lunes, 1 de noviembre de 2021

Camila Evia (San Martin de los Andes – Argentina, 1987)

 



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limestone

 

Inaudible vida multiplicadora
flores diminutas que flotan
dentro del laboratorio,

Semillas, legumbres y uvas
se hospedan y estiran
en un espacio estrecho

Frágil tórax,
donde todos cabemos
elásticos higos
duplicados, infinitamente

 

 

(Fuente: Buenos Aires poetry)

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Henry Wadsworth Longfellow (EEUU, 1807 - 1882)

 

Casas encantadas

 

 
Todas las casas en donde los hombres han vivido y muerto
Son casas embrujadas. A través de las puertas abiertas
Los fantasmas inofensivos en su misión se deslizan,
Con los pies que no hacen ruido en los pisos.
 
Nos encontramos con ellos en la entrada, en la escalera,
A lo largo de los pasillos ellos van y vienen,
Con impresiones impalpables en el aire,
Una sensación de que algo se movía de aquí para allá.
 
Hay más invitados a la mesa que anfitriones
Invitados: el vestíbulo iluminado
Se llena de tranquilidad, fantasmas inofensivos,
Tan silenciosos como los cuadros en la pared.
 
El desconocido en mi hogar no puede ver
Las formas que veo ni oye los sonidos que escucho;
Él sin embargo percibe lo que es, mientras que a mí
Todo aquello ha sido visible y claro.
 
No tenemos títulos de propiedad de casa o tierras;
Los propietarios y ocupantes de fechas anteriores
Desde tumbas olvidadas estiran sus manos polvorientas,
Y mantienen en manos muertas todavía sus antiguas propiedades.
 
El mundo del espíritu en torno a este mundo de los sentidos
Siempre queda como una atmósfera, y en todas partes
Ráfagas a través de estas nieblas terrestres y vapores densos
Un soplo vital de aire más etéreo.
 
Nuestras pequeñas vidas se mantienen en equilibrio
Por atracciones y deseos opuestos;
La lucha del instinto que disfruta,
Y el más noble instinto a que aspira.
 
Estas perturbaciones, este jarro perpetuo
De deseos terrenales y aspiraciones elevadas,
Van desde la influencia de una estrella invisible
A un planeta sin descubrir en nuestro cielo.
 
Y como la luna de alguna puerta oscura de nubes
Deja sobre el mar un puente flotante de luz,
A través de cuyos tablones oscilantes nuestra profusión de fantasías
En el reino del misterio y la noche, –
 
Así que desde el mundo de los espíritus de allí descendieron
Un puente de luz, que se conecta con esto,
En cuyo suelo inestable, que se balancea y se dobla,
Deambule por nuestros pensamientos sobre el oscuro abismo.
 
 
 
 
(Fuente: Bajo la sombra del tiempo)

Eduardo Espina (Montevideo, Uruguay, 1954)

 

/ cuatro poemas













El nihilo

(La nada no sabe por qué )




La lírica del campo une los indicios,
una manera de querencia a querer el
apero del cuerpo pero recién su raza.
Queda, como corolario haría un año,
el principio perteneciente al paisaje.
No faltará al final dificultad infinita:
la belleza vendrá con dragones, verá
antes que venga la garúa a la unidad.
Hacia la excesiva inmortalidad de la
salamandra rueda natural, en cenizas
sale y asola la raya lacia del enigma.
Qué podría darse sino nombre antes
de melampos, de muestra de afectos
con ínfima mano siguiendo de largo.
Y duran lo que un lirio aún reunido,
lo que el aura oiría para que fuera él.
Lleva una vida su duración al jardín,
al ojal en las lilas sale seguidamente,
salva la voz por el bosque la quietud
de quienes mal se atreven a seguirla.
Será esa la inmensidad ¿de lo izado,
el intervalo de lábaros y la bandera
donde tal viento iba también antes?
Claro el clima a un costado al cabo
alababa la vaca con lado inefable y
tú, tema de mater conversa vestida
a los misterios que la muerte teme
hasta donde pudo vivir por delante.
Un ojo que podría haber sido hace
las paces, siente al iris con erizarlo,
rozando erraba al Sur nunca sabido.
Pero no todo fue tanto ni por estar
al atardecer mientras la trilla venía
enviando al país apilado, a la moza
que mal se asoma a la invisibilidad.
Va la ocarina al castor en esta causa,
alcanza el comienzo del cielo donde
falte acaso la boda al bosque debida
y de ida debía venir la vida dormida.
Hace rato que Occidente está quieto,
hace más de un sábado hizo un mes.
Trayendo edades diferentes, el reloj
regaña la blanca arenga por la cama,
junto al frijol, juntos, el general y la
gema: nadie intrigado para tratarlos.
Celajes, comisuras, unos con horas:
no decir nada, dejar la lengua vacía.
Por aquí el apero pende del empeño.
El silencio hace al azar a lo lejos, la
inexistencia de todas las otras cosas.

