Trilce XXIII
Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos
pura yema infantil innumerable, madre.
Oh tus cuatro gorgas, asombrosamente
mal plañidas, madre: tus mendigos.
Las dos hermanas últimas, Miguel que ha muerto
y yo arrastrando todavía
una trenza por cada letra del abecedario.
En la sala de arriba nos repartías
de mañana, de tarde, de dual estiba,
aquellas ricas hostias de tiempo, para
que ahora nos sobrasen
cáscaras de relojes en flexión de las 24
en punto parados.
Madre, y ahora! Ahora, en cuál alvéolo
quedaría, en qué retoño capilar,
cierta migaja que hoy se me ata al cuello
y no quiere pasar. Hoy que hasta
tus puros huesos estarán harina
que no habrá en qué amasar
¡tierna dulcera de amor,
hasta en la cruda sombra, hasta en el gran molar
cuya encía late en aquel lácteo hoyuelo
que inadvertido lábrase y pulula ¡tú lo viste tanto!
en las cerradas manos recién nacidas.
Tal la tierra oirá en tu silenciar,
cómo nos van cobrando todos
el alquiler del mundo donde nos dejas
y el valor de aquel pan inacabable.
Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros
pequeños entonces, como tú verías,
no se lo podíamos haber arrebatado
a nadie; cuando tú nos lo diste,
¿di, mamá?SEMANA CÉSAR VALLEJO POR EDUARDO MILÁN
Esta semana, El poema de hoy tiene un invitado de lujo: Eduardo Milán, con una selección de siete poemas y un ensayo propio en celebración del natalicio del peruano César Vallejo, uno de los más grandes e influyentes poetas del siglo XX en cualquier lengua.
Nacido en Rivera, Uruguay, en 1952, exiliado en México desde 1979, poeta, ensayista, crítico en las páginas de Vuelta y maestro de poetas en las aulas de la UNAM, Milán es una de las inteligencias más rigurosas y apasionadas que ha dado la poesía en castellano en las últimas décadas. Su obra logra lo que poquísimas: pensar con la exigencia del que sabe y desear con la urgencia del que duda.
Con ustedes, César Vallejo por Eduardo Milán.
No quiero aludir a Vallejo en calidad espectral, al sobrentendido llamado Vallejo. Quiero precisar dos de sus momentos: el de Trilce (1922) y el de Poemas humanos publicado póstumamente (1939, primera edición). El primer Vallejo, el de Trilce, es el más fácil de imaginar y el más difícil de digerir. Es posible verlo como lenguaje remontar el tiempo en busca del balanceado entre debes y haberes, entre la verificación de una necesaria poética del gasto, del despilfarro para ser más preciso, como la sugerida por Bataille y la conciencia de ese gasto, que si no está presente vuelve imposible toda referencia a una poética de la falta. Eso, que es una activación crítica de alto voltaje, es un arduo recorrido para una operación muy precisa: dar la infancia, que, una vez más, quiero significar en su etimología negativa y carente: in-fans= lo que no habla, no solamente porque es insuficiente, a los ojos de la dominante que resulta la producción de sentido, la constitución de la palabra en tanto significación en ese período vital tan decisivo. También, porque hay un veto de sentido que atraviesa el estado de esa palabra que, por insuficiente, perturba, trastorna, hace ruido, se vuelve intercambiable con lo vetado y proscrito del sentido: el loco, de modo que el loco tiene un hablar niño y el niño tiene un hablar loco. Lo que interesa a Vallejo en esos actos de lenguaje insuficiente, en ambos sentido faltado, es registrar el intento de constitución –fíjense las derivas que se proponen como escalas-de una imposibilidad: la imagen de la infancia. Una peculiar imagen de la infancia: no sólo la memoriosa que la imagen inventada presta a la escritura como visión; la lingüística también, la que se inventa en la aventura de “hablar de la infancia”, que representa, nada más ni nada menos, hablar de lo que no habla. De modo que la insuficiencia del lenguaje no sólo se muestra como lo que es poéticamente: una escritura multiplicada en sus sentidos pero tensa en su expresión, donde toda idea de construcción del poema queda fuera de planteo. Se muestra, también, en la imagen posible que el poema, en estas condiciones linguísticas de operación, puede realmente dar: la imagen de una infancia que tampoco alcanza como imagen. Por donde se la vea y se le acerque, la re-creación de la infancia vuelve a la infancia un estado –de memoria, de lenguaje- inalcanzable. Existe, en el caso de Vallejo, una vanguardia expresiva como puede haber esa vanguardia en cummings y luego, por resonancia y consecuencia ético-histórica, en Paul Celan. Es, por expresiva, la escritura de Trilce intensamente subjetiva, transgresora en su subjetividad de la idea misma de lenguaje de vanguardia, un lenguaje que tiende al “exterior” como diría Ernesto Cardenal, o a la muerte de la intimidad. Vallejo, hombre de la primera vanguardia, la vanguardia en fase negativa, es consciente de que lo detallado, lo minucioso, lo cotidiano e inútil para el dominio que resulta el mundo infantil –salvo en su reverso: como elementos frágiles que facilitan el dominio del mundo infantil- no interesa a la vanguardia que actúa siempre en situación polarizante, entre destrucción y construcción –o intento restitutivo, si es el caso del surrealismo. La infancia crea un borde extraño donde todo es arte y nada estética. Bien: este Vallejo no es el que deja legado en la poesía latinoamericana: es el de Poemas humanos. La crítica, en olvido de las funciones del lenguaje, asignó el rótulo de poesía “incomunicante” a Trilce, el mismo sanbenito colgado a la primera y segunda Residencias ( 1925-1935) de Neruda, las heridas de Neruda que cicatrizarán al calor épico-realista del Canto general. (1938-1949). Lo “comunicante” que resulta Poemas humanos coloca a Vallejo en el ámbito mundano: es posible la metáfora total, la revolución y la utopía. Es posible, por lo tanto, decirlo todo –o al menos intentarlo. Y esta salvedad viene al caso porque Vallejo, al contrario de Neruda, nunca ejerce el lenguaje poético como lo siempre posible y accesible: Vallejo, aun en su fase “comunicante”, lucha con el lenguaje y contra el lenguaje. Pese a la resistencia ante el lenguaje o a tomar el lenguaje como materia resistente, que resiste, Vallejo logra en Poemas humanos el “poema del mundo”: es raro, al menos en la poesía latinoamericana que conozco del siglo XX, localizar una poética donde el efecto de “mundo todo” esté tan presente. A este efecto no restrictivo lingüísticamente, en el cual está todo permitido desde el punto de vista del léxico y del concepto, se le llama, en el caso de Vallejo al menos, lo “comunicante”. Ahora se habla de lo que es, no de la ausencia que lo pone en duda. Revolución mediante y utopía por delante el mundo se ha vuelto apto para ser dicho. Es esta idea de poesía y mundo conjugados lo que se recibe como la real transmisión de Vallejo.
(Eduardo Milán)
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