Debería existir
algún idioma
que redujera la palabra “huevo”
a una
simple O. El italiano,
naturalmente, es el que más se
acerca,
con sus uova. Por eso es que Alighieri
lo
juzgó el alimento más nutricio,
afición compartida con
sopranos
y tenores, de torsos como peras
que encarnan, a la
postre, la palabra
“ópera”. Y eso mismo se
podría
decir de los románticos genuinos,
a saber, los
poetas alemanes,
que empiezan cada verso de la misma
manera
en que se empieza un desayuno;
o de los matemáticos, que se
hacen
los gallitos también, mientras empollan
la
regularidad del infinito,
cuyos inmaculados ceros nunca
jamás
van a romper el cascarón.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
(Fuente: Tiny Letter)
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