sábado, 2 de mayo de 2020

David Kattán Hervas (Ecuador, 1993)


Ceguera


No hubo sorbo primero de calostro
para esta lengua trizada.

Mi nombre es un accidente geográfico:
un atado de nervios
reptando en los restos
de la promesa fundamental.

En los escombros de la madre olvidada,
bajo su rumor como hálito del espanto,
se anunciarán hogares desechables
como débiles signos vitales.




(Fuente: El hombre aproximativo)

Antonio Ros de Olano (España, 1808-1886)



En la soledad II 

 

Más precio en este valle y pobre aldea,
términos de mi vida peregrina,
despertar cuando el aura matutina
las copas de los árboles menea,

y, al volver de mi rústica tarea,
ora en la tarde, cuando el sol declina,
mirar desde esta fuente cristalina
el humo de mi humilde chimenea,

que, en la rodante máquina lanzado,
cruzar como centella por los montes,
pasar como relámpago el poblado,

robar, en fin, al péndulo un segundo,
y, en pos de los finitos horizontes,
sentir la nada al abarcar el mundo.
 
 
 

incluido en Poesía del Romanticismo (Ediciones Cátedra, Madrid, 2016, ed. de Ángel Luis Prieto de Paula). 
 
 
 
(Fuente: Asamblea de palabras)

viernes, 1 de mayo de 2020

Eavan Boland (Dublin, Irlanda, 1944 - 2020,)



La granada




La única leyenda que me ha gustado es
la historia de una hija perdida en el infierno.
Y allí encontrada y rescatada.
Amor y chantaje son la clave de esta historia.
Ceres y Perséfone los nombres.
Y lo mejor de la leyenda es
que puedo aplicarla a cualquier cosa. Y la aplico.
La leí por vez primera
cuando era niña en el exilio de
una ciudad con nieblas y extrañas consonantes,
y al principio yo era
una niña expatriada en el crujiente crepúsculo
del mundo subterráneo donde las estrellas se anublaban. Después
una noche de verano salí
a buscar a mi hija para meterla en la cama.
Cuando por fin llegó corriendo, yo estaba dispuesta
a hacer cualquier cosa para conservarla.
La llevé conmigo a través de las campanillas
y las avispas y las almibaradas buddleias.
Pero entonces yo era Ceres y sabía
que, en aquel camino, a cada hoja de cada árbol
le llegaría el invierno.
Que era ineludible para cuantos por él pasáramos.
Y también para mí.
Es invierno
y están ocultas las estrellas.
Subo las escaleras y me paro donde puedo ver
a mi hija dormida junto a sus tebeos,
su bote de Coca, su plato de fruta intacta.
¡La granada! ¿Cómo pude olvidarla?
Habría podido regresar a casa y ponerse a salvo y así
terminar la historia y toda nuestra
descorazonadora búsqueda, pero extendió su mano
y tomó una granada.
Alargó su mano y arrancó
el sonido francés de manzana y
el ruido de una piedra y la prueba
de que incluso en el reino de la muerte,
en el corazón de la leyenda, en medio
de las rocas llenas de lágrimas no derramadas
dispuestas a transformarse en diamantes
cuando alguien contara su historia, una niña puede
sentir hambre. Podría prevenirla. Todavía queda una
oportunidad.
La lluvia es fría. El camino agrisado.
El barrio tiene coches y televisión por cable.
Las veladas estrellas vacilan sobre el suelo.
Es otro mundo. Pero ¿qué otra cosa
puede dar una madre a su hija sino
estas hermosas rendijas de tiempo?
Si retraso la pena disminuyo la ofrenda.
Suya será la leyenda como lo fue mía
Entrará en ella como lo hice yo.
Despertará. Tomará en su mano
la acartonada, enrojecida cáscara.
La acercará a sus labios. Y yo no diré nada.







The pomegranate




The only legend I have ever loved is
the story of a daughter lost in hell.
And found and rescued there.
Love and blackmail are the gist of it.
Ceres and Persephone the names.
And the best thing about the legend is
I can enter it anywhere. And have.
As a child in exile in
a city of fogs and strange consonants,
I read it first and at first I was
an exiled child in the crackling dusk of
the underworld, the stars blighted. Later
I walked out in a summer twilight
searching for my daughter at bed-time.
When she came running I was ready
to make any bargain to keep her.
I carried her back past whitebeams
and wasps and honey-scented buddleias.
But I was Ceres then and I knew
winter was in store for every leaf
on every tree on that road.
Was inescapable for each one we passed.
And for me.
It is winter
and the stars are hidden.
I climb the stairs and stand where I can see
my child asleep beside her teen magazines,
her can of Coke, her plate of uncut fruit.
The pomegranate! How did I forget it?
She could have come home and been safe
and ended the story and all
our heart-broken searching but she reached
out a hand and plucked a pomegranate.
She put out her hand and pulled down
the French sound for apple and
the noise of stone and the proof
that even in the place of death,
at the heart of legend, in the midst
of rocks full of unshed tears
ready to be diamonds by the time
the story was told, a child can be
hungry. I could warn her. There is still a chance.
The rain is cold. The road is flint-coloured.
The suburb has cars and cable television.
The veiled stars are above ground.
It is another world. But what else
can a mother give her daughter but such
beautiful rifts in time?
If I defer the grief I will diminish the gift.
The legend will be hers as well as mine.
She will enter it. As I have.
She will wake up. She will hold
the papery flushed skin in her hand.
And to her lips. I will say nothing.