~
 


Sin taxis, sin Texas

(Canta del país el aprendiz) 



El efebo vence al chillido hechizado
por el aura oriunda; le dio por cantar 
villancicos patrios cuando nada cree 
que sea posible, se hinchó de paspar 
la apariencia que compartiría aparte 
del arte temido hasta por el alma tan 
por sentir con la lluvia al descubierto. 
Cuánta gota de la suya ganó desmayo 
en la llanura por venir delante, con el 
ojo amadejando a las lanas nupciales, 
y por serlo del murciélago dan miedo. 
Cuánto de todo ha sido insuficiente al 
salir a la calle para encontrarse ¡solo! 
Calla el rayo al caer, los murciélagos 
callan llamando la atención del viento. 
En el país vuelan ellos para las voces, 
tocan las cuitas al tambor del pericón. 
Anda que suenan, vihuelas y ukeleles, 
y en medio, la fibra lisa del muchacho. 
Canta que cantan, buen embutidor del 
mate amargo en caso de que lo ceben 
de Norte a Sur donde el sol se asoma. 
Canta tu dato para el dedo sin palacio. 
Canta muchacho para que mucho sea. 
Quién lo diría, la jauría deja vestigios, 
los hijos del pasajero eligen la lejanía. 
A menos leguas de un país hasta otro, 
la destreza del azar acerca al labriego, 
hace que esto sea como ha sido recién. 
El azur de la nación anuncia como un 
ánima nace en sábado de menos a más, 
y cada martes en manos de algo igual. 
Pocos por una payada lo hallarán oral 
de ser uruguayo porque su partida a la 
pleamar del mapa llegó con una niñez. 
De chico, recorría el país en persona y 
quienes le perdieron las pisadas no lo 
saben por existente en todas las razas 
sanas pues según asegura la partida de 
nacimiento y la sólida suerte del cielo, 
había nacido con la persona que ya era. 
Antes de ahora, cuando la nación suda 
y la Osa sale a morir en pollera callada. 
El país avisa de la belleza si aun es ella 
llamando a la puerta cuando nadie abre. 
¡Vaya chasqui vestido de viyelas, vaya 
a dormir la siesta jugando a la rayuela! 
Ah, esas cosas de los uruguayos dados 
cada día al misterio de los teros, dados 
a las achuras como yelmos cimarrones, 
canes de caza para pensar al carpincho, 
poniéndole a la cólera un bozal rabioso. 
Yo, me pregunto, ¿y si lo fueran, digo, 
también la tarde en que murió Artigas, 
pues sin él, no me imagino a las plazas, 
al mármol con su monumento a caballo? 
¿Podría haber un lugar donde ya es hoy, 
podría haber un país en el pensamiento? 
Y esas plantas, ¿en qué tanto pensaron? 
¿O piensan las palmeras morir primero? 
Contra las preguntas que les perdonan 
a las alamedas, me arrimo a las almas 
para ser del organismo, y un poco tan 
feliz de serlo: uruguayo, cuando ya no. 

~
 

Veo veo, ¿qué ves?

