Para comer solo
todos los días
hay que usar
una máscara de perro.
Coro: Se aflige el que come,
qué dolor
recuerda del que no come.
Para quedarse esperando a los hijos
un domingo de lluvia
hay que usar
la máscara del asno.
Coro: Tristeza del que ha aprendido el fuego
y no se moja.
Afuera pasan sombras vestidas con harapos,
niñitos que llueven.
Para esta hora preñada de llamadas telefónicas
sin saber
por qué su teléfono
no contesta,
hay que ponerse
la máscara de los peces.
Coro: Angustia de los mortales solos, que extrañan la hembra, el macho, los animales que los protegen con su sexo.
Para leer poemas de Cummings cuando la casa flota
sobre tu corazón,
tal cual los zapatos ensucian
las sábanas
recién destendidas,
hay que ponerse
la máscara de las hienas.
Coro: ¡Oh! Pobre de aquel que llora por su ingravidez,
hay ángeles sin comida y sin cama esta noche,
ángeles dormidos a orilla de andenes y cementerios.
Para dejar que el sol
seque la paleta
con la que pintamos
ese cuadro de la mujer
en tetas y saliva espumosa del diablo de la abstinencia,
hay que ponerse
la máscara del toro.
Coro: Ellas son violadas y exterminadas fuera de los cuadros;
hay artistas que golpean y matan y vuelven a pintar o escribir y son aplaudidos.
Para cantar esta canción de moda entre los jóvenes pasados,
todos muertos ya
y enloquecidamente olvidados
en una guerra azul,
hay que ponerse
la máscara de pájaros.
Coro: ¡Oh! Cantemos también nosotros la dulce ironía de un hombre que encuentra su soledad
y la deja morir,
y él muere con ella,
se va extinguiendo,
gracias a Dios
y a las normas de público conocimiento.
(Fuente: losojosdelsurpoesía)
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