Parpadeos
Sólo hay tres clases de ciegos, ¿o tres no es el número
perfecto? Está ése al que no hay explosión ni asamblea
de luciérnagas que lo saquen de la sombra profunda.
Está el otro, el que aún ciego, conserva un esbozo de
penumbra y al resplandor de un fósforo queda de pronto
en éxtasis y bajo la luz furiosa del medio día cree que los
ojos le vuelven. Y finalmente está aquél, ése que palpa afanoso
los contornos y las grietas, los movimientos y temblores de los
breves mundos. Ese, el tercero, es el amante.
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(Fuente: Daniel Rafalovich)
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