La última noche de La Habana
La última noche de La Habana
I
Don Jesús golpea el vaso
en la gastada barra del Ángel,
y por el ventanal abierto
los niños anuncian que llega
la última noche a La Habana.
El trompetista se inmola
en un sótano del Vedado.
Por el salón del Nacional
las damas esperan
con las maletas a cuestas.
Está callado ya el puerto,
y en el Malecón nadie sabe
si eso que en alta mar vela
es despertar o tormenta,
o es el final de veras.
Fidel ha muerto adivinan
ancianos revolucionarios
sentados frente a las ruinas
y las exhaustas fachadas
del alma de la ciudad vieja.
II
Duerme Lezama Lima
en su hogar de Trocadero.
Duerme el siglo de las luces
perdido en el bolso de cuero
de aquel poeta timorato.
El camarero de los Hermanos
sirve otra copa y escucha
que alguien recita a Lorca.
Por la Zanja baja una frase
que ningún habanero pronuncia.
Qué silencio de funeral
en la plaza de la Revolución.
Qué vetustas se han vuelto
las humildes cafeterías,
las pobres tiendas en sombras.
Y duerme Lezama Lima
con su familia en Colón.
Duerme cerca Carpentier,
solo bajo un cruceiro
de cara a la calle Zapata.
III
Es noche cerrada ya
en el despacho de Fulgencio.
También la noche ha caído
desde el Prado a las lejanas
barriadas de los guajiros.
En la comandancia en lo alto
del fuerte de La Cabaña,
Guevara y sus ánimas ruegan
sobre el canal y las cúpulas
por la brisa de luna nueva.
Y por la Zanja baja la frase
hasta arrimar al tenue portal
de Don Vicente y Nerza.
Entra y junto a ellos se sienta.
Ve el boxeo, aguarda la nueva.
¿Es tu última noche, La Habana?,
preguntan desahuciados
los canosos revolucionarios.
En silencio, los jóvenes brindan:
¡Larga vida a La Habana!
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