domingo, 31 de octubre de 2021

María Zambrano (1904-1991)

 


Filosofía y Poesía (1939)

María Zambrano

 

El poeta al no querer existir sin otro, sin otro que le sobrepase, se vuelve hacia allí donde salió. La poesía quiere reconquistar el sueño primero, cuando el hombre no había despertado en la caída; el sueño de la inocencia anterior a la pubertad. Poesía es reintegración, reconciliación, abrazo que cierra en unidad al ser humano con el sueño de donde saliera, borrando las distancias. La metafísica, en cambio, es un alejamiento constante de este sueño primero. El filósofo cree que sólo alejándose, que sólo ahondando en el abismo de la libertad, que sólo siendo hasta el fin sí mismo, será salvado, será. El poeta cree y espera reintegrarse, restaurar la unidad sagrada del origen, borrando la libertad, y su culpa, al no utilizarla. Son dos movimientos divergentes que ni siquiera tienen un origen exactamente común, puesto que el poeta no llegó al instante de la libertad, del poder. Retrocede en el dintel mismo.

 

 

 

Filosofía y poesía. México. Fondo de Cultura Económica. 2001. Pág. 96.

 

(Fuente: La Mecánica Celeste)

 

Amalia Iglesias Serna (España, 1962)

 

 

Tótem X

 


 
 
Agazapada
escucho a
las termitas
de mi corazón.
Se mueven como
si fueran a vivir
eternamente
ovilladas
en el calor de su cueva. Y nunca hablan de mí,
giran despacio sus invisibles cadenas en la sangre.
Hacen hogueras y faros con mi
nombre, para que me asome
sin miedo a mi hendidura,
sus trazos dejan cosquillas
en los poros como breves
golpes de amapola. En las
entrañas bordadas de nieve
avivo las brasas, soplo sobre
el espacio ya apagado y en
un momento arde de nuevo
el lugar de la herida, el
pliegue donde fermentan las
raíces, el rumor que no cesa.
Escucho a las termitas de mi
corazón, sus pasos resuenan
como ocasiones perdidas.
 
 

en Tótem espantapájaros (2016), incluido en Nayagua. Revista de poesía  (II época, nº 24, julio de 2016,   Fundación Centro de Poesía José Hierro, Getafe).
 
 
 
(Fuente: Asamblea de palabras)

 

Elizabeth Schön (Caracas, 1921 – Ib, 2007)

 

 

Para mirarla
raspamos el cielo
y se desprenden las nubes
la lluvia, la centella
lo luminoso, esférico, espacial
desde el primer instante del sol.
Ni aun así
concluye nuestra reyerta contra la inmensidad
como si a la flor
no pudiéramos arrancarla de los cielos, de la tierra
donde cabe lo que se dice de ella
nunca parecido a cuando vive
dentro del largo pasadizo del alma.


Decimos amor
y nos rebasa
la blancura de lo exacto.
Así el ventanal de la flor inalcanzable.
Al barco no se le llama
llega a tierra
sin ningún faro que lo alumbre.


Bajo los pétalos marcha
el viraje de las sombras
el desprendimiento imperceptible del amanecer
aun las cicatrices dobles de los tiempos.
Y la flor, ¿hacia dónde se dirige
si la distancia deja de ser distancia
para ella a quien nadie le impide
estar sin ser notada
como el amor cuando cae a tierra
y no llora el dolor
sabiendo que partió
hasta el último esbozo de equilibrio?


Con los dedos recogemos las raíces.
Con el alma vigilamos
lo que no descubre la mirada.
Ella ni sujeta ni carga.
Es la flor de ningún polo
desierto.
Lo desértico aumenta
si no devolvemos
los oleajes claros de la vinculación.
Si se clava el fruto en la piel
y se hincha
es que el agua nunca existió.
La flor lo supo siempre
sin saberlo como lo sabes tú
como lo sé yo.


La recibió el corazón
se le había atado un pétalo
del que nunca supo dónde comenzaba,
dónde concluía.
Nunca antes habíamos sentido
la presencia de una flor intocable.


Los poemas seleccionados, pertenecen al libro La flor, el barco, el alma (Editorial Diosa Blanca, 1995)


 

Elizabeth Schön (Caracas, 1921 – Ib, 2007). Poeta, ensayista y dramaturga venezolana. Su obra poética comprende, La gruta venidera (1953), En el allá disparado desde ningún comienzo (1962), El abuelo, la cesta y el mar (1965), La cisterna insondable (1971), Mi aroma de lumbre (1971), Casi un país (1972), Es oír la vertiente (1973), Incesante aparecer (1977), Encendido esparcimiento (1981), Del antiguo labrador (1983), Concavidad de horizontes (1986), Árbol del oscuro acercamiento (1992), Ropaje de ceniza (1993), Aun el que no llega (1993), Campo de resurrección (1994), La flor, el barco, el alma (1995), La espada (1998), Del río hondo aquí (2000), Ráfagas del establo (2002), Las coronas secretas de los cielos (2004), Visiones extraordinarias (2006), Luz oval (2007). En teatro publicó Intervalo (1957), La mudanza (1962), La pensión (1964), La aldea (1967), Lo importante es que nos miramos (1967), Al unísono (1968), La nube y el limpiabotas (1970), Melisa y el yo (1973). En ensayo escribió La granja bella de la casa (2003). En 2004, la Embajada de Venezuela en China publicó su libro de memorias, Apariciones. Entre las distinciones que recibió, destacan, Premio Municipal de Poesía 1971, Orden Andrés Bello, Primera clase 1989, Premio Nacional de Literatura 1994; también fue homenajeada en la décima edición de la Semana Internacional de Poesía de Caracas, en 2003.

