AGONÍA DE LA REINA
Darte la vida en estallidos de la carne y perderme en ello
Fue la máxima consigna que coronó el universo en mis cabellos.
Cruce del cielo y del infierno mi vestido de flores
Me di en las cascadas de tu aliento
En la luz derramada por los vasos de tu día
En la efervescencia y la pólvora
Con el dolor surcando los contornos de este tiempo
Limpié lágrimas y escombros después de las conflagraciones
Con una caravana de fantasmas cruzándome la calma
Sembré las flores arrancadas de mi risa
Y te puse con ellas un jardín en el pecho.
Era un levitar de aromas en mis senos
Una comparsa de libélulas cantándome en el vientre
Un olor de mangos en las manos esparcido
Era mi cuerpo el lecho de tu río
La caverna oscura en la que para tu calor
Hube de inventar el fuego.
Multipliqué los panes para tu hambre de niño
Y se fue deshojando el árbol que cuidé para ti
Contra el frío de todos los inviernos
En ramas desnudas bajo un cielo de plomo
Vi tornarse mis brazos extendidos.
Cuando un pedazo de sol agonizaba en mi ventana
Y tus ojos miraban caer meteoros de cruda lejanía
Yo contaba los hijos que perdí en guerras sin nombre
Los animales enjaulados en mi boca
Y los días vagabundos
Con el musgo entre mis piernas que no tuvo sello
Barcos fantasmas vi partir desde mi cuerpo
Mordí la ácida fruta de los nocturnos desamparos
Y las horas incrustaron alfileres de veneno
En mi carne fugitiva.
Despierta y extendida como una oscura estepa
Depositó la noche sus misterios
En la enormidad de mis amplias orfandades
Los guardé para ti en el cofre de mis dedos
Los secretos de las piedras me fueron revelados
La savia de los troncos me entregaron sus milagros
Para curarte al retorno de tus vuelos a la furia
Desflecado el estandarte
Con que alzaste hasta lo alto tus deseos.
De esperarte se gastaron mis sentidos
Llovió edad sobre mi pelo y la mirada,
se me llenó de humo
Dejaron de saltar los arlequines de mis manos
Aprendí a no pestañear en los eclipses
De mi falta se marchó el olor de crisantemos
Y el carrusel de mi risa se convirtió en silencio
Rota la cabalgadura que cargó mis esperanzas
Prófuga gris en su evasión perfecta
En su tristeza yace como tenía que ser
En un ovillo de huesos sin sustento
Sobre una mezcolanza de plomo y de ceniza.
(Fuente: La parada poética)
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