Escribo sobre el ruido de la púa en un tocadiscos de la D-2, en la "Docta" de 1975.
Escribo sobre el anillo de alpaca que una muchacha cordobesa le regaló a Soledad Silveyra.
Escribo sobre Felisberto Hernández tocando el piano antes de que la leucemia lo volviera silencio.
Escribo sobre Blackie, sus anteojos eternos, su sonrisa de batalla.
Escribo sobre los lunes, esa fecha maldita donde la muerte elige a los suyos.
Escribo sobre la puerta de una casa en Santa Fe y Laprida y lo que pasa cuando me detengo frente a ella.
Escribo porque esta noche, en algún lugar de Buenos Aires, alguien podrá un disco de jazz y yo, desde mi humedad fantasma, creeré que Katy lo escucha.
Escribo sobre que somos chicos que nos volvemos grandes, y algunos en grandes hijos de puta.
Escribo sobre un tango que habla y una canción que enmudece.
Escribo sobre la piel de una mujer que no deja de acariciarme.
Escribo sobre la luz del atardecer en Villa Urquiza, sobre los aeropuertos en la madrugada, sobre el vértigo de quien se va y la ternura de quien se queda, sobre el exilio que me dejó esa cicatriz visible, sobre las manos de mis abuelas cuando hacían café o enderezaban su silla de ruedas, sobre la textura de una piedra en la playa de la Barra da Lagoa, sobre la primera vez que escuché a Spinetta, sobre el susurro que nadie escucha ante de salir al aire, sobre el olor a tinta litográfica en las Oficinas del CIC.
Escribo sobre la tumba de Borges algo que nadie leerá, salvo que sueñe que vino a visitarla.
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