sábado, 14 de marzo de 2026

Alfredo Zitarrosa (Montevideo, 1936 - 1989)

 

 

Puede ser una imagen en blanco y negro de una o varias personas 

 

 

Guitarra negra


¿Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra?

¿Cómo haré para que sientas mi torpe amor

Mis ganas de sonarte entera y mía?

¿Cómo se toca tu carne de aire, tu oloroso tacto

Tu corazón sin hambre, tu silencio en el puente

Tu cuerda quinta, tu bordón macho y oscuro

Tus parientes cantores

Tus tres almas, conversadoras como niñas?


Toca la guitarra negra, tócala

Tócala.


¿Cómo se puede amarte sin dolor, sin apuro, sin testigos

Sin manos que te ofendan?

¿Cómo traspasarte mis hombres y mujeres bien queridos, guitarra?

Mis amores ajenos, mi certeza de amarte como pocos

¿Cómo entregarte todos esos nombres y esa sangre

Sin inundar tu corazón de sombras, de temblores y muerte

De ceniza, de soledad y rabia, de silencio, de lágrimas idiotas?


Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa

Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido

Cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí

Cómo escribía cuando había verduleros que venían de las quintas

Cuando tenía dos novias, un lindo jopo

Dos pares de zapatos, cuando no había televisión

Ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador

Esa novela canallesca escrita por un loco.


Toca la guitarra negra, tócala

Tócala.


Hoy anduvo la muerte entre mis libros buscando mi pasado

Buscando los veranos del 40, los muchachitos bajo la manguera

Las siestas clandestinas, los plátanos del barrio, asesinados

Tallados en el alma.


Hoy anduvo la muerte revisando mi abono del tranvía

Mis amigos, sus nombres, las noches del Café Montevideo

Las encomiendas por la honda con olor a estofado

Revisando a mi padre, su Berreta, su Baldomir

Revisando a mi madre, su hemiplejia (toca la guitarra nega, tócala)

Al Uruguay batllista, a Arístides querido

A mis anarcos queridos (tócala)

Bajo bandera, bajo mortaja

Bajo vinos y versos interminables.


Hoy anduvo la muerte revisando los ruidos del teléfono

Distintos bajo los dedos índices, las fotos

El termómetro, los muertos y los vivos

Los pálidos fantasmas que me habitan

Sus pies y manos múltiples, sus ojos y sus dientes

Bajo sospecha de subversión.


Y no halló nada

No pudo hallar a Batlle, ni a mi padre, ni a mi madre

Ni a Marx, ni a Arístides, ni a Lenin

Ni al Príncipe Kropotkin, ni al Uruguay, ni a nadie

Ni a los muertos Fernández más recientes.


A mí tampoco me encontró.

Yo había tomado un ómnibus al cerro e iba sentado al lado de la vida

Pasé frente al nocturno y la vida había pintado unos carteles

Pregunté en una esquina por la hora

Y en la bolsa del hombre que me dijo la hora

Iba la vida, junto con su almuerzo.


Hoy dejaré las puertas y las ventanas de mi casa abiertas

Y la noche entrará por todas las ventanas de mi casa

Por todas las ventanas de todo el barrio

Por todas las ventanas de todos los cuarteles y de todas las cárceles

Por todas las ventanas de los hospitales, la noche entrará cabeceando

Saltará para adentro, sombra a sombra, a la luz del farol

Y se echará en el piso como un perro

Y aguardará hasta la madrugada

Hoy dejaré las puertas y las ventanas de mi casa abiertas

Para siempre.


Toca la guitarra negra, tócala

Tócala.


Mi corazón está mejor sitiado que mi casa

Mi casa, más cercada que mi barrio

Mi barrio, cercado por mi pueblo

En mi barrio vive el Presidente, cercado por un muro casi derrumbado.


Temblando, con el frontal partido por el marrón

Por el marronero, cae sobre sus costillas

Pesada como un mundo, la res

Cae con estrépito, de bruces sobre el cemento

Balando al descuajarse su osamenta

Ya solo un pobre costillar enorme

Ya solo un pobre cuero y sangre

Media tonelada de huesos astillados

Hincados en toda esa vida

Temblorosa y atónita.


Ahí se va alzando, como un pesado pingajo

Atrapada por la pata por un gancho que le salta arriba

Que la alza por un ojal abierto en el garrón de un cuchillazo

En plena estupidez sentimental

En plena media tonelada de monstruoso dolor

Incomprensible, absurdo

Balando, plañidera y tonta

Como un escarabajo que no piensa.


Mientras medita lentamente por qué duele tanto

Y por qué duele qué parte de quién, que es ella misma, la res (toca la guitarra nega, tócala)

Abierta al descuartizamiento atroz por todas partes (tócala)

Que nunca habían dolido y que eran tantas partes, tan extensas

Y que pastando nunca habían dolido

Haciendo leche, esperma, músculos, crin y cuero

Y cornamenta viva, que eran la vida misma manando hacia sus adentros

Vibrando tiernamente como un sol cálido hacia sus adentros

Y nunca habían dolido.


Ya está colgada

Las patas delanteras se enderezan

Se endurecen y avanzan hacia adelante y hacia arriba

Implorantes y fatalmente rígidas

Rematadas en cortas pezuñas que hace un instante

Amasaban el barro del corral

El estiércol de otros cien balidos

Dinosaurios del siglo de las máquinas

Nacidos para morir de un marronazo

Ahora ya es carne azul colgada en la heladera

"Uruguay for export".


