Los cuatro caballos
que en San Marcos
se corren del desgaire
piafan mansitos
en esa gris fachada de la basílica,
no apta y apta
para deslumbrar.
Cuatro,
que no sé de dónde provienen
y por permanencia obligada
son venecianos.
Tal vez Verrocchio,
me dice a las apuradas
un gitano,
que parece y no lo es.
Oro y magnificencia
trunca de chamanes
que en enojosas
ceremonias
se abstrajeron
de la meditación
dudosa del sabio
y la ciega patada doble
del burro.
"In ditto zorno
la verzene Maria
fo annonciata
da l'angel Gabriel",
¿sobre el destino de tanta
edificación, cálculo
y congoja de vejigas?
¿sobre los falsos conceptos,
tejedurías artísticas
y risas
que hoy
suponemos
verdaderas
y cómodos repetimos
ciertas?
Un firulais
se rasca los picotones
de pulgas
bajo los pórfidos
y de cola a la Piazzetta.
Las palomas abruman,
los hoteles están caros
y en las apretujadas callejas
musulmanes y negros
ofrecen porros y baratijas
mientras el sol se pone
como quien va para Turín
y qué no sabe adónde va,
en las tibias tardes
de este octubre
que enmudecieron
las campanas,
apagadas de bullanga
y sombras.
Nadie bate la justa
ni la tiene.
Sí, claro,
aquí
lo fascinante
a cuestas
de la apatía,
el anfiteatro de ricachones
y locos,
y la ambición
cargada de piedras
viejas
y tremendamente atractivas.
Inédito
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