(Veo vulvas) 



Veo vulvas, de las que andan por ahí sin saber lo que dicen.
Vulvas de las que nadie ha visto, porque había una persona 
en medio, porque ese día estaba lloviendo, porque la madre 
estaba dormida mientras la duración tenia repercusiones, mi 
mano entre tanto, con su piraña en las uñas añadía algo débil 
como un goteo espeso con el cual alguno hizo dulce de leche. 
Veo vulvas afeitadas, de las que no tienen pelos en mi lengua, 
afeitadas para no sentirse solas hasta la saciedad del sinónimo 
por no saber bien qué significa estar atareadas como pie plano. 
Hay vulvas a las que nunca les dan una mano y son mancas en 
el placer, hacen lo que les da la gana, todo a regañadientes, las 
mismas que dejan caer en saco roto los pelos de algún orgullo. 
Veo vulvas de julias, de sarahs y susis, hasta de una tartamuda 
en otro idioma. Veo la vulva de Adriana. Una vez vi una gran 
vulva detrás de una ventana abierta: miraba como si lo supiera. 
No sé porqué, pero veo vulvas de silvias y son muchas silvias, 
una de ellas, con una vulva que volvió una noche, y yo estaba. 
Vulvas valientes y cobardes, vulvas incapaces de hacerle mal 
a nadie, ninguna nacida en Pennsylvania (una lástima), vulvas 
con óvulos y overol, algunas con olor violento, una con aroma 
a emanación mortal tal como la mamá la había traído a la vida. 
Otra vez vi la vulva de una madre que no era la mía, la vi y vi 
vulvas de susis y sallys, de alicias y soledades, de anicetas sin 
haber sabido quién les puso ese nombre, vulvas algo lóbregas, 
veo vulvas hasta cuando duermo, rezo y respiro, cuando como, 
cuando (también ahí veo) me pica la nariz o hablo por teléfono 
a un número equivocado, las veo cuando tengo ganas y cuando 
no porque no solo de vulvas vive el hombre, pero igual las veo 
cuando llueve, cuando recién paró, cuando una mujer parió un 
niño que no es mío, y si es una niña también veo la vulva suya, 
cuando alguien me pide una dirección para llegar a su casa y no 
sé dónde quedará esa calle, veo vulvas hasta cuando nos las veo. 
De cármenes, de maites, de luisas, de elisas (veo la de Elisa vida 
mía y me dan ganas de llorar de la nostalgia), de irenes y a la de 
sully la imagino ajena dando ahora vueltas por algún dormitorio. 
Vulvas, vulvas, vulvas, vulvas, vulvas, vulv… las veo ¡ahí van! 
y con ellas, aquella que una vez tuvo frío, vulvas que no saben 
hablar en voz baja y por eso nunca las invitan a ningún velorio. 
He visto vulvas en coma esperando el punto final de su clítoris, 
he visto otras que venían a ser parte de la tradición, pero ahora, 
veo vulvas pobres y ricas, nómadas y anónimas, largas y cortas, 
negras y blancas, y a tantas vulvas obesas cuyo tamaño varía lo 
mismo en invierno como en verano, aunque habrá que verlas en 
primavera, rodeadas de geranios y golondrinas, vulvas aladas y 
perfumadas, volarían así a una definición diferente apenas una 
fe las acompañe al año donde nacieron con una forma de alma 
imitada por la cual la belleza hubiera pagado hasta una fortuna. 
Vulvas con su traca traca, cargando un semen apuñalado por la 
espalda, castigo les deberían dar por andar cargando lo que no 
es suyo, un gajo de chiquetazos, cómo ha de ser posible, ni que 
fueran traileras transportando oro en su cóncavo semirremolque. 
Con vulvas así, no se puede, porque ponen en duda el camino a 
Sodoma amagando con amar al primer postor de su desparramo. 
Vulvas que al llegar a los veinte les cantaron las cuarenta, pues, 
pasado el tiempo, todas las vulvas terminan siendo la misma, ni 
una se salva, todas hacen camino al andar tan llenas de moscas, 
de no me acuerdo bien qué pasó en el pecado la noche anterior. 
Sudando en contra de la infelicidad salen al soleado universo a 
vivir con esa estética hasta que pueden y dicen colorín colorado 
esta historia ha terminado, arrepentidas de no saber lo que pasó. 
Vulvas de las que nadie nunca ha visto, invisibles hasta que las 
manos las hacen nacer al instinto en cada instante tan saludable. 
Vulvas con gusto a ceviche, alegres pero con un olor agrio (tal 
vez en su vida pasada pasaron días en algún yogurt), de las que 
fueron atrapadas in fraganti haciendo estragos en la entrada del 
tren fantasma, en su Parque Rodó uruguayo ¡tan lleno de ellas! 
mientras llegan como bueyes cargadas de ayes huidos del ayer. 
Hay quienes dicen que las vulvas son buenas, hay alguien que 
su vulva cambiaría por una nueva aunque viniera de muy lejos. 
En alguna parte habría que hacerle a la vulva una estatua, a esa 
usada en nombre de todas las otras, vivas y muertas aquí y allá. 
Sudor, ozono pino, pipas, altramuces, garbanzos salados, zotal, 
aura de la fotogenia y hasta estertores cumpliendo el papel del 
mal tilingo al quitarse de encima cuchiflates y guarrindonguis 
alaban la pelambre que la bordea para cumplir el papel de los 
días acuartelados vistos desde muy cerca, olfateando culta la 
circularidad de una verdad que si no fuera tan mal vista, bien 
podría servir como ablación en la corazonada de tenerla todo 
el tiempo cerca hasta que algo agobiada viniera a los minutos. 
La vulva esa escribe en su libreta de apuntes algo que todavía 
nadie sabe: “Las dificultades de mis tartamudeos tuvieron que 
ver con la tendencia que tenían los personajes antes de venir a 
mí”, pudiendo ser el personaje cualquiera que quisiera estar de 
acuerdo con la visita al tarambana cuando salió al raje, porque 
según una leyenda, el pabellón de baños del cuartel entraba en 
actividad al mismo tiempo que de aquí en más la blanda vulva 
se ponía facilonga, haciéndose la que no sabía nada pero sabía. 
La vulva que le había hecho un chantaje al Viejo Vizcacha, la
misma que por pura casualidad descubrimos donde no las hay 
hacía su aparición bajo las fibras del biguá y de la arboladura, 
había cumplido con un plan abotonado, nadaba en la leche del 
mar cuando valía la pena hacerlo por eso que todas las vulvas 
hacen, salir a las superficies para respirar, o para que las vean. 
Salgo al mundo y veo vulvas. Han venido a darme unas ideas. 

