lunes, 11 de marzo de 2024

Cristina Rivera Garza (Tamaulipas, México, 1964)

 

De oficio epigrafista

Pocas cosas menos inocentes en el mundo que colocar la escritura de otro al inicio de un texto. Por obra y gracia del epígrafe, el texto, que solo aparentemente nomológico, se manifiesta en su plena realidad de dialogo o de griterío. A través del epígrafe el autor acepta, ya consciente o ya inconscientemente, que el texto, en sentido estricto, le pertenece a otro. Extremista siempre, el epígrafe cuestiona la mismísima necesidad del texto. Para el epigrafista radical, de hecho, el texto no es más que un mero apéndice, una excrecencia opcional. 

Sospecho que los epigrafistas son transcriptores de corto aliento o plagiarios sin ambición o caníbales gramaticales. El verdadero epigrafista, en todo caso, sabe de la devoción —esa cosa con dientes, esa máquina con filo. 

Un epígrafe es una cita (en los dos sentidos más literales del término).

 

 

 

Desmaterialización

Quien escribe, por definición, no está.

Quien escribe, de hecho, no quiere estar.

Un súbito deseo de desmaterialización: escribir. Un deseo cumplido.

Palabras como parapetos. La materialización del en-lugar-de.

Quien escribe construye esquinas por las que alguien que está a punto de ser y de no ser da la vuelta. El ruido de los pasos. El fulgor de los talones.

Quien escribe viva tras la niebla.

 

 

 

Los lutos del yo

Todo escrito personal —el diario, la bitácora, la autobiografía— no es más que un prolongado luto por esa versión del yo que, una vez escrita, yace sin vida dentro del alfabeto.

La confesión que se quiere íntima y viva (viva en su propia intimidad) deja de serlo en el momento en que toca el lenguaje, el más social de nuestros lugares de encuentro: de ahí el duelo.

El yo escrito es un réquiem.

Mi blogspot es, en realidad, mi funeral.

 

 

Lutos del tu

Al leer los escritos donde yace difunto el yo, tu mueres la muerte del yo ajeno y la muerte del yo propio. Tú mueres por partida doble.

El tu es un espejo donde se refleja las exequias del yo.

Todo acto de lectura del yo es una transacción necrofilica.

 

 

 

Mascara perfecta

Cuando el párrafo es párrafo, en realidad es verso.

 

 

 

Escribir

Hay lugares a los que es necesario ir sola.

Todo estorba en el camino —las uvas, el afecto, el subjuntivo, la lluvia, la conversación, el yo, el silencio, inclusive los libros.

Uno nunca sabe cuándo exactamente se inicia el trayecto o hacia donde se dirigirá. Uno solo sabe a dónde iba en el momento de llegar.

Luego es cuestión de estar.

Luego es cuestiona de estar, inclusive y fundamentalmente sin uno mismo.

Y, de regreso, son siempre validas aquellas palabras de Leonard Cohen: you go for nothing, if you want to go that for.

 

 

Los libros, inverosímiles

El aspecto más interesante de un libro siempre será su inverosimilitud.

En el momento en que no puedo creer en el libro, es decir, cuando el libro no es ya una copia o una representación de lo real, cuando el libro no pretende atrapar la realidad sino escaparse de ella, en ese momento el libro se vuelve libro/ y entonces, en tanto libro, lo leo no para creerle sino para que me haga des-creer.

El libro inverosímil trasgrede preceptos de inteligibilidad ajenos a si mismo o impuestos por un principio de realidad que es a la vez autoritario y temeroso. El libro inverosímil es, por eso y a menudo, ininteligible. Y lo es no por un afán principista de oscuridad ni por uno no tan secreto elitismo tardío, sino por la lúdica distracción o la rigurosa irreverencia que lo llevan a producir cosas increíbles.

El libro inverosímil provoca un ah de desconcierto que en mucho se parece al ah del placer.

El libro inverosímil real-iza lo que hasta ese momento era considerado como irreal. En este sentido, el libro inverosímil expande el sitio de lo posible y el horizonte de lo probable.

Porque me hace cuestionar no solo lo que veo lo que oigo sino también lo que me permito ver y oír, el libro inverosímil es profundamente filosófico.

Mal comportado e irrespetuoso, a menudo desaliñado, siempre con el gesto adusto o ligeramente burlón del descreído, el libro inverosímil es un invitado incómodo.

El libro inverosímil es un verdadero pleonasmo.

 

(Fuente: Letras y armas en línea.uanl.mx)

 

 

 

 

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