LOS OBEDIENTES
Los obedientes
tienen una cabeza
que odia pendular
de norte a sur
o de sur a norte
porque puede parecerles
que hacen una señal
de inocultable negación.
Más bien suben
y bajan la testa
para decir que sí,
que antes que nada
existe la obediencia.
Son tibios,
de la misma materia
de los muertos recientes.
Los obedientes
calculan la salida del sol
y corren a calentar
sus huesos de yeso.
Señores y señoras:
“Hagan fila para recibir
la bofetada del día”,
“dejen la piel
a la entrada del templo”.
Los obedientes
bailan
cuando suena la pandereta
no importa
el son que toque
una desafinada orquesta.
Oyen pasos sin pies,
atentos a una orden
en la sala de espera
y al papel que les asegure
el salario del miedo.
Los obedientes
duermen su tigre,
duermen su niño,
son sombras sin cuerpo
que esperan
el llamado del vacío.
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