~


Equivocarse con la propia mano de uno 

(Un país apodado “guardapolvos”) 




Estamos en una playa en Yemen, donde las mujeres temen al semen.
Como en esta playa solo yacen yémenes, lo que más falta ¡es! semen. 
¿Cómo vivir sin, semen? Sería una charada, un badajo muerto debajo 
del pijamas, sería amar a la hija mayor del mayordomo aunque jamás 
mejore, pues en Yemen los meses vienen con menos semen a menos 
que en el mapamundi alguien diga, esto no es Yemen, es el medio de 
la nada como tú te la habías imaginado, seguramente antes que hoy o 
quién podrá decirlo al respecto, la nada, sin hijos, con playas de arena 
heroica hasta los pies, con una toalla enroscada a cada lado para llamar 
la atención del cielo porque el cielo del desierto se parece al del olvido, 
lo cual sería ideal, olvidarse de los sémenes hasta la semana que viene, 
igual, todavía es miércoles, mientras nacen los ceibos involuntarios al 
volver los bueyes del verano, ellos sí que semen tienen, incluso tienen 
para prestar a cambio cuando entran a la eternidad con el año anterior 
atravesando las huellas calladas desde ayer hasta hace mucho, aunque 
sea poco, tiempo que papá podría haber tenido si aun estuviera vivo, y 
mamá, que nunca quiso ir a Yemen pues allá, al semen todos le temen. 

*** 



(Fuente: La comparecencia infinita)

Teresa Ramos (Oviedo, España, 1961)

 

 

REFLEXIONES POSTRERAS 

 




Se ha muerto la filósofa,

y el filósofo sigue vivo.

Por qué se ha muerto la filósofa,

qué dilema no supo resolver.

Se ha arrojado una precipitada

casi encima de mis pies.

Qué componente le faltó a la bióloga

qué endorfinas no la asistieron.

 

Se ha quitado del medio otro parado,

qué desdicha corroía sus entrañas,

quién tejió la soga para su gaznate,

qué perverso sistema lo expulsó.

 

Lo perfecto no deja entrar a nadie,

decía Elías Canetti,

y lo imperfecto empuja a salir,

diría yo.

