La escalera de Jacob
La escalera no es una cosa trenzada con fibras relucientes; algo de una radiante evanescencia, para los ángeles, que apenas si miran al pasar y ni siquiera tocan con los pies la piedra. Está hecha de piedra. Una piedra rosada, que en su brillo parece ser más blanda porque el cielo detrás es de un dubitativo y dudoso gris nocturno. Una escalera de ángulos abruptos, sólidamente construida. Se advierte que los ángeles deben dar un saltito para bajar de un escalón a otro, agitando las alas levemente: y que, para subir, un hombre debe rasparse las rodillas y ayudarse con las manos. La piedra labrada les ofrece a los pies titubeantes un consuelo. Lo rozan alas. El poema asciende.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
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