miércoles, 7 de octubre de 2020

Mary Oliver (EEUU, 1935 - 2019)

 

 

Poema

 

Al espíritu

le gusta vestirse así:

primero las manos

después los pies

 

los hombros y todo el resto

de noche

en las ramas oscuras

o a la mañana

 

en las ramas azuladas

del mundo.

Podría flotar, por supuesto,

pero prefiere

 

explorar lo áspero de la materia.

Etéreo y sin forma

necesita

de la metáfora del cuerpo

 

limón y apetito,

fluidos del océano;

necesita del mundo, del cuerpo

imaginación

 

instinto

y el oscuro abrazo del tiempo

dulzura

y ser tangible

 

para ser entendido

para ser más que pura luz

que arde

en el vacío —

 

y entonces entra en nosotros —

a la mañana, brilla

brutal y satisfecho

como un relámpago;

 

y por la noche

enciende los antiguos, dorados

secretos del cuerpo

como una estrella.

 

 

 

La tortuga

 

Irrumpe desde la textura

azul oscura del agua, arrastra

su caparazón, su escudo, su moho

entre la orilla y los juncos

marismas y más allá

hasta la arena amarilla

para cavar con su pata torpe

un nido, y acurrucarse

esparcir sus huevos blancos

en la oscuridad, y pensás

 

en su paciencia, su fortaleza

su voluntad para realizar

aquello para lo que nació —

y te das cuenta de algo más —

ella no está pensando en

aquello para lo que nació.

Solamente está colmada

de un antiguo y ciego deseo.

No es suyo siquiera pero llegó hasta ella

con la lluvia o el viento suave

como un umbral a través del cual

su vida pudo seguir adelante.

 

Ella no puede verse

distinta del mundo

o el mundo no es más que

lo que ella hace cada primavera.

Arrastrándose, hasta lo alto de la colina,

luminosa bajo la arena que ha cubierto su piel,

no sueña,

sabe que es

 

parte de la laguna en donde vive

y los árboles son sus hijos

y los pájaros que nadan arriba suyo

están atados a ella por una cuerda

imposible de romper.

 

 

 

En el mar

 

La bruma

nos demora

en una lenta, gris

y rosada

 

confusión; todo

lo que conocemos —

el horizonte

por ejemplo

 

y el lejano

hilo de tierra —

se ha desvanecido

el bote

 

planea sin sonido

sobre un océano de vidrio

ondulado y luminoso

y hay nubes

 

en el cielo, dondequiera

que eso sea, y nubes

en el agua

y tal vez

 

ya hemos entrado al reino

de los cielos, el bote alegre

deslizándose

como una abeja

 

por la garganta de una enorme

y húmeda flor.

Algunos pájaros

serpentinas de seda blanca

 

se acercan a nosotras, llorando.

Ah, sí

qué fácil

qué familiar

 

parece ahora

ese perdurable

adorable vaivén

de sus alas.

 

  

En Dream work  (1986)

 

Trad.  Natalia Leiderman y Patricio Foglia


(Fuente: Espacio Murena)

 

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