 


En:   Bancales de perfume. Editorial Cenlit.

 

(Fuente: Voces del extremo)

 

Ian McMillan (Darfield, Yorkshire, Reino Unido, 1956)

 

La noche del día que murió Pavarotti

 



Eché un chorro de leche condensada en mi taza de café.
Me senté afuera para observar como caía la tarde
Sobre el árbol en el cementerio al fondo del jardín.

Mi mujer no pasaba de la sorpresa. "Nunca tomas leche
En tu café, ¿no es cierto?", comentó. Muchas veces
Termina sus oraciones en un tono que sube como pregunta.

Escuchamos y de la casa de Mr. Lowe al lado
Y de la casa de Steve subiendo por la calle escuchamos
La última nota de Nessum Dorma alzarse y quedar colgada

Ahí, como luz en un árbol. Si buscas perfección acércate:
El árbol, la nota, y sí, hasta la leche condensada
En el café en la taza azul brillante. La ardilla

Sobre el galpón fue demasiado, como una orquesta que hace
Un saludo final cuando ya me levantaba para retirarme.
 
 

En: Este lago estaba helado: lámparas, 2011

Once British, Aurelia Rivera Libros, Buenos Aires, 2013
Traducción de Andrew Graham-Yooll
 


Foto: BBC
 
 


The Evening of the Day Pavarotti Died
 

I poured some Carnation Milk into a cup of coffee
And sat outside to wacht the light fading
On the tree in the cemetery at the back of our garden.

My wife couldn't get over it. 'You never have milk
In the coffee, do you?' she said. She often
Ends her sentences with the rising hint of a question.

We both listened and from Mr Lowe's house next door
And from Steve's house upt the street we heard
The last note of Nessum Dorma rising and hanging

There like light on the tree. If you want perfection, come here:
The tree, the note, and yes, even the Carnation Milk
In the coffee in the bright blue cop. Then the squirrel

On the shed was too much, like an ochestra taking
One too many bows when you've already stood up to go.
 
 

This Laked Used to be Frozen: Lamps, Smith / Doorstop Books, Sheffield, 2011
 
 
(Fuente: Campo de maniobras)

 

Diana Moncada (Venezuela 1989)

 

Servidos tus ojos en la mesa de los acantilados...

 


 
 
Servidos tus ojos en la mesa de los acantilados
servidos tus tendones en el plato de un niño que deletrea la invisible parquedad del movimiento
servidos tus hijos / tus hijos cubiertos de inexactos placeres sobre la yerba traslúcida
servida tu boca como un lodo que se hunde para tocar el hueso de la gravedad
servidos tus dientes para morder la melodía de los desiertos / desiertos que se abren como clarividencias y tránsitos
lo tibio de tu madre cuando reza sistemas de enumeración
lo tibio de tus nombres que desfilan entre cañones de materia oscura / oscura maleza insoportable sobre las cabezas
             madre soy alimento del tardío desierto que se levanta
servidas tus garras para arrancar los excedentes de una voz que dejó de ser
             padre soy tu niña abrazada por amplios filos de materias extremas
servidas tus mañanas / el olor de tus residuos cuando apagas la luz contra la despiadada luz servida yo porque desconozco el tacto de la música
             madre he mentido sobre los ruidos de la nieve
servidas las moscas de tu muerte
             padre tus palabras siempre fueron una piedra incomprensible
servida yo porque desconozco el color de los truenos que descansan
servidos tus hijos que vendrán por mí para reclamar lo blando de un vientre ciego de teorías espaciales
servido el histrionismo de tu voluntad que crece en un árbol de siglos primigenios
             madre he abandonado la nave nodriza para despertar en un sueño de alfombras
             adormecidas por la inercia
             padre no escuches a mi madre, el amor suele abandonarte tras un espejo vacío
servidas tus alas de ángel nonato de estúpido ángel de intermedios placeres
servida yo como un cadáver para tu autopsia en medio de instrumentos y artilugios exuberantes
             madre solo es un juego para entretener las horas que van deshaciendo sus derrames
             en la madriguera
servida yo porque insistes en usar el polvo de tu destreza inocua
servida tu memoria para que plantes en ella la historia que escribiste para ti cuando la noche
era noche y no esta eterna claridad derruida.
 
