lunes, 20 de abril de 2026

Juan José Rodinás (Ambato, Ecuador, 1979)

 

 

2 poemas de Juan José Rodinás - Zenda 

 

 
Efecto invernadero
 
(no tengo paisaje pero mis huesos pesan cada mañana todavía)
G. decía “locura que no hay y le daba la vuelta a la lechuza”
 
(Era densa en muchas formas la calle bajo los últimos granizos).
Junto a la casa de realismo potencial en que te quise tanto.
 
Autobuses que bajan por la calle Gatto Sobral y jamás llegan.
Allí hago mi vida de caminante lento, escuchando a Indila.
 
Era densa en formas mi cara horrible, la bruta superficie del mundo.
Era densa la palabra NO en contra mía sobre canciones de Leonardo Favio.
 
Locura que NO hay: el corazón que late hiperbólicamente como caricatura.
 
El Corán para los pobres en las películas de Majid Majidi
y besos sobre el cuello de una mujer enferma
para que recuerdes que posees un cuerpo moribundo ahora.
 
Antes de Aznavour estuvo Brassens y antes Trenet, un piano.
Un niño asperger bajo la lluvia empujando canicas con los dedos
era “no te pongas a gritar lo que voy a decir”, llora.
 
El poema era un gesto desnudo: un listón para salto con pértiga.
Era “se viene la deconstrucción como antes se vino el comunismo”.
 
Varios ejercicios de más irrelevancia al aire libre, la vida, lo celeste.
Varios ejercicios para llorar la deconstrucción de tu alma.
 
Llora la muerte de Cristo danzante y hazle canciones para el paisaje muerto.
Flores, acacias, mujeres desnudas en el taller de una abstracción.
 
Flores, sopa, besos en el taller de jardinería versallesca para Luis XIV.
Ese dibujo la destrucción intraducible de una vida ordenada y exacta.
 
Los árboles menesterosos. Consuela a tu propia persona demolida.
Escribe la desgracia. Esa fotografía de una perra caniche que murió en una carretera.
 
Llévame como se esconde la cara del presidente. Llévame
como se esconde el día de las cosas que manchan y se caen. Llévame
como se esconde la destrucción intraducible y amarilla bajo una hoja de arce. 
 
La galaxia, la máscara, el poema con pelos, la calabaza negra.
La calabaza blanca, la calabaza máscara, un halcón invisible, las grosellas.
 
Desde este árbol soy debilidad en la lucha contra el árbol,
y el desmayo sobre el sacrificio de mis manos, llora,
y la cobardía frente al enemigo que me envuelve: llora, predice, grita
“soy desaliento contra la adversidad que soy y que sería”.
Sólo sobreviven en mí los seres inferiores.
 
¿Y dónde está ese cuerpo mío hablando su desgracia,
desconociéndose lo suficiente para gritar sin voz adentro de mi voz?
 
Mi piedra es, entonces, tu piedra y un juguete incomunicado bajo la lluvia.
Llóralo, descúbrelo. Entonces, ¿no veo mis dibujos?
 
Como esta ilustración que dice “no me dejes”,
no verás tu cabeza romperse como una botella de vidrio contra un muro.
 
¿Qué es esto? Un dibujo derrumbándose del mundo derrumbándose.
¿Qué es esto? Sería hermoso si pudieras hablar con alguien que pueda responderte.
¿Qué sería esto si fuera hermoso y pudiera responderme? ¿Qué sería?
 
Quizás pensaste que escribir esto era inteligente
(pero solo encarnabas el poder de otro, más fuerte y más gracioso)
 
¿No es evidente que el esqueleto de un puño
puede romper el concepto vertical de alguien, su cara preguntándose quién?
 
Tocar es la única palabra que orienta y despedaza. Por eso,
yo hablo siempre con un lengua equivocada,
elijo siempre una palabra tonta, soy el tonto que me habla eligiendo.
 
Así, empleo un “me sé todo para elevar los ojos”
y toco la mañana deshaciéndose en copos de nieve y de espuma tóxica.
 
Sobre la página en blanco, nubes de un libro deshuesado,
un objeto puro abriéndose como una pala entre tus manos, la tierra, los tejidos,
su ceniza, el fósforo brillante. Lo que no es del mundo es de la mente,
de una luz líquida donde ciertas palabras
no son un río ni una estación de tren sino algo que viene contra algo.
 
Algo que no es de este mundo embrutecido,
algo que no es la niña coja que grita en medio de la nada y un bosque de cerezos,
contra nuestros campos abiertos, un paisaje sonoro ametrallado,
una meditación debajo del paisaje, un árbol ceniciento.
 
Mamá, desordena, mi libro de la noche en esta galería sin ojos.
Ven, mamá, a este lugar, mamá, donde tu hijo no sabe arrojar piedras.
 
No tengo idea, ni este es mi nombre, si hay suficiente de nosotros
en lo que amamos agredir. Silencio. Abro el ojo de esta cifra melancólica,
mis ojos llenos de números, de cristales que van, vienen,
un mundo sobre un tazón de agua para llamar cielo a la bóveda astral
de este planeta desbordado. No tendré hijos sino pájaros (dicta un nombre).
 
Un cielo irredimible que no salva (dicta un nombre
como si nadie trenzara ese dibujo exacto, esa locura suave, dinámica,
 
esa pregunta hacia dentro de mí, en su distancia)
donde la realidad habla un lenguaje cansado
sobre el cual no tengo señorío (otros hablan por mí y se desarman para predecirme).
 
Un cielo donde mi nombre contesta quizás otras preguntas.
Nadie sabe la imagen de su fuerza. Su imagen destruida. 
 
Aquel lienzo cambiante. La visión del que sueña bajo el agua
un país donde las raíces responden a otro mundo más frío,
sostenido sobre una esperanza destrozada, en una estrella que pesa hacia delante. 
 
Hielo que arde más allá de una u otra voluntad perdida. Esperanza en lo simple,
pan donde lo que sigue deja seguir a lo va. Poema objeto. Poema bruto:
 
reconozco que esto no tiene demasiado sentido. Abrir como cerrar.
 
Abrir como cerrarse. Colocar la voz para la lengua (y así decirte
“hijo, ven, y escóndete, protégete”). 
 
Sé la holografía sobre el cielo,
pero sé mi dibujo sobre la letra muerta.

 

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