciones.
Así empecé a escribir.
de Mansilla.
GRACIELA CROS
(Fuente: Romero Kio Saracho)
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