jueves, 8 de octubre de 2020

Louise Glück (N. York, EEUU, 1943)

 

 

CELINDA

 

No es la luna, te aseguro.

Son esas flores

que encienden el patio.

Las odio.

Las odio como odio el sexo,

la boca del hombre

sellando mi boca,

el cuerpo paralizante del hombre,

y el grito que siempre se escapa,

la sorda y humillante

promesa de unión.

Esta noche en mi mente

oigo la pregunta y subsiguiente respuesta

fundida en un sonido

que crece y crece

hasta que se rompe en las viejas identidades,

los cansados antagonismos. ¿Lo ves?

Hemos hecho el ridículo.

Y el olor de la celinda

se cuela por la ventana.

¿Cómo puedo descansar?

¿Cómo puedo ser feliz

cuando aún existe

ese aroma en el mundo?

 

***

 

LEY NO ESCRITA

 

Interesante cómo nos enamoramos:

en mi caso por completo, del todo,

y, oh, a menudo,

así fue en mi juventud.

Y siempre de hombres aniñados,

amorfos, sombríos, que daban tímidas patadas

a las hojas muertas:

como Balanchine.

Ni siquiera los veía como distintas versiones de lo mismo.

Yo, con mi inflexible platonismo,

con mi empeño en ver las cosas una a una,

me alcé contra el artículo indefinido.

Y así, los errores de mi juventud

me hundieron en la desesperanza,

porque se repetían,

como suele ocurrir.

Pero en ti percibí algo ajeno al arquetipo,

una verdadera expansión, un optimismo

y un amor a lo terrenal

que no conocía mi carácter. Con orgullo

bendije la buena suerte de tenerte.

La bendije por completo, al igual que aquellos años.

Y tú, a sabiendas y con crueldad

me enseñaste poco a poco el sinsentido

de esa palabra.

 

***

 

EL JARDÍN

 

No puedo hacerlo nuevamente,

difícilmente soportaría verlo;

 

bajo la tenue lluvia del jardín

la joven pareja siembra

un surco de guisantes, como si

nadie lo hubiese hecho nunca:

los grandes problemas todavía

no han sido enfrentados ni resueltos.

 

Ellos no pueden verse

en el polvo fresco aún, empezar

sin ninguna perspectiva,

con las colinas al fondo, verdes y pálidas,

nubladas de flores.

 

Ella desea detenerse;

él desea llegar hasta el fin,

permanecer en las cosas.

 

Mírala a ella tocar su mejilla,

pedirle una tregua, los dedos

ateridos por la lluvia primaveral;

en el pasto tierno estrellan rojos azafranes.

 

Aun aquí, aun en los comienzos del amor,

su mano al abandonar la cara

da una impresión de despedida,

 

y ellos se creen

capaces de ignorar

esta tristeza.

 

*** 

 

 

(Fuente: La parada poética)

 

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