sábado, 5 de diciembre de 2020

Hermann Broch (Austria, 1886 - EEUU, 1951)

 

 

ROSTRO DE LO COTIDIANO

 

Lo cotidiano ha golpeado su rostro
Y ha desencajado sus muecas como las de una máscara
Y ojo y boca y frente están ocultos en la nada,
Dolorosamente escondidos, pero descubiertos sin pudor...

¿Qué era tan sólo ayer? ¡Ay, ninguna mañana despierta
Un hoy que se ha hundido en el lodo inerte
–La esperanza de pasar de pequeñas penas a pequeñas
alegrías­­–,
Animal sin tiempo que no deja de morir creciendo!

Tú, entrada de alimentos para el vientre cotidiano,
Peinado rostro humano, frente y ojo y boca,
Tú sufres, sin embargo, y tu mirada está herida

Y llevas en el dolor el aliento del espíritu
Y tus rasgos, que en el dolor se deshacen,
Pueden ver una sonrisa en la obra del creador.

(1919)

 

 

LA BAILARINA

 

La muerte es para ti todavía un mundo de silencio;
el ser, algo aún completamente real,
en él habitan para ti el placer, la angustia,
de él emerge tu pobre vida;

y el sonido de tu vida esparcido por el viento
da con esta persona y con aquella, que se postran ante ti,
oh sombra extraña que simplemente te atestigua
como alguien solitario, un punto limitado en el universo

y aunque el más libre gesto se resuelva a tu favor,
aunque tenses el mundo en un grand écart,
permaneces en él siempre en la tierra:

hasta que un sentimiento se engendre con fuerza en ti
y, consciente, proscriba intemporal el gesto
y te englobe en el universo y al universo en ti.

(1922)

 

 

 

EN EL ROSTRO ARDIENTE DE LA TIERRA...

 

En el rostro ardiente de la tierra
Nunca sentí tu terrible aliento,
Dios al que no conozco.
Me asaltas por la espalda,
Estrangulador al que no conozco,
Y la misericordia de tu sonrisa
Es un golpe
En mi nuca.

(1933)

 

 

 

EN LA LUZ DORADA, LAS COLINAS...

 

En la luz dorada, las colinas, y
reluciente, abierto
beso de la tierra,
la tumba.
Si los labios se abren
al aliento terrestre,
alcanzando el cielo
y la nube que se oculta,
¿cuándo reposarás
en el tálamo de la tarde?
Oh, rostro humano
que te hundes en la abierta profundidad,
que te hundes en el sonido de tu ser,
tu ojo irradia hacia el cielo,
lo arrastra hacia abajo
a tu noche amorosa
mientras el mundo fluye.

(1934)

 

 

Trad. Montserrat Armas y Rafael-José Díaz



(Fuente: Fronterad revista digital)

 

 

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