 
 

incluido en Nos siguen pegando abajo. Brevísima antología arbitraria. Colombia-Venezuela (LP5 Editora, Estados Unidos, 2020, selec. de Néstor Mendoza y Gladys Mendía).
 
 
 
(Fuente: Asamblea de palabras)

 

Carolyn Forché ( Detroit, Michigan, Estados Unidos, 1950)

 





LA VALIJA PERDIDA     




Así fue con la valija dejada al frente 
del hotel —ceñida, roto el candado, 
empapelada con puertos del mundo, cargando aquello que 
importaba hasta entonces, cuando al voltear tu espalda 
para escudar un fósforo, fue llevada, y el ladrón, 
esperando objetos de valor, encontró en cambio libros escritos 
entre guerras, luz dorada de áticos, pájaros mecánicos cantando, 
y la crónica de las últimas horas de tu país. 
Aquello en lo que, por medio de notas, esperabas convertirte: 
un sustantivo en el papel, papel oscuro con sustantivos: 
golondrinas volando a través de una basílica, tus manos alzándose 
como humo, una nube a punto de abrirse sobre la ciudad, almohadas 
respirando superficialmente donde habías yacido, un fantasma 
en una bata de hospital, y aquí tu voz, 
con principios, tierna, susurrando a través de 
una cerca tejida con ramas de pino:
La escritura es más vieja que el vidrio pero más joven
que la música, más vieja que los relojes o la porcelana pero más joven que la soga.
Querido, que inclusive al hablar callas,
durante años he buscado, generalmente mientras duermo,
cuando he encontrado la valija abierta, recolectando nieve,
todavía guardando tu vade mecum de lo infinito,
tu diccionario de lo ya-no-hablado,
un libro de citas de heridas casualmente infligidas,
y el escueto registro de actos verdaderamente heroicos.
Perdido está tu atlas de países que no han sido marcados por la guerra,
ausente tu manual para la preservación de las horas.
El incunable se ha perdido —tanto tu primer libro
como un lugar de eclosión para tus pájaros mecánicos—
pero la colección de aperçus teniendo que ver
con luz poniendo huevos en tus ojos fue encontrada,
junto con la profecía que todos los asesinatos en masa fueron presagios tempranos.
En una librería antigua, encontré tu catecismo de fes atrofiadas,
entonces te entierro sin tu Salterio,
ni la monografía en donde haces tu proposición
más inequívoca y reñida:
que todo deberá suceder, pero a quien no importa.
Aquí están tus libros, como si estuvieran ardiendo.
Estate cerca ahora, y despierta para decirme quién fuiste.



EL REFUGIO DEL ARTE




Estoy pensando en uros y ángeles, el secreto de los pigmentos duraderos... el refugio del arte.
—Vladimir Nabokov


En un taller que alguna vez fue una fábrica de zapatos, un artista pinta
            muros,
cromlechs, y mojones con polvo de piedras pigmentado:
dólmenes con marcas de un pasado desconocido,
caballos cincelados en tiza sobre sulfato de cobre,
un friso de cazadores en tiempo Paleolítico.
Losas de esquisto alumbran su vela sobre ciervos en fuga
bisones en estampida, uros salvajes con cuernos
en forma de liras, caballos galopando sus paredes, y encima de ellos
serpientes, espirales, rombos, y estrellas.
En el amanecer de la humanidad, niños construyeron tumbas de paso
para los muertos: colmenas de piedra en la tierra para el zumbido del
             espíritu.
Todavía al solsticio, el sol entra en sus cámaras por precisamente
diecisiete minutos. Ciertos años también la luna.
Cisnes migrando por el invierno las sobrevuelan mientras las estrellas se
             apagan con un siseo.
En fosas huecas reposan los muertos, huesos blanqueándose
en oscuridad absoluta, donde ni siquiera los murciélagos cantan, y hasta
que fueron vistos desde el aire por pilotos durante la Gran Guerra,
los domos durmieron, redondos y alzados en los campos.
También vieron sus propias ciudades enjoyadas, sus aldeas de ajedrez,
mantas de cultivos, y serpientes de ríos, nieve herida
por alambre no antes visto, y después de la guerra,
los pilotos llevaron ingenieros a los campos de los domos.
Al principio nadie sabía qué eran. Nada se sabía.
Ni que los constructores habrían sido niños para ellos,
ni por qué labraron sus vidas moviendo piedras
para que el sol se deslizara entre ellas durante un amanecer de invierno,
iluminando las espirales, estrellas, y rombos
que el artista ahora transcribe junto con uros salvajes,
bisontes, y el caballo de la antigüedad. No se sabe por qué
los pinta, parado, como está, en una ceguera de esquisto—
sólo que con el tiempo, tal vez podrá descifrar un mensaje acerca de
uros, bisontes y espirales, rombos y estrellas.



