jueves, 19 de marzo de 2026

José Kozer (La Habana, Cuba, 1940. Radicado en EE.UU. desde 1960)

 

 

 

 

 

REINO

 

La ducha, la furia de las aguas, el jabón de tocador, las mismas
Furias con sus caretas negras,
el ojo resplandeciente de buey
tumultuoso de las aguas, los
ojos rasgados de un gris
inalterable de las Furias, y
tener que pasarme todo el día
sentado en un sillón, pámpanos
y calas, una hormiga rubia se
desenreda en los pámpanos, el
colibrí se queda mirando (atónito)
la jalde frigidez que su mirada
asalta en las calas, calas y
pámpanos de la tela que reviste
hace dos décadas la butaca donde
paso el día sentado entre unos
libros titubeando, me dejo llevar
de una vez por todas al diablo
por la somnolencia, pido un
café cargado para seguir leyendo
a Martín Adán, a Balzac, sobre
Zukofsky, madre que me parió,
cuánto libro quedará sin leer
aquí en casa. Y el poeta peruano
del bello apellido (Víctor) Coral
(vc, marca registrada) que me
escribe los otros días para
decirme que me considera un
asceta de la escritura (volontiers)
eso me marca, ahora sí que sí,
ni modo, me he de volver un
asceta (no se puede quedar mal
con los amigos): me quedan unos
años para arribar a la otra orilla
donde se juntan a diario, sotto
voce, los tremendos Berryman,
Duncan, Olson, Creeley, el
antisemita de Spicer, et. al.,
anacoretas que no anacoberos
de la escritura. Leo a uno, paso
a otro, soy el jetudo que a salto
de mata se inmiscuye colándose
en un velorio donde no lo han
llamado ni le darán vela: oigo,
remedo, apenas presto atención
(yo tengo velocidad) y sin
embargo, anoto (copio) rebobino,
bovino de unas letras ajenas que
reconvierto a mi manera, en el
fondo sé que estoy también
matando la madeja (suelta) del
tiempo: escribo, y me deshilacho.
Son historias de espanto
(alcoholismo, narcomanía,
pobreza, verse pisoteado por los
carreristas de la poesía, cuántos
nombres desaparecerán, llenaríamos
cuadernos de incontables páginas
con sus nombres, nos saltan a la
torera para luego la hist. de la lit.
acogernos con bombos y platillos,
su madre): y todo por dejar un par
de grumos (sueltos) cochina histeria
de unos gruñidos, mejor o peor
atados. ¿Habráse visto? ¿A qué?
Y no poder vivir, no haber vivido
con otro destino, ¿qué me pasó?
¿En qué berenjenal de ascuas
fulgurantes me metí? Sácame,
madre, de estas trastiendas, estos
patios interiores dentro de patios
concéntricos interiores, el vestigio
y la letra cuarteados de unos tanteos
en rededor de un núcleo hueco. Ser
a última hora de feliz naturaleza.
Adagio entre las inconmensurables
pitanzas de la escrita letra. Amor,
una canción, sí cómo no, y un jamón.
Sácame, sácame en andas, a tientas,
bien tapado, a como sea, y vea yo la
luz del día que se avecina, de dril
cien trajeado, cuello y corbata ancha,
nudo doble: gozón de pueblo rural
bailando fino con gozona maja y
vistosa un recio danzón que nos
lleve (sombras) de la mano a un
patio interior, donde en silla de
guano o de hierro blanco forjado
(al rojo vivo) hagamos impertérritos
la jugada (jugarreta que intentamos
hacerle a la Muerte) del acoplamiento,
rígido (yo) (tú) undosa.
 

 

(Fuente: Lab De Poesía) 

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