viernes, 3 de enero de 2020

Sara Teasdale (EEUU, 1884-1933)



Llegarán suaves lluvias.
There Will Come Soft Rains,

Llegarán suaves lluvias, y el aroma de la tierra,
y las golondrinas llamarán con sus débiles cantos;

Y ranas en los estanques cantarán por la noche,
y ciruelos silvestres de tembloroso blanco.

Los petirrojos vestirán su fuego emplumado,
silbando sus caprichos sobre una alambrada.

Y nadie sabrá sobre la guerra, nadie
se preocupará al final, cuando todo haya terminado.

A nadie le importará, ni al pájaro ni al árbol,
si la humanidad pereció completamente;

Y la Primavera misma, cuando despierte al amanecer
apenas se daría cuenta que nos hemos ido.




There will come soft rains and the smell of the ground,
And swallows calling with their shimmering sound;

And frogs in the pools singing at night,
And wild plum-trees in tremulous white;

Robins will wear their feathery fire
Whistling their whims on a low fence-wire;

And not one will know of the war, not one
Will care at last when it is done.

Not one would mind, neither bird nor tree
If mankind perished utterly;

And Spring herself, when she woke at dawn,
Would scarcely know that we were gone.


José Agustín Solórzano (México, 1987)


poema circense 

 

 

¡éjele
         éjele!
a jalón de ahorcao

popemas para los que se formen primero
hipster hiperconsumista regala:
voz poética en formato mp3

aquí comienza un libro
que sabe cuando acabe
aquí se hacen los poetas

los hombres
                   en los microondas

pásele
que aquí le robamos menos
tenemos pila harto duradera
para el sonámbulo
semen de soltero
para la mujer vacía

y para el adolescente
para el adorador de las nuevas tendencias
playeras coloridas
calzoncillo con condón incluido

señor, señora
cuide a su chamaco
de las averías de la primera edad
regálele este despiertapendejos
cómprele un buen laptop
y déjelo conectarse
que al mundo se entra por el módem

a jalón de ahorcao

las manos donde pueda mirarlas
uno por uno que hay pa todos
hijos de Nezahualcóyotl
bastardos de la narizona de Góngora

¿cuál Quijote habría escrito
el brazo perdido de Cervantes?
lepanta madre la suya
que nunca lo sabremos
como tampoco a ciencia cierta
o a cierta ciencia que se sepa
cuándo se nos vendrá encima el universo
y nos convertiremos en estrellas todos
                                                            sí
como la melenuda esa de Shakira
o la descendiente directa de Tristán Tzara
Lady Dada creo se llama
le vendemos todos sus discos
y los de la arrolladora
los de la inolvidable banda amnesia
pa la bailada
pa la lloradera
pal buen perreo chacalonero
acá le damos buen precio
y se lo colgamos donde quiera
para que lo vaya meneando por las avenidas

todos nuestros dioses cuentan con entrada usb

venga
entre
no se arrepentirá
que esto no es
aunque lo parezca
un circo

aquí no domamos leones
mas hacemos de malabaristas
comemos poco
y con cien al día
bebemos como ballenas

ofertamos payasadas
que lo harán llorar a risas chorreantes
nuestra única magia
reside en sacar de la chistera
un poema orejón y bien sordo
y las palabras mágicas:

                               ¡éjele
                                        éjele!
                                                                 a jalón de ahorcao.
 
 


José Agustín Solórzano en Ejercicios para los que ejercen la pereza, incluido en Astronave. Panorámica de poesía mexicana (1985-1993)  (Ediciones de Punto de partida, México, 2013, comp. de Gerardo Grande  y Manuel de J. Jiménez). 
 
 
 
(Fuente: Asamblea de palabras)

Sara Teasdale (EEUU, 1884 - 1933)


Podría arrancar un día

Traducción de Juan Carlos Villavicencio





Podría arrancar un día de fines de otoño
   y ponerlo a temblar como manantiales olvidados.
Habrá intensos cielos azules con hojas nuevas brillando
   y sombras voladoras proyectadas por alas voladoras.