THE LOST SUITCASE




So it was with the suitcase left in front
of the hotel—cinche, broken locked,
papered with world ports, carrying what
mattered until then, when turning your back
to cup a match it was taken, and the thief,
expecting valuable, instead found books written
between wars, gold attic-light, mechanical birds signing,
and the chronicle of your country’s final hours.
What, by means of notes, you hope to become:
a noun on paper, paper dark with nouns:
swallows darting through a basilica, your hands up
in smoke, a cloud about to open over the city, pillows
breathing shallowly where you had lain, a ghost
in a hospital gown, and here your voice,
principled, tender, soughing through
a fence woven with pine boughs:
writing is older than glass but younger
the music, older than clocks or porcelain but younger than rope.
Dear one, who even in speaking is silent,
for years I have searched, usually while asleep,
when I have found the suitcase open, collecting snow,
still holding your vade mecum of the infinite,
your dictionary of the no-longer-spoken,
a commonplace of wounds casually inflicted,
and the slender ledger of truly heroic acts.
Gone is your atlas of countries unmarked by war,
absent your manual for the preservation of the hours.
The incunabulum is lost—both your earliest book
and a hatching place for your mechanical birds—
but the collection of apercus having to do
with light laying its eggs in your eyes was found,
along with the prophecy that all mass murders were early omens.
In an antique bookshop, I found your catechism of atrophied faiths,
so I lay you to rest without your Psalter,
nor the monograph wherein you state your most
unequivocal and hard-won proposition:
that everything must happen but to whom doesn’t matter.
Here are your books, as if they were burning.
Be near now, and wake to tell me who you were.



THE REFUGE OF ART



I am thinking of aurochs and angels, the secret of durable pigments... the refuge of art.
—Vladimir Nabokov


In an atelier once a shoe factory, an artist paints walls,
cromlechs, and cairns with pigmented stone-dust:
dolmens with markings from an unknown past,
horses chiseled in chalk on bluestone,
a huntsman’s frieze in Paleolithic time.
Slate tiles light his vigil over stags in flight,
bison stampeding, wild aurochs with lyre-shaped
horns, horses galloping his walls, and upon them
serpents, spirals, lozenges, and stars.
In the dawn of humanity, children built passage tombs
for the dead: stone hives for the hum of spirit.
At solstice still, the sun enters their chambers precisely
for seventeen minutes. Certain years also the moon.
Wintering swans fly over as the stars hiss out.
In hollow pits the dead repose, bones whitening
in utter dark, where not even bats sing, and until
seen from the air by pilots during the Great War,
the domes slept, round and risen in the fields.
They also saw their own jeweled cities, their chess villages,
quilts of crops, and snake of rivers, snow wounded
by wire not seen before, and after the war,
the pilots led engineers to the fields of the domes.
At first no one knew what they were. Nothing was known.
Not that the builders would have been children to them,
nor why they toiled their lives moving stones
for the sun to slip through at a winter dawn,
lighting the spirals, stars, and lozenges
that the artist now transcribes along with wild aurochs,
bison, and the ancient horse. It is not known why
he paints them, standing as he does in a slate blindness—
only that with time, he might decipher a message regarding
aurochs bison and spirals, lozenges and stars.
 
 
 
  Traducción: Juan E Suárez Encalada

Fuente: Poéticas | Círculo de poesía | Revista Altazor | Otra iglesia es imposible | Festival de poesía de Medellín
Imagen en Penguin Random House
 
 
(Fuente: El poeta ocasional)