Porque no somos jóvenes, las semanas tendrán que compensar
los años que no estuvimos juntas. Y sin embargo, sólo esta extraña torsión
del tiempo me muestra que no somos jóvenes.
¿Alguna vez caminé por las calles de la mañana a los veinte,
mis extremidades radiantes de una alegría más pura?
¿Me asomé por cualquier ventana de la ciudad
atenta al futuro como estoy atenta ahora
con los nervios sintonizados a tu sonido?
Y vos, vos venís hacia mí con el mismo tempo.
Tus ojos son interminables, el chispazo verde
del pasto de ojos celestes de principios de verano.
A los veinte, sí: creíamos que viviríamos para siempre.
A los cuarenta y cinco, quiero conocer incluso nuestros límites.
Te toco sabiendo que no nacimos mañana,
y que, de alguna manera, una va a ayudar a la otra a vivir,
y que en alguna parte, una tiene que ayudar a la otra a morir.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
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