Podría tomar la pesada rueda del mundo y romperla,
   pero nos sentamos a meditar mientras caen las cenizas,
acobardándonos sobre un antiguo fuego que mengua,
   sin esperar absolutamente nada.







en Dark of the moon, 1926









en Llegarán suaves lluvias,
Descontexto Editores, 2018

jueves, 2 de enero de 2020

Dorta Jagić (Croacia, 1974)


Luna de miel

 

Los domingos por la noche
después de misa
en el tranvía nebuloso
siempre puedo empezar a crear de la nada.
Ni siquiera está el alcalde, ni el canario.
Ni una carta de amor dejada
para la revisora en la máquina
ni toallas secas,
ni betún para los zapatos de color rosa,
ni aseos femeninos.
No hay ni una caja de cartón con
una niña abandonada y una nota.
Por la desnudez lúgubre de las ventanas y sillas checas
parece obvio que los devoradores
del tiempo de Stephen King
dan paso al horario de invierno primero en el tranvía.
Podría llorar sobre la descartada rebanada de pan
y un vaso de vino tinto en la escalera
delante de la puerta principal.
No tengo ganas,
porque no hay música ni calefacción,
ni aquel guionista de la televisión nacional
que no cree que el hombre haya estado en la Luna.
No hay ni tan siquiera falsos maestros con los pies planos
ni minas que quedan bajo el asiento.
En este frío tranvía número doce donde nadie me mira
donde nadie me molesta
arrastro un cable desde dios hasta mi amante permanente,
vecino-marido que se llama casi como yo.
Quiero finalmente traerlo y sentarlo,
por lo menos
hasta la última parada.
Sé sólo que es gitanamente bello y
que se mueve con pinceles.
Pero en las sillas desiertas no hay nadie
que le lea sus derechos y lo espose
en el caso de subir en la siguiente parada.
Y si como siempre
descaradamente me pregunta si me he casado
dónde iré con todos estos acordeones
y las vajillas de boda a la luna de miel
aun antes de la plaza Kvaternik.
 


 incluido en Arquitrave (Segunda época, nº 60, junio-septiembre de 2015, Colombia, versión de Sonja Manojlović). 
 
 
 
(Fuente: Asamblea de palabras)

miércoles, 1 de enero de 2020

Giovanni Pascoli (Italia, 1855-1912)


Digitalis purpúrea

                                I

Sentadas, la una mira a la otra. La una
delgada y rubia, sencilla en sus ropajes
y en sus miradas; pero la otra, delgada y morena...

Ah, la otra... Los dos ojos cándidos y modestos
se fijan en los otros ojos con ardor. ¿Y nunca
volviste? —Nunca. —¿No la volviste

a ver? —No, querida. —Yo sí: volví;
volví a ver a mis blancas hermanas,
y he vuelto a ver los dulces años que sabes;

¡qué años tan dulces y jóvenes para el corazón...!
La otra sonríe. —Pero di: ¿no recuerdas
aquel huerto cerrado, las zarzas de las moras?

¿Los enebros entre los que silban los tordos?
¿el boj amargo?, ¿qué canto secreto,
misterioso, hablando de una flor, la flor de... ?

—muerte: sí, querida. ¿Y era verdad? Tanto
es así que nunca, nunca, Raquel,
habría pasado cerca de la triste flor.

Porque se decía que esta flor tenía como una miel
que embriagaba el aire; un vapor que baña
el alma con un olvido dulce y cruel.

¡Oh, aquel convento en medio de la montaña
cerúlea! María habla: y su mano
posa sobre aquella de su compañera;
Y la una y la otra miran a lo lejos.


                                II

Ven. Surge en el azul intenso
del cielo de mayo su monasterio,
pleno de letanías, pleno de incienso.

Ven; y se perfuma su pensamiento
con el olor de las rosas y de los alhelíes,
con un aroma a inocencia y a misterio.

Y rondan los ojos, y a las bocas
ascienden melodías olvidadas allá
sobre los teclados apenas rozados...

¡ Ah, cómo os sonreía hoy en la reja
el querido huésped, de tal manera que feliz
y ruborizada regresaste a los sonoros dormitorios!

Hoy: y hoy más alto, repetía: Ave,
Ave María, vuestra voz en el coro;
Y poco después (pero ¿por qué?) llorasteis...

