PAISAJE EN PRIMAVERA, POR UN CAMINO
Aquí estás, te desbocas ante mí:
cielo de tan azul, mar invertido;
cetáceas las nubes en un vuelco
de inverosímil gas, de agua fingida.
Las cunetas regadas de amapolas
—como sangre asperjada de una bestia—
y las piedras calladas de caminos,
ocultas entre el verde y entre el rojo.
El muro derrotado de una casa;
la nevada fugaz de algún almendro;
el huso erguido, solo, de un ciprés;
la sombra de un olivo en oración.
Y la luz hecha sueño transparente,
ilusión de alquimista (tal vez Newton),
cristal que de tan puro hace daño,
elevado a su enésima potencia.
De pronto, la tangente gaseosa
de un reactor de plata: una saeta.
Y la humildad pequeña de un gorrión
buscando algún mensaje en el telégrafo.
Todo parece eterno en este aroma
de silencio sutil, casi imposible.
Hasta las mariposas se deshacen.
Y mis manos también. Y el horizonte.
¿Cómo sé la certeza de la muerte,
el profundo caer en el olvido,
si solo hay luz y todo está tan quieto,
si este camino recto nunca acaba?
(Fuente: Carlos Morales del Coso)
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