martes, 12 de mayo de 2026

Néstor Perlongher (Avellaneda, Buenos Aires, 1949 - Brasil, 1992)

 

 

File:Néstor Perlongher (1988).jpg - Wikimedia Commons 

 

Antología poética


de Austria-Hungría (Buenos Aires, Tierra Baldía, 1980)

 

Canción de amor para los nazis en Baviera

 

Marlene Dietrich

cantaba en Londres una canción entre la guerra:

Oh no no no es cierto que me quieras

Oh no no no es cierto que me quieras

Sólo quieres a tu padre, Nelson, que murió en Trafalgar

y ese amor es sospechoso, Nelson

porque tu papá

era nazi!

Era el apogeo de la aliadofilia

debajo de las mesas aplastábamos soldados alemanes

pero yo estaba sentada junto a ti, Nelson

que eras un agente nazi

Y me dabas puntapiés

 

Oh no no no es cierto que me quieras

Ay ay ay me dabas puntapiés

 

Ceremoniosamente me pedías perdón

posabas una estola de visón sobre mis hombros

y nos íbamos a hacer

el amor a mi buhardilla

pero tú descubrías a Ana Frank en los huecos

y la cremabas, Nelson, oh

 

Oh no no no es cierto que me quieras

Ay ay ay me dabas puntapiés

Heil heil heil eres un agente nazi

 

Más acá o más allá de esta historieta

estaba tu pistola de soldado de Rommel

ardiendo como arena en el desierto

un camello extenuado que llegaba al oasis

de mi orto u ocaso o crepúsculo que me languidecía

y yo sentía el movimiento de tu svástica en mis tripas

oh oh oh

 

El cadáver

 

Por qué no entré por el pasillo?

Qué tenía que hacer en esa noche

a las 20.25, hora en que ella entró,

por Casanova

donde rueda el rodete?

Por qué a él?

entre casillas de ojos viscosos,

de piel fina

y esas manchitas en la cara

que aparecieron cuando ella, eh

por un alfiler que dejó su peluquera,

empezó a pudrirse, eh

por una hebilla de su pelo

en la memoria de su pueblo

Y si ella

se empezara a desvanecer, digamos

a deshacerse

qué diré del pasillo, entonces?

Por qué no?

entre cervatillos de ojos pringosos,

y anhelantes

agazapados en las chapas, torvos

dulces en su melosidad de peronistas

si ese tubo?

Y qué de su cureña y dos millones

de personas detrás

con paso lento

cuando las 20.25 se paraban las radios

yo negándome a entrar

por el pasillo

reticente acaso?

como digna?

Por él,

por sus agitados ademanes

de miseria

entre su cuerpo y el cuerpo yacente

de Eva, hurtado luego,

depositado en Punta del Este

o en Italia o en el seno del río

Y la historia de los veinticinco cajones

 

Vamos, no juegues con ella, con su muerte

déjame pasar, anda, no ves que ya está muerta!

Y qué había en el fondo de esos pasillos

sino su olor a orquídeas descompuestas,

a mortajas,

arañazos del embalsamador en los tejidos

 

Y si no nos tomáramos tan a pecho su muerte, digo?

si no nos riéramos entre las colas

de los pasillos y las bolas

las olas donde nosotras

no quisimos entrar

en esa noche de veinte horas

en la inmortalidad

donde ella entraba

por ese pasillo con olor a flores viejas

y perfumes chillones

esa deseada sordidez

nosotras

siguiéndola detrás de la cureña?

entre la multitud

que emergía desde las bocas de los pasillos

dando voces de pánico

 

Y yo le pregunté si eso era una manifestación o un entierro

Un entierro, me dijo

entonces vendría solo

ya que yo no quería entrar por el pasillo

para ver a sus patas en la mesa de luz,

despabilando

Acaso pensé en la manicura que le aplicó el esmalte Revlon?