Ellas lloran en el ocaso de oro,
sin motivo. ¡Cuántas muchachas corren de aquí
para allá en el jardín que se torna blanco!

Blanco de murmullos. En todo momento, ellas
llegan con un rumor de velas al viento. Alguna
se queda sumergida en la lectura de un buen libro.

Aparte de ellas, ágiles y sanas,
un ramo de flores; es más, de dedos
salpicados de sangre, dedos humanos,
secretamente exhala el soplo de sus vidas.


                                III

¡María! —¡Raquel! Un poco más sus manos
se aprietan. En esa hora han visto
su infancia, sus años queridos y lejanos.

¡Recuerdos tan dulces (sabe todo la una de la otra
en esa muda prisión) que tierno es, y dulce,
ese último saludo que se aleja!

¡María! —¡Raquel! Ésta llora; Adiós, dice
para sí; luego, su grave voz
eleva hacia María, pero no sus negros ojos: «Yo»,

murmura: Sí, olí aquella flor. Sola
estaba con las verdes cetonias. El viento
llevaba olor de rosas y alhelíes.

Yo tenía en el corazón el lánguido fermento
de un sueño que la noche quemaba y que, al alba,
se había apagado en mi ignorante alma.

María, yo recuerdo aquella grave tarde.
El aire estaba traspasado de relámpagos
silenciosos. Ligera me adentré, con prudencia,

sobre los tiernos terraplenes herbosos.
Se pegaban mis pies a esta hierba
espesa. ¿Sonríes? Y oí que me decían: ¡Ven!,

¡Ven! Y fue mucha la dulzura, ¡mucha!
¡Tanta que, ves... (alzó la otra los ojos
con estupor, y vio, y escuchó,
sintiendo un largo escalofrío) se muere!




(Fuente: Asamblea de palabras)

Hugo Abalde (Buenos Aires, 1957)




música para  catedrales
 

en su estable dinamia
           una emoción adquiere geometría
con puertas historiadas, con arcos apuntados,
con nervios diagonales en las cúpulas

           revelan el misterio a miles de iletrados
traslúcidas vidrieras fabricadas
                     con arenas, con sales, con cenizas
coloreadas con óxidos
                     de hierros y de cobres y cobaltos

los arbotantes de
                                la razón analítica y seglar
             sostienen una fe, la elevan con
sus torres con pináculos y agujas
                   y acústica en sus naves y cruceros
de euritmias, armonías, contrapuntos:
diversas voces de
                                una misma dulzura en su liturgia…
pero en las catedrales musicales
                     el mendigo del atrio tiene el rostro
del Jesucristo que sufre en el ábside
ca va
y mientras el canónigo
            montaba a mi vecina
por un queso, por leña o por carbón,
                                          tuve el honor del hambre,
la cortesía de una muerte en vida,
mi carne vestía trapos
                  y mis tripas ladraban:
por el hambre los lobos se hacen perros
y su aullido hizo que
                                        cantase el nacimiento de princesas
o muriese de sed frente a una fuente…

no sé si ya les dije
                                  que mi dama era el hambre, amante fiel:
comía como come el comediante,
a veces carnaval y pascuas casi siempre

los curas de parroquia
                                           eran (son) informantes
de guardianes del orden:
                                               mi daga impactó en el
                               comisario real,
llegó a sus blandas vísceras, confieso:
fue por los estudiantes
                    matados por esbirros
      en la calle del harpa;
                                fue por collin, regnier, estrangulados
en el gibet de montfaucon;
y fue por mí, por mí,
                 porque me confesaron
en húmedas mazmorras de tortura:

voy a freír la lengua del traidor,
                    voy a freír la lengua del traidor
y a comerla sin sal y sin pimienta

cae nieve y mi esqueleto
                  busca un lugar caliente y apacible,
pues se es pobre en verano,
             miserable en invierno:
yo cierro el puño contra
                                el permanente carnaval del rico
                 y la cuaresma eterna de los pobres


como siempre, en mis calles,
se reza en las iglesias,
                   se chilla en los burdeles,
pero quien no era más que un joven tonto,
hoy es un viejo idiota,
                                         irredimible

