UN POEMA DE LYDIA DAVIS EN DOS ESCENAS AMERICANAS
…
Un primer recuerdo sobre mi querida madre
es que solía sentarse junto a la cama bajo el alero,
al lado del ventanuco que da al este,
y tras ver que Obed y yo quedábamos cubiertos
muy a gusto y arropados,
nos contaba historias o hablaba de aquel día de lo ocurrido,
hasta que la tarde gris entraba en la noche profunda;
sin vela alguna encendida
y en el almacén mi padre aún retenido.
Contaba historias de afligido interés para nosotros y ella misma,
y contadas para desahogar el corazón entre sus hijos,
muy jóvenes aún para entender plenamente
la naturaleza de su pena.
Habló de la muerte de su madre,
de jóvenes marinos muertos en las Indias Occidentales,
de John Morris, joven inglés traído hasta estas tierras,
que había estado en Francia y visto el Reino del Terror,
los ríos de sangre desde la guillotina corriendo por las calles;
de la muerte de su padre que cayó desde un henar en su granero
una mañana muy temprano, poco después de que ella se casara.
Nos contó del día de su boda
y de la vuelta a casa con nuestro padre,
en una grupera tras él a lomos a caballo,
y con sus amigos invitados;
de sus primeros quehaceres en la abarrotada casa del abuelo,
con su extensa familia de hijas,
antes de que se edificara la nuestra;
de la muerte del “pequeño Sidney”, el primero de sus hijos,
que no había cumplido aún los dos años,
y cómo, al no poder quedarse sola en la casa
el momento del día que más ambicionaba
era el del crepúsculo
cuando podía ir lejos al prado a ordeñar la vaca
y a llorar a voz en cuello.
Lydia Davis
Lydia Davis & Eliot Weinberger
Dos escenas americanas
Traducción y epílogo de Aurelio Major
Kriller71ediciones
(Fuente: Papeles de Pablo Müller)

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