
XVIII.
Digo sobre lo que nada se debe decir.
Digo que el buey muestra sus babas.
Digo: en lugar de hilar lana mamá
la desgarraba.
De un modo extraño levantaba
un dedo de la 'guja
y la'guja se clavaba en la madeja
y la madeja llanteaba
bebía l'agua lentamente papá
echando la cabeza hacia atrás
haciendo gárgaras
vedijas de lana hacía mamá
del hijo y él era una mata
de pelo ensortijado.
todas las piedras
todas las plantas
todos los árboles
la pululante inmensidad
del universo contemplábamos.
Retrato de mamá y papá en Punta Lara
en el río besados por palabras que salían
de sus labios violáceos sin tocar el velo sutil
que separaba a los amantes de la nada.
Era como un velo fino o una telaraña
por toda la piel y ocultaba unas glándulas
diminutas debajo de los párpados
agitadas por los latidos de tres corazones
atados con alambre. Había olor a hombre,
a cigarrillos Clifton negros sin filtro.
XIX.
Papá Rilke. Ojos inmensos, negros, hasta
su última mirada fijos en mí. Llevaba
en esos ojos el gen de la muerte.
Enfermedad de Huntington. Demencia
senil temprana. Separaba las palabras
de las cosas. Mezclaba los tormentos
con ideas cercanas a la paternidad espiritual.
Papá Rilke, él decía. No no no. O sí sí sí…
según quién le respondía, yo o mamá.
Y se quedaba dormido. Algo de otro
mundo Punta Lara: papá como dormido
sobre un lecho de hojas junto al río. Mamá
vestida a lo árabe con una túnica blanca
lo velaba. Mi epitafio: Juan Tango, papá,
no Rilke. Se durmieron las rimas que tus versos
inventaron. La Tierra destrozada se quedó
sin ese fruto que temblaba en los bordes
de un río cruelmente azulado con metáforas.
Sálvese quien pueda.
De Lunático senrimental
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