miércoles, 17 de abril de 2024

Rainer María Rilke (Praga, 1875 - Suiza, 1926)

 

LA TERCERA ELEGÍA

 

 

Una cosa es cantar a la amada, y otra ¡ay!
al gran Dios-Río, culpable y oculto
de la sangre.
Aquel joven amante a quien ella reconoce
desde lejos ¿qué sabe del maestro del deseo
que, a menudo, en horas solitarias, antes
de que ella lo aplacase, a menudo también
-como si ella no existiera—manaba
-¡d e qué profundidad desconocida!—,
y erguía su cabeza de dios,
llamando a la noche a un tumulto infinito?
¡Oh, el Neptuno que vive en nuestra sangre,
oh, su terrible tridente!
¡Oh, el oscuro aliento de su pecho, nacido
de un retorcido caracol marino!
Escucha cómo la noche, ondulante, se ahueca.
¡Oh, estrellas! ¿no procede de vosotras el deseo
que empuja al amante hacia el rostro
de su amada? La entrañable mirada que él hunde
en sus ojos puros ¿no procede de la estrella
más pura?
No eres tú, mujer, ¡ay! ni su madre
quien así ha distendido para la espera
el arco de sus cejas.
No, joven amante, que lo sientes palpitar,
no es a tu contacto que su labio se curvó
en una expresión más fecunda.
¿Crees de verdad que tu paso ligero
lo hubiera así trastornado, tú que pasas
como la brisa tenue de la mañana?
Tú atemorizaste su corazón, es verdad-,
pero fueron terrores más antiguos los que
se precipitaron en él al choque
de esa conmoción.
¡Llámalo!... no lograrás del todo arrebatarle
a su ámbito sombrío.
El, sin duda, lo quiere; se evade: ya aliviado,
se instala en los latidos de tu pecho
donde bebe y se comienza.
Mas ¿acaso él comenzó alguna vez? Madre, eres
tú quien lo hiciste, pequeño, de tu ser, eres
tú quien en sus comienzos, lo formaste;
era un ser nuevo para ti; tú inclinaste hasta
sus ojos recién abiertos, el mundo amable,
apartándole el extraño.
¡Qué lejos, ay, aquellos años en que tú, para
defenderle, le ocultabas con tu esbelta figura
el caos ondulante!
¡Cuántas cosas lograste así ocultarle! La alcoba
nocturna, sospechosa, la hiciste inofensiva;
porque de tu corazón, refugio sin acechanzas,
arrancaste, para unirlo al espacio de su noche,
un espacio más humano.
No era en la oscuridad, no, era en tu más cercana
luminosamente verde, su corazón se erigía.
Amaba. Luego io abandonó. Descendió por sus
propias raíces hasta su inmenso origen,
hasta sobrepasar su pequeño nacimiento.
Amando, descendió hasta la sangre más antigua,
a los desfiladeros donde lo terrible anida,
todavía harto de sus antepasados.
Y cada terrible imagen lo conocía, guiñándole
los ojos, con un gesto casi de connivencia.
Porque incluso el horror le sonreía...
¡Rara vez, madre, has sonreído tú tan tiernamente!
Y, ¿cómo no amar aquello que tan risueñamente