Traducción: Pilar Salamanca
Fuente: Tuerto Rey
Enlace: de sibilas y pitias | Letras libres | Revista Chubasco en primavera | Ogham

Tomás de Iriarte (España, 1750 - 1791)




EL ASNO Y SU AMO
Siempre acostumbra hacer el vulgo necio
de lo bueno y lo malo igual aprecio:
yo le doy lo peor, que es lo que alaba».
De este modo sus yerros disculpaba
un escritor de farsas indecentes;
y un taimado poeta que lo oía,
le respondió en los términos siguientes:
al humilde jumento
su dueño daba paja, y le decía:
«Toma, pues que con eso estás contento».
Díjolo tantas veces, que ya un día
se enfadó el asno, y replicó: «Yo tomo
lo que me quieras dar: pero, hombre injusto,
¿piensas que sólo de la paja gusto?
Dame grano, y verás si me lo como».
Sepa quien para el público trabaja,
que tal vez a la plebe culpa en vano;
pues si en dándola paja, come paja,
siempre que la dan grano, come grano
.

Silvia Rodríguez Ares (Mar del Plata, Argentina, 1963)





Lengua muerta



Tienen las palabras
un peso y un sentido
pactado en una junta
de señores notables.
Digo “señores”
con “e”
cuando tendría
-soy de Sagitario
me importa la justicia-
que escribirlo con “o”.
¿Te resulta pueril
la discusión que se abre
si pensamos la lengua
con gestos de madre?
Mi madre está muerta
y fue dura conmigo.
Hay madres que castigan
con amor,
otras con ausencia.
De tanto aceptar
me duele la ampolla que el tiempo
no ha curado.
Los niños no lloran,
las niñas no rompen el cerco
del silencio.
La infancia es sagrada,
también el lenguaje lo es:
tengamos los conceptos
atados en las manos.
¿Hablé de las mujeres
y de los hombres?
¿De siglos alumbrados
por el ojo del patriarca?
No queda más sangre
en la boca sin lengua.
La herida
precede a las palabras.
Destapo el cadáver
hasta la mitad.
La furia es un grito
de venas oscuras.
Ni siquiera
el yo disuelto
me calma.

Maribel Sánchez Pagán (Puerto Rico, 1961)



Canto X 

 

voy en caravana, lo busco con los ojos, con los sentidos, por la piel, por los poros, lo persigo entre los rincones, lo descubro entre las sábanas, entre las ropas, entre los papeles y las cajas, como animal acorralado exploro escapar de la trampa, de los días pacíficos parecidos al hogar, de esa seguridad que nos gusta tener junto a otro, corro como fiera en busca del páter, de lo que no tengo, de lo que perdió la mujer en la creación, reclamo encontrar lo que me completa, lo que me sella a los escombros de lo ya vivido, me rebusco a mí misma para limpiarlo de mi cuerpo, borrar toda huella, la luz es tan intensa que aligero por las escaleras tratando de salir por alguna ventana, llorándome la lágrima muy adentro, deseo sustraerme la sangre que me hierve cuando veo sus cabellos mojados y como dios nórdico, con su sonrisa plena, mírame sin más amor que el ahora, entonces, encuentro el cuchillo antiguo con el cual hacer el sacrificio pero, todo es inútil, allá andan mirándome los guatemaltecos, los españoles, los kurancos, los vikingos, mirando lo que otros no ven, soñando la recreación eterna, huyo, me muestro indiferente, me alejo de sus cosas, pongo mis manos atrás, no tocar ni un año, ni un segundo pasado, que no me subsista ni una espora de la África tropical que llevo en las venas, que no me quede ni el polvo de un papel añejo que yo misma escribí y su tinta todavía me corre por la piel, huir es lo que hacemos, yo soy la más que aguanta, lo sé, porque no puedo ser la madre, la madonna, la mujer, la amiga, si no soy todas las cosas, soy la que escribe poemas en prosa, la que recoge la empatía, la que odia los finales felices (la hacen llorar), soy a la que angustia la distancia, la que se hiere a sí misma, soy la que busca este final, en caravana a otra noche.
 
 
 
 
incluido en Poesía de Puerto Rico. Cinco décadas (1950-2000)  (Fundación editorial El perro y la rana, Caracas, 2009). 
 
 
(Fuente: Asamblea de palabras)

Rosa Durán (México)



El deseoso





Deseoso es aquel que huye de su madre
José Lezama Lima


en Harar / (ciudad santa amurallada blanca) / Abisinia en el desierto / Alá reina ahí / en la arena de Harar / acribillada y volcánica / se abre la avenida principal / llamada Charleville / en honor al pueblo / donde nació Rimbaud / poeta y explorador
quien vivió en Harar muchos años / en la arena del desierto / (yendo y viniendo) / quien huía / desde hacía mucho huía Rimbaud / de ese pueblo Charleville / en la campiña francesa / del que se escapó siete veces
y en Abisinia pensaría: / “estoy lejos al fin muy lejos / en la arena de Harar viviré muchos años / (yendo y viniendo) / en la arena de mi ira / en esa lava abrasadora de Harar”
que lo enterraran frente al mar / pidió Rimbaud / en Adén dijo / en ese volcán ese infierno rugoso / ahí quería quedar / pero ni en Adén ni en Harar / llegó a morir a Marsella / y Rimbaud fue enterrado en Charleville / nadie manda sobre su cadáver
ni en la arena ni frente al mar / en Charleville / en Harar sólo quedó una avenida / llamada Charleville como el pueblo / que tanto detestó / y los de Harar / la gente de Harar cuando lee el nombre / “Avenida Charleville” / ¿qué pensará? /¿se acordará de Rimbaud? / ¿se acordará de ese loco que no quiso ser poeta?
¿o no pensará nada? / ¿sólo leerá “Charleville” / sin pensar ni Abisinia ni Rimbaud ni nada?





                                                                             en Estación Aldebarán, 2016
(Fuente: Descontexto)