Raras las ocasiones,
y por ello frecuentes,
en que el cielo se descuelga
sobre las arrugas de Saturno
y le otorga esa mordida primicia.
Mirlo blanco
o esquema platónico,
vueltas no ceñidas.
Y Mercurio,
condenado al fuego
y el polvo del olvido
se tiende ávido
a un inventario de metales
y gases que le son propios
y que son propicios a la locura
de las armas
y los sueños deshojados.
Mi vieja
nada sabía de eso,
tampoco barruntaba
un fin de la guerra
o toda esa pasta,
esa excrementicia
rosca que es la política,
tan perdida en las nubes
y el oro que rellena los bolsillos
de sus mentores,
como presente en la olla
que ponía en la cocina
con más llamitas que papas
y tocino.
Y bordeando
las heridas,
de a gajos y esponjas,
arrastrándose entre martillos
y nazis,
caminaba con la María de los Bertlot
y la Rina de los Barbotto,
hasta Savona.
El mar la sumía.
Olas por ahí ,
y aquéllas,
degolladas,
alas tendidas a la daga,
y por ahí amarillas y salvajes,
vivas, temidas y santas.
Y en su ironía mediterránea,
el agua,
en sus reflejos,
como una secta que identifica
sólo a sus secretos miembros,
tintineaba
la ausencia de mi viejo,
como arma y letra,
fantasma o albedrío,
quizá en algún frente de batalla,
quizá desertor o quemado por el tifus,
quizá herido, muerto o prisionero,
flotando en ese piojerío
del soldado y su miseria.
Y el mar,
sus fuerzas anhelantes
agravadas por Venus
y despreciadas en Francia,
le cargaban bolsas de sal
y menjunjes portuarios
que trocaban o vendía
u obsequiaba a la soldadesca
de la ocupación,
en los controles y caprichos,
y caminando regresaban,
las dos Marías y la Rina,
tranqueando ampollas,
agigantadas leguas,
hasta Belvedere Langhe,
y todos esos muertos
alrededor del campanario,
de los cultivos y olivares,
en las colinas y agostados viñedos.
Esos muertos
como rostro de hoy.
-Inédito-
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