viernes, 2 de octubre de 2020

Eduardo Espina (Montevideo, Uruguay, 1954)

 

 

Encontrado entre los apuntes

 

(La tristeza da ganas de no hacer nada, y entonces alguien escribe)

 

“Apetece un no sé qué que se halla por ventura”

–le pertenece a San Juan de la Cruz,

y hay quienes lo han aprendido de memoria–

“Un promedio de por medio”, “Una causa que no

se anima a dejarle el desconocimiento a otros”,

o, la próxima vez que vaya a verlos, llevaré

“Una flor, para que no todo sea lo mismo”.

(Por no haber autoría o recuerdo alguno de alguien

antes de mí, esto debo de haberlo escrito yo, como

también la antepenúltima vocal de la palabra nada.)

 

Caía la noche para ser echada de menos”.

(Primer verso del poema “Narciso en pose de idilio”

perteneciente al libro La caza nupcial, 1992, en cuya

portada aparece mi nombre.

Por lo tanto)

 

 

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La música que dejamos entrar hace un rato

(Bienvenidos al país de los factores)

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Por ser mañana luego, el azar se sentía locatario.

En las restantes estaciones, imagina los confines

hasta encontrar una vida posterior, tal cual sigue.

Su tono pasó dejándole a los ojos un sentimiento,

preguntas que para los petirrojos serían cosa seria.

¿Fue el alma fiel a la fe al quedar lejos de aquello

llamado a nacer en el país de las yapas paternas a

cuya orilla las noches traían a los recién llegados?

Siglos, semanas bajando de los barcos por quedar

a merced de una quimera convertida en querencia.

De aquella era el atardecer no dejó de lado ningún

resto afín, ni hasta ninguna manera de responder a

la historia por no tener que recordarla de memoria.

Nadie por seguro, sabe cómo habrá sido la primera

mirada al pisar la escollera, el rumor en tránsito del

segundo dialecto al querer entenderlo, todo eso que

hace por inseparable a la información de la persona

acercándose cansada a tanta invisibilidad disponible.

Con la muerte de Papá, de Mamá, que fue la misma

hasta que se dieron cuenta, algunas voces volvieron

al mundo a planear muy pronto el regreso al idioma.

En esa borrosa superficie por no saber ser nativa de

otra manera, la verdad cambiaba a cada rato de tren.

En alguna estación que ha de haber estado, según el

nacimiento del ánimo anunciara la luz de hace días,

las cosas supieron perdonar para agregar un detalle

cada vez menos social a las situaciones, al plan sin

pasado por delante que debió alguna vez tener días,

años y lunes a los cuales se acercaba un significado.

Donde la memoria habla, creí haber escuchado que

las cosas en tanto sean sienten al tiempo en la sien,

que la belleza pasa por la gramática, por las dudas.

Todo eso que podría ceder a solas un viajero de acá.

El tiempo de quienes salieron para llegar acercó a la

parentela que por algo agradeció demasiado pronto.

Creímos haber oído in medias res, conocer a quienes

comprendieron alguna vez el miedo a las respuestas,

aunque algo pasó antes de poder creer para siempre.

En un cuadro de M. C. Escher, una mano reemplaza

a la otra, dándole un porvenir a las huellas digitales.

Las manos, con las que el mundo golpea a la puerta.

Mi tatarabuelo las usó en un sembradío, uno de mis

bisabuelos, el que se llamó como yo, Eduardo, hizo

brioches en una confitería, en la cual trabajó hasta

comprarse, meses antes de morir, un tambo, chico.

Un tambo diminuto, donde el eco tuvo voz propia.

También allí las manos entre las vacas y mi abuelo,

de día, gran chalán de ticholos, de noche guitarrero

en algún arrabal del cual lo más seguro es que nadie

sabe qué palabra para hablar los esperó en el puerto.

La descendencia bajó de los barcos lentos para decir.

Tuvimos, fue una suerte, creo oír su nómada modo al

decirlo, la época ideal pero faltó saber cuándo y qué

adverbio darle a cuantos recorrieron el lar a lo largo

de las índoles, con el pampero regio como heredero.

La ignorancia del instinto los dejó donde la vida da

la vuelta y adivina quiénes más irán al río con ellos.

Vinieron de Italia, de España, algunos, hasta que el

verbo venir se convirtió en ‘recién acaban de llegar’.

Esa tarde de ayer, el subjuntivo incluyó al vosotros.

Quisiera regresar al sortilegio elegido por el olvido,

conocer antes de que la mala memoria vea una parte

de los sentimientos agregados a la historia actual, al

mecanismo nacido como soluciones sin importancia

mientras sigan existiendo horas debidas a las demás.

El juego imprevisto que de pronto tan lejos los trajo a

la respiración del Sur siente un silencio como de cielo

absuelto por el esplendor antes de sacarse los zapatos.

Por ellos llego a decir y sin dejarlo para luego lo hago.

Devuelvo a los ojos las imágenes de un país en medio,

imagino el rostro del primero al pisar la patria, la cara

entrando al desconocimiento que rápido los manda de

regreso a donde la nada y no saberlo, son ya lo mismo.

 

 

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Del libro inédito: Todo lo que ha sido para siempre una sola vez. Poemas a la muerte del padre y de la madre.

 

 

 

(Fuente: Círculo de poesía)

 

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