Sumergido hasta el cuello
en la mitad fresca y azul de un lago,
un día me encontré una pluma de paloma
que flotaba en la tensa superficie del agua;
y de repente vino una libélula
como esos invisibles para el pelo,
pero ésta era un azul verdoso iridiscente:
sobrevoló la pluma, aterrizó
y quedó ahí posada. Eso es todo.
Lo cuento como quien marca las páginas
de ciertos libros de la biblioteca
para anunciarle al próximo lector
dónde están los pasajes más hermosos.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
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