Mi viejo
murió
el 18 de junio del 73.
Él era sereno
y mi vieja sirvienta
en las Piletas Olímpicas de Ezeiza,
yo, morguero en el Policlínico
del Barrio Uno.
Esa noche fueron
tomadas militarmente,
dijeron,
por el Coronel Osinde
y un grupo de matones,
en silencio, con rabia y con armas,
y no como afirman los historiadores
al día siguiente.
El 20,
ya sepultado
don Giuseppe,
estalló el volcán:
una rubia
se agarraba la cara
lavada en reguero de sangre
que se derramaba sobre el pecho,
una bala perdida
mató al Chicho Caledonius,
mi querido firulais,
no así al Landrú
que se salvó
de patas correr,
un negrazo del SMATA
que ostentaba
una escopeta caño recortado
y un manojo de cadenas
con cuajarones y pelos pegados
le pidió agua caliente para el mate
a mi vieja que todavía lloraba,
el palco a 50 metros era un desastre,
Cirila, la burra de mi vecina doña Filo,
rebuznaba de terror por los disparos,
allí cerca, atado con alambres a los eucaliptos,
un jovencito desgreñado
lucía desventrado a tiros
como quien quiere decir algo
y se atraganta;
y muchas cosas más
que ya nadie le da pelota,
excepto para aprovechamiento
y ventaja.
Mi viejo
murió
de epitelioma broncógeno,
ese término médico
con que especifica el cáncer de pulmones
pero que no puede explicar sus dos años
en un campo de trabajos forzados
en una fábrica de caucho,
en Alemania,
ahí, en el límite polaco,
donde hoy,
sobre la autopista A14,
vuelan a la nada
raudos automotores
que van de sur a norte
y viceversa.
- Inédito -
No hay comentarios:
Publicar un comentario