Aquella res, que murió de un marronazo

Cayó y tembló todo el frigorífico

Aquella otra res, que recibió el marronazo en plena frente

De dos dedos de espesor, mientras entraba al tubo desconfiando

Porque allí no había pasto, alcanzó a comprender que

Había otra res delante, balando, que ya se la llevaba el gancho

Y cayó detrás también, y el cemento tembló bajo esos huesos.


Aquella otra res, que esquivó el marronazo

Y que cayó también, con un ojo reventado y una guampa partida

Deshecha, también cayó y tembló la tierra

Tembló el marrón, tembló el marronero, la res

Murió temblando de dolor y de miedo

De un marronazo en plena frente "for export"

Del Uruguay.


Toca la guitarra negra, tócala

Tócala.


En la punta del agua

Una flor blanca, luminosa, de quince dólares

Se hace chispa, se abulta, se diluye

Chorrea entre otras flores más pequeñas

Llora, se agita, la catapulta el chorro de agua

Y sube como bola en el aire

Está naciendo siempre, mientras el agua canta

En esa fuente de la boîte

Entre aplausitos, al compás de la orquesta

Blanda flor blanca, acuosa, nostalgiosa en el aire

Subida en los plausos como espitada, hendida, empitonada

Gime y llora en la noche, tira estrellas bailando bajo el humo

Renace, llora por el chorro azul-blanco de la fuente

Como si fuera planta que la cría -y que no es-.


Y sin embargo, así seguirá abriéndose, muriendo

Hinchándose y flotando, mientras dure en la noche

Su belleza infantil de ingeniería

Su blando corazón bajo el foquillo fijo y lechoso

El gringo, el chorro de agua a precio

El aire de importación, esas hembras, el mozo

Esos señores.


Hace un buen rato ya que doy trabajo

Y vengo acostumbrándome al desuso de mi alma

A la razón del enemigo, a mis sesenta cigarrillos diarios

A las malas costumbres de mis canciones

Que de algún modo siempre fueron nuestras

Vos lo sabés, guitarra negra.


Hoy reanudo en un cómico enderezo

La hora de ayer parada en su nostalgia

Me hacen sufrir las alas que me puse para volar

Mas grito y se alzan

Gimo y me acompañan

Río y baten de a dos

Como que están amándose y se odian

Sin embargo, mis dos alas, se odian

Se enderezan, se hacen amigas mías para llevarme por todas partes

Allá está la canción, aquí la nada

Más allá el pueblo y más acá el amor.


Pero el pueblo está también más acá (toca la guitarra negra, tócala, tócala)

Y antes estaba allá también

Detrás del pueblo el pueblo

Hemos viajado por todos mis caprichos

Y el pueblo osando el piso

Amándose con alas como las mías

Odiando su destino

Odiándome y amándome sin alas

Con millones de pies

Con manos y cabezas y lenguas

Y sus mil bocas dicen

"Ahora la suerte ya está echada".


La mariposa viene hacia mí en la calle

En el aire húmedo

Por el aire húmedo bailando, por el aire agobiante, ominoso

Bailando en el aire caliente

Y yo vi que no era a mí a quien buscaba sino a la muerte

Y que no buscaba la muerte también vi

Porque no era mariposa de la ciudad de hierro, ni nacida para eso

Sino que era mariposa nada más, en la ciudad

Presa y ya muerta de antemano, fatalmente (toca la guitarra negra, tócala)

Buscando en ese bailar loco y frágil

Un ala, un grano, una pizca de polen en el cemento (tócala).


Porque la mariposa nace

Y no aprende nada hasta que muere en cualquier sitio

Herida de muerte por su semana justa

Por su tiempo preciso

Por su sorbito de vida ya bebida

Eso no es tan triste

Triste es ver su cadena de huevos en el hollín

Depositados junto a un río de aceite

A la sombra de las altas paredes de cemento

Su cadena de huevos de seda.


Hago falta

Yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco

Si no estoy

Siento que hay un sitio para mí en la fila

Que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta

Que defraudo una espera.


Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero

El amor del que me aguarda lastimado

Falta mi cara en la gráfica del pueblo

Mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar

Mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo (toca la guitarra negra, tócala)

Los ojos míos en la contemplación del mañana (tócala)

Mis manos en la bandera

En el martillo, en la guitarra

Mi lengua en el idioma de todos

El gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos.


¿Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra?

Guitarra negra

Dice Enrique, mi hermano

Que hay cierto perro hundido que se lame mansamente y nos lame

Lamiéndose una herida quieta, allá al fondo, sentado en su escalón.


Y dice más mi hermano el otro Enrique, en Praga

Dice que amarte con certeza, hacerte enteramente hembra

Darte lo que de vida tengan mis urgencias

Será amar más y más a Jaime

Amarlo más de veras

Por su alma, su propio perro mordedor

Bajo el garrote, el cable, el puñetazo

La bolsa de arpillera

El plantón y el insulto.


La olvidada mejilla que no ponen ni él ni nadie a golpear

Sino con hambre y Rita y José Luis

Con Gerardo y Raúl y Rosa y Sara y Mauricio

Y por todos nuestros muertos.


Y he sabido, guitarra

Que este otro perro que criaste

Ladrador, campesino, a veces manso o vigilante

Que roe su propio hueso en la penumbra y gruñe

Cual casi todo perro popular, vagará por tus anchas veredas.


Tus milongas sangrantes

Hasta morir también

Tal vez un día

De soledad y rabia

De ternura

O de algún violento amor

De amor, sin duda.



(Fuente: PoesíaNo / poesíaon.wixsite.com)



 

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