LO ÚNICO EN QUE CREO
Dicen que el acto
más grande de desprendimiento
que puede tener un pájaro
con su cría recién nacida
es tenerla en la boca para darle calor y no ceder
a la tentación de comérsela. Yo,
que fui devorada, estoy acá
y te lo cuento. Me devoró
quien tenía que cuidarme y aun
después de muerto debe
seguir digiriendo lo que hizo,
como una piedra en el esqueleto,
ahí donde llevaba el vientre
lleno. Me fugué. Si es posible
salir del interior de una ballena
o escribir una historia acerca
de alguien que es capaz de hacerlo, cómo
no va a ser posible salir del vientre
del padre y escribírtelo
para que lo sepas, para que no temas
si es que te sucede. Hay pájaros rapaces así
por todos lados, padres
tragándose la cría de un solo,
limpio bocado, no por descuido,
sino porque el amor
es monstruoso a veces:
el amor a otro cuando no puede
ser más
que amor a sí mismo. Por mi parte, elijo
que no haya hija de la hija que soy,
escapada del hambre de alguien así, de alguien
que no pudo contenerse, elijo
no perpetuar la especie,
cerrar la boca, no habrá hija de la hija
o habrá hijas que no
vendrán de mi cuerpo: langostas, perras,
luciérnagas, bacterias. Estarán en todos lados,
nos veremos un segundo y nadie
saldrá herido del encuentro. Que fácil, me dirás,
no tener que cuidar de otra vida que la tuya,
qué difícil, te diré, echar abajo el muro
y pasar al otro lado, donde no puedas
hacer esa clase de daño. ¿Creés
en eso? ¿Creés en la bondad? Yo conocí
las formas más retorcidas
de lo cruel y la bondad se ha vuelto
lo único en que creo.
La bondad es activa a veces,
otras veces la bondad es abstenerse.
Yo me abstengo y pido, como si fuera un rezo
pero es un exorcismo,
que quien tenga en la boca una vida
no cierre alrededor de ella
los dientes. Que si lo hace,
ese cuerpo destrozado sobreviva y se rehaga
miembro a miembro y sobre todo,
que cuando crezca no crea en la venganza,
ese modo desesperado, voraz,
de comerse a sí mismo
de nuevo.
(Fuente: Silvina Felice)
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