 

(Fuente: Ablucionistas)

Mary Oliver (EEUU, 1935 - 2019)

 

 

GANSOS SALVAJES

 


No tenés por qué ser buena.
No tenés por qué caminar de rodillas
cientos de kilómetros a través del desierto, arrepintiéndote.
Solamente tenés que dejar que el suave animal de tu cuerpo
ame lo que ama.
Contame del dolor, tu dolor, y yo te contaré del mío.
Mientras tanto, el mundo sigue girando.
Mientras tanto, el sol y los nítidos cristales de la lluvia,
atraviesan los paisajes,
las llanuras y los bosques profundos,
las montañas y los ríos.
Mientras tanto, los gansos salvajes, en lo alto del cielo, puro y azul
vuelven a casa otra vez.
Quienquiera que seas, no importa cuán sola estés,
el mundo se ofrece a tu imaginación,
te llama como los gansos salvajes, áspero y apasionado,
anunciando una y otra vez tu lugar
en la familia de las cosas. 
 
 
 
 
Traducción: Natalia Leiderman y Patricio Foglia.
 
 
(Fuente: Bruno Di Benedetto)

 

sábado, 30 de octubre de 2021

Virgilio Piñera (Cárdenas, Cuba, 1912-La Habana, 1979)

 

 





Isla
 

Aunque estoy a punto de renacer,
no lo proclamaré a los cuatro vientos
ni me sentiré un elegido:
sólo me tocó en suerte,
y lo acepto porque no está en mi mano
negarme, y sería por otra parte una descortesía
que un hombre distinguido jamás haría.
Se me ha anunciado que mañana,
a las siete y seis minutos de la tarde,
me convertiré en una isla,
isla como suelen ser las islas.
Mis piernas se irán haciendo tierra y mar,
y poco a poco, igual que un andante chopiniano,
empezarán a salirme árboles en los brazos,
rosas en los ojos y arena en el pecho.
En la boca las palabras morirán
para que el viento a su deseo pueda ulular.
Después, tendido como suelen hacer las islas,
miraré fijamente al horizonte,
veré salir el sol, la luna,
y lejos ya de la inquietud,
diré muy bajito:
¿así que era verdad?


 en Isliada

Foto: Cuba Escena
 
 
 
(Fuente: Campo de maniobras)

 

Slavoj Žižek (Liubliana, Eslovenia, 1949)

 

 

Antígona

 

Traducción de Francisco López Martín / Inicio





CORIFEO
 

Solitaria, una roca se alza entre la hierba.
Pero cuando las manos de un hombre la levantan,
insectos, cucarachas, el rumor repulsivo
de la vida se ofrece a la humana mirada.
Ni los dioses consiguen refrenar ese caos,
naturaleza última de nuestra realidad.
Ciertos hombres heroicos tratan de introducir
un poco de armonía, mas yerran sin remedio,
y sus actos errados alteran más a fondo
el orden que se extiende por todo el universo.
Trozos desperdigados de una vasija rota:
eso es la vida humana. Parece que los dioses
se diviertan jugando con sus dados: nosotros.
Al contar el relato de la vida de un hombre,
vemos que en muchos puntos podía haber tomado
un camino distinto. Fuera de nuestro alcance
está unir los fragmentos, restaurar la vasija;
sin embargo, podemos relatar esa vida
de modo que en el punto crucial, cuando los dioses
sus dados desde el cielo lanzan, nuestro relato
consigne los diversos frutos de la jugada.
De este modo obtenemos una serie de historias
que corren paralelas, una encima de otra,
y aunque así no logramos un conjunto armonioso,
observan nuestros ojos una imagen completa.
Vemos que nuestro héroe podría haber gozado
de una vida más plena, pero también, a veces,
cómo lo que parece un sino infortunado
podría haber tenido un peor desenlace.
Pertenece Antígona a esta clase de héroes.



2016





(Fuente: Descontexto)


 

Pablo Ananía, (Rosario, Santa Fe, Argentina, 1942)

 

Diría Girri


 

Lo que se dice me decís
es lo real, la lengua que articula
las conductas, subvierte
lo visible, conduce a revelar
algún misterio.
No el Bayley me decís
o el Tuñón: para mí
la playa sola del arte.
Exasperada, irracional,
en ella residuos
de un lenguaje
ateo, lo que del arte
religioso no envejece.
Decís o maldecís el error
de haber nacido, tu yo
en mitades, una inmortal
mitad inmaterial, ajena,
incorruptible.
Otra realista,
de un modo semejante
evangélica
pero decidida a violar
el orden de la casa,
el lecho del marido,
el alma femenina.
Voz de ruptura decís,
la odiosa verdad
de que la muerte es obra
de quien de la muerte habla.
La idea de que no hay distancia
entre mi yo, la palabra,
y lo que nombra la palabra.
De tal condena
no se salva
aquel cuya mano alzada
en puño aspira
a ser conciencia
ni aquel otro sagaz
cuyo cínico rezo
conduce a la demencia.
No se salva
el literato fascista
ni aquél que oscila
entre la ternura y la ironía.
No, poeta, no se salva
el que adivina su esencia,
no se salva
el que ve lo que no ves
ni el ciego guiado
por un ciego.
Un acto de condena
la escritura, un ciego
guiado por un ciego,
un dios hermafrodita,
cositas que ambos
hacemos en secreto.
 
 
 
 
(Fuente: Ricardo Ruiz)