con sermones, en púlpitos,
miserables elogian la miseria,
                     pierden el tiempo en sus eternidades:
            los diablos tienen garras de arzobispos,
y es por amor a cristo
                                          que odio a los pontífices
                       dispensadores de
mil bulas de indulgencias
a quienes juegan con dados cargados,
a los que duermen en blando edredón:
                  piadosos usureros,
incircuncisos y circuncidados,
la misma mierda con distintas moscas:
                                        los especuladores
del precio de la harina y de la sal,
del vino y de las velas:
los que vendieron pólvora al inglés
mientras carbonizaban
                                            a la virgen d´ Orleans

aquí, en nuestro albergue,
ythier, guillaume, juegan al glic, discuten,
                                 y es la séptima vez, en esta noche,
que mi margot se enjuaga la vagina

                                                    salvé mi piel, al menos, un mes más:
sé que a mi cuello se le va a ceñir
                                                             con una soga gruesa
y que no va a ignorar el peso de mi culo:
sé que mis ojos van a ser vaciados
por el pico de urracas y de cuervos

                                                                                  pero,
                                                       entretanto,
                                   escribo
mientras cae nieve y la campana tañe:

                    antes de que la tinta se congele,
consigno a quien concierna:
no soy sólo un ladrón y un asesino
                      que vive del trabajo de una puta:
yo soy alguien peor,
                                      soy un poeta










(Fuente:  Caína bella)

Ezra Pound (EEUU)


Balada del Buen Compañero


Simón de Zelote pronuncia esto un tiempo después de la Crucifixión.
 
¿Hemos perdido al mejor compañero de todos
Por culpa de sacerdotes y el árbol del ahorcado?
Sí, amante era él de hombres fuertes,
Del mar abierto y de los barcos.
Cuando vinieron con soldados a buscar a Nuestro Hombre
Era agradable ver su sonrisa,
“¡Primero dejen que estos se vayan!”, dijo nuestro Buen Compañero,
“O los veré condenados”.
Sí, él nos liberó de las altas lanzas cruzadas,
Y el desprecio de su risa resonó libre,
“¿Por qué no me apresaron cuando caminaba
Sólo por la ciudad”, les preguntó.
Bebimos a su “Salud” el buen vino tinto
Cuando le hicimos compañía por última vez,
No era un sacerdote castrado el Buen Compañero,
Un hombre entre los hombres era él.
Lo he visto conducir a cientos de hombres
A su voluntad con un azote de sogas,
Para tomar la alta casa sagrada
Como posesión y tesoro.
No lo atraparán en un libro me parece,
Aunque ellos lo escriban astutamente;
Ningún ratón de los pergaminos fue el Buen Compañero,
Sino un amante del mar abierto.
Si creen que han atrapado a nuestro Buen Compañero
Son unos tontos hasta el último grado.
“Iré a la fiesta”, dijo nuestro Buen Compañero,
“Aunque termine en el árbol del ahorcado”.
“Ustedes me han visto curar ciegos y lisiados,
Y despertar a los muertos”, dijo,
“Verán algo que todo la ha de superar:
Así es cómo un hombre valiente muere en el árbol”.
Un hijo de Dios era el Buen Compañero
Nos pidió que fuéramos sus hermanos.
Lo he visto acobardar a miles de hombres.
Lo he visto sobre el árbol.
No lanzó ni un grito cuando le penetraron los clavos
Y la sangre se derramó libre y cálida,
Los sabuesos del rojo cielo aullaron
Pero él no lanzó ni un grito.
Lo he visto acobardar a miles de hombres
En las colinas de Galilea,
Ellos gemían mientras él caminaba tranquilo,
Con sus ojos grises como el océano.
Como el mar que no admite travesías
Con los vientos libres y desencadenados,
Como al mar que acobardó a Genereset
Cuando él de repente pronunció dos palabras.
Un maestro de los hombres era el Buen Compañero,
Amigo del viento y del mar,
Si creen que han matado a nuestro Buen Compañero
Son tontos para la eternidad.
Lo he visto comer miel de los panales
Luego de que lo clavaran al árbol.


Traducción de Juan Arabia.