PELAR
Un bañista se quedó dormido, boca abajo, seco,
soportando el cielo con su espalda.
guijarros, huevos de aves desconocidas,
se abren en las fosas nasales y susurran salvajemente;
estirada entre el marco de los huesos como una tienda de campaña,
ofrecía la piel al sol del mediodía.
así ese mantel, las tejas sobre las costillas,
pronto se tiñe de rojo.
tendido entre las carne y el sol-mazo,
por él corretean torrentes de minúscula caspa.
del tejido muerto la paliza del viento provoca el derrumbe,
ya dispuesta, la avalancha dorsal comienza en silencio.
el bañista lleva horas despierto. siente sobre él la enorme
presión de la luz, el peso de la sombra, mas permanece atrincherado.
el tueste de repente se vuelve insoportable. las ampollas levantan la piel
y ya desprende calor por sí mismo:
la traición del sol es evidente, y caliente como una estufa
tiene que estar un hombre
para poder derretir todo ese mundo alrededor.
(Fuente: La parada poética)
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