O en las miradas de las muchachas comunistas,

húmedas sí, pero ya hartas

de tanta pérdida de tiempo:

ellas hubieran entrado por el pasillo de inmediato

y no se hubieran quedado vagando por las adyacencias

temiendo la mirada de un dios ciego

Una actriz –así dicen–

que se fue de Los Toldos con un cantor de tangos

conoce en un temblor al General, y lo seduce

ella con sus maneras de princesa ordinaria

por un largo pasillo

muerta ya

Y yo

por temor a un olvido

intrascendente, a un hurto

debo negarme a seguir su cureña por las plazas?

a empalagarme con la transparencia de su cuerpo?

a entrar, vamos por ese pasillo donde muere

en su féretro?

 

Si él no me hubiera dicho entonces que está solo,

que un amigo mayor le plancha las camisas

y que precisaría, vamos, una ayuda

allá, en Isidro

donde los terrenos son más baratos que la vida

lotes precarios, si, anegadizos

cerca de San Vicente (ella

no toleraba viajar a San Vicente

quiso escapar de la comitiva más de una vez

y Pocho la retuvo tomándola del brazo)

 

Ese deseo de no morir?

es cierto?

en lugar de quedarse ahí

en ese pasillo

entre sus fauces amarillas y halitosas

en su dolor de despertar

ahí, donde reposa,

robada luego,

oculta en un arcón marino,

en los galeones de la bahía de Tortuga

(hundidos)

 

Como en un juego, ya

es que no quiero entrar a esa sombría

convalecencia, umbría

–en los tobillos carbonizados

que guarda su hermana en una marmita de cristal–

para no perder la honra, ahí

en ese pasillo

la dudosa bondad

en ese entierro

 

de Alambres (Buenos Aires, Último Reino, 1987)

 

MME. S.2

Ataviada de pencas, de gladíolos: cómo fustigas, madre, esas escenas

de oseznos acaramelados, esas mieles amargas: cómo blandes

el plumero de espuma: y las arañas: cómo

espantas con tu ácido bretel el fijo bruto: fija, remacha y muele:

muletillas de madre parapléxica: pelvis acochambrado, bombachones

de esmirna: es esa madre la que en el espejo se insinúa ofreciendo

las galas de una noche de esmirna y bacarat: fija y demarca: muda

la madre que se ofrece mudándose en amante al plumereo, despiole y despilfarro: ese

desplume

de la madre que corre las gasas de los vasos de whisky en la mesa

ratona: madre y corre: cercena y garabato: y gorgotea:

pende del

cuello de la madre una ajorca de sangre, sangre púbica, de plomos

y pillastres: sangre pesada por esas facturas y esas cremas que

comimos de más en la mesita de luz en la penumbra de nuestras

muelles bodas: ese borlazgo: si tomabas mis bolas como frutas de un

elixir enhiesto y denodado: pendorchos de un glacé que te endulzaba:

pero era demasiado matarte: dulcemente: haciéndome comer de esos

pelillos tiesos que tiernos se agazapan en el enroque altivo de mis

muslos, y que se encaracolan cuando lames con tu boca de madre las

cavernas del orto, del ocaso: las cuevas;

y yo, te penetraba?

pude acaso pararme como un macho ebrio de goznes, de tequilas mustio,

informe, almibararme, penetrar tus blonduras de madre que se ofrece,

como un altar, al hijo — menor y amanerado? adoptar tus alambres de

abanico, tus joyas que al descuido dejabas tintinear sobre la mesa,

entre los vasos de ginebra, indecorosamente pringados de ese rouge

arcaico de tus labias?

cual lobezno lascivo, pude, alzarme,

tras tus enaguas, y lamer tus senos, como tú me lamías los pezones

y dejabas babeante en las tetillas — que parecían titilar —

el ronroneo

de tu saliva rumorosa? el bretel de tus dientes?

pude madre?

como un galán en ruinas que sorprende a su novia entre

las toscas braguetas de los estibadores, en los muelles, cuando

laxa desova, en los botones, la perfidia a él guardada? ese lugar

secreto y púbico? cómo entonces tomé esa agarradera, esos tapires

incrustados con mangos de magnolia, aterciopeladamente sospechosos;

y sosteniendo con mi mismo miembro la espuma escancorosa de tu sexo,

descargar en tu testa? Sonreías borlada entre las gotas de semen de

los estibadores que en el muelle te tomaban de atrás y muellemente:

te agarré: qué creías?

 

(Fuente: poesíaon.wixsite.com) 

 

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