jueves, 7 de mayo de 2026

Héctor Giuliano (Piamonte, Italia, 1947 / Reside en San Juan, Argentina)

 

 

Mi vasta ex biblioteca,
desarbolada
por mano propia
y espíritu ajeno,
acoquinaba
a mis pocas visitas:
Calívar, el plomero
que no conocía al rastreador;
Juancito Magerakis,
fabulador obcecado
con 22 entradas en calabozos
y aposentos de placer;
Sofía, la vendedora domiciliaria,
hoy emprendedora
y no buscavidas:
perfumes, cremas,
ollas revestidas de teflón,
maicenitas y huevos de pascua;
el Negrazo Chaparro,
quien se apeaba del Rastrojero
y las frutas, del aceite de oliva casero
y las verduras,
para tomarnos un compadre cafecito;
la vecina Luisa,
siempre y siempre
asistiendo a su madre sotreta
que siempre muy enferma
la tenía agarrada de las trenzas y el copete;
don José,
el cuereador de conejos,
que pasea por el barrio
su bastón de caña,
sus botones perlados,
sus gruñidos y silencios
de perro viejo y sagaz;
el armero de la policía,
Toledo, el David,
que vende fierros delincuentes,
a quien compré
este magnífico Colt 1889;
Fausto,
no mi hermano,
ése todavía está crazy
por el asunto ese de la ESMA;
el otro, digo, el jachallero,
que alguna vez fue fracking
cangallero
en el Neuquén,
este Fausto se volvía de zozobras
ante el mundo de papel encuadernado,
leía lomos,
uñaba una tapa de cuerina,
sudaba de a ratos
como espiando algo
en tanta movida textual
a punto de agitarse,
pero muerta al fin,
retiraba un libro:
Johann Huizinga,
deletreaba un grabado,
V. Propp, desajustaba una página,
inquietaba un polvillo,
"Nacha Regules", ojeaba,
Nicolás Olivari, de refilón,
Draghi Lucero, de lleno,
tiraba una oreja entre los libros
y aparecía una foto de Venecia,
gauchita en su formalidad
de horizontes sellados
y piedra horchata,
restregaba
un mapa serrano,
firmado por Hugo Gerth
y sus caprichos sombreados
que parecían el Unquillo
de Spilimbergo,
un reguero cruzado
de flechas, líneas punteadas,
eolos, filomenas y terremotos,
meridianos y latitudes
para cuadricular la Tierra
y apropiarse de jirafas y diamantes,
las marchas y contramarchas
del General Paz
durante las guerras civiles,
así como los encuentros y desencuentros
de aves, equinodermos y marsupiales,
fumaba el jachallero,
me recibía un trago de bonarda,
se recordaba de algo,
embolsillaba las manos,
se ponía de espaldas
a ese triste baluarte derrotado
de celulosa y tinta
que fue presa de cartoneros,
y que, en alguna ocasión,
de algún omar piromaníaco,
y daba risotadas y esgarraba muecas,
echaba humo,
y nos poníamos a huevear
sobre los noticieros, los raperos,
Gran Hermano y quien se iba de la casa,
de la Su y de la Mirtha
en la tele cultural,
hiedra viscosa, luz de luces,
no hay nada mejor. 
 
Desnudita y perentoria,
tirando fintas y lentejuelas,
la Pelona,
aburrida y primordial. 
 
Inédito 

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