Tratar todo el tiempo de levantar vuelo
Un chico de Brooklyn salía a pasear en auto las noches de verano.
Cuando llegaba a 100 kilómetros por hora sacaba la mano por la ventanilla,
ahuecándola contra el viento. Le habían asegurado que eso
era exactamente lo que se sentía al rodear con la mano el pecho
de una mujer y presionarlo con suavidad. Ahora ya sabía,
y le encantaba. Noche trás noche, una y otra vez, hasta
que llegaba el frío y tenía que levantar la ventanilla.
Después, por muchos años, se le dio por tratar todo el tiempo
de levantar vuelo. Una noche de invierno, con un pecho de su mujer
en la mano, cerró los ojos y le vinieron ganas de llorar.
La amaba, pero ahora se imaginaba el viento.
Con los años, se encariñó con la palabra “etcétera” y se negaba
a abreviarla. Le encantaba la manteca blanca dulce. Con frecuencia
hacía de cuenta que tocaba el órgano. Una de sus últimas mañanas,
vio la forma de su cara en el molde de la almohada.
La sacudió, pero al día siguiente apareció de nuevo.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
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