El mundo
es,
por ahí,
una calle,
tanto por allá
tras los muros
y los miedos,
un asfalto maltrecho,
la ruta
moribunda,
la hondonadas
y los chañares parasitados,
las uvas de abril
que darán el vigor
de los vinos tardíos
de relámpagos acumulados,
más bien es
polvo
y cenizas,
a diestra y en manto
o bajo el alero;
el mundo que se ve
son esas enredaderas,
y la gente malhumorada
que sólo
clama
por una moneda
y una alcancía
que fuera de yeso
y almorranas,
un auto
y Punta Cana,
y hoy de nada.
El mundo
no es un espacio visible,
la mensura,
la distribución
de pobreza y ganancia,
la taxonómica
división del poder
para que rinda el fruto
y el ámbar,
las ilusiones
del hialurónico
o el macaneo
del cannabis
y las gotitas energéticas,
el mundo
muere con el caballo
de cascos partidos
y los azotes
que darán fin
al infierno
que no soñó
cuando de potrillo lo caparon
con un cepo metálico
y una brasa
en el escroto sangrante.
No es
el de aguas que lavan
y milagrean,
no de parlamentos y tiranos,
no es del libro
y las leyes,
de la flecha
o los drones,
sino de barro podrido
y rostros de odio,
ceguera
y afanes multiplicados
para la conquista,
el desguace,
la robotización
de los bosques,
los territorios pugnados,
la voluntades,
y el susurro seco
que nace del páncreas
y sube
tanto pétalo de carbón
como cuarto
de loco
y humo rosa.
- Inédito -
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