martes, 12 de mayo de 2026

Fernando Kofman (Posadas, Misiones, 1947)

 

 

 

 

ACABO DE DEJAR ESE CEMENTERIO

 

Acabo de dejar ese
cementerio en Entre Ríos.
Lápidas centenarias, piedras
negras y grises, con nombres
judíos enfrentando el mediodía.
 
Me alejo de él. Camino hacia
un campo poblado de parvas
de heno. El sol las hace brillar.
Simulan pequeñas casas.
Pero cuanto más me aproximo
es sólo heno, hierbas,
que el viento, tal vez
hará rebotar en el camino rural.
 
No lejos de allí vive
mi pariente. Recluido
en una casa de madera.
Refugiado hace muchos años.
Resistiendo todo entorno social.
Con sus libros y su taller
de carpintería. Pulir sillas
o mesas, dice que le
encuentra sentido.
 
El cielo de pronto se
vuelve gris. Me apresuro
a entrar en la casa.
La lluvia comienza a caer.
*
 
 

EL HENO

 

Antes de viajar
a Entre Ríos,
quedó en mí una imagen
de la novela “La náusea”.
Allí la pequeña Lucienne
es violada y asesinada.
 
Un día antes, en un
periódico, comentaban
que un turista había
visto un cuerpo flotando
en Puerto Madero.
Nadie se inquietó
por el hallazgo.
 
Mientras veo a mi
pariente, reuniendo objetos
en su taller, asocio
estas muertes
con la docilidad de
las parvas. El heno
es como los cuerpos.
Vulnerable, frágil,
sometido a todo
tipo de caprichos.
*
 
 

CAMINOS RURALES

 

Estos caminos rurales,
poblados de guijarros,
sólo nos dejan inquietud.
Abundan ciertos pájaros,
abundan árboles retorcidos;
inesperadamente, aparece
una cafetera herrumbrada,
una foto vieja, color sepia,
cortada.
 
Mi pequeño portafolio
alberga una novela,
un periódico, tarjetas
con direcciones. Pero
estos caminos, cuando
uno los transita, dejan
una pregunta por el sentido.
Porque aquí no hay sentido.
Sólo suma de indicios
y objetos. Y algo que
alcanzo a entender
 
que se muestra satisfactorio:
el devenir, porque él sabe
que no tiene límites. 
***
 
La Carta de Oliver, 2025 
 
(Fuente: César Cantoni) 
 

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