Dos visiones
“Yo veo dos figuras que atraviesan un paisaje corriendo, hechos jirones los abrigos, y las piernas que ya no les dan más”, dije yo. “Qué raro. Yo veo dos figuras bailando alrededor de una hamaca, con flores en el pelo y una canción que brota de sus labios”, dijo Nikki. “Ahora caen al suelo y empiezan a gatear. Creo que a lo mejor se están muriendo de sed”, dije yo. “Esas personas están enamoradas. Es demasiado obvio. No paran de tocarse”, dijo ella. “A ver, esperá un poco. Hay otro tipo a caballo. Va hasta donde están ellos y les ofrece un trago de su cantimplora. Se baja del caballo y también se los ofrece. Los ayuda a subir y guía el caballo”, dije yo. “Ella lo abofetea. Él dijo algo muy feo. Él le levanta la mano”, dijo ella. “Nikki”, dije yo, “¿por qué no estamos mirando la misma foto?”. “Pero sí, Harvey. Es la misma foto, lo que pasa es que vos tenés ideas raras”, me dijo. “Sólo estoy informando lo que veo”, dije yo. “Bueno, entonces seguí”, me dijo ella. “Llegan unos tipos en camello y los rodean. Debe haber unos treinta y todos llevan sables”, le dije. “Los amantes ahora se abrazan y se besan”, dijo ella. “Los tuyos son demasiado predecibles”, le dije. “¿Y qué querés que haga? Perdoname”, me dijo. “No es culpa tuya. No podés hacer nada, me parece”, le dije. “El Capitán se baja de su camello y apunta con el sable al hombre que guiaba el caballo. Les exige dinero a cambio de cruzar el desierto”. “Estoy muy preocupada por los tuyos. Yo no creo que salgan de ahí vivos”, dijo ella. “¿Y los tuyos dónde están?”, dije yo. “No los veo. No están por ningún lado”, dijo ella. “Quizá están muertos en alguna zanja. ¿Te fijaste en las zanjas?”, dije yo. “Me fijé en todas partes. Ella dejó el pañuelo encima de la hamaca”, dijo Nikki. “Seguro que se fue a comprar un helado. Va a volver enseguida”, dije yo. “¿Y los tuyos?”, dijo ella. “Mejor ni me preguntes”, dijo ella. Me arrepiento de haberme involucrado con ellos. Desde el principio no tenían la más mínima chance”, dije yo. “Pero eran gente como vos. Te caían bien”, dijo ella. Nos quedamos sentados con la mirada perdida un rato largo. Finalmente le dije, “¿Qué pasó con los tuyos?”. Ella dijo, “¿Qué pasa con los míos?”. Le dije, “¿Los mataste?”. “No quiero hablar de eso ahora. La noche está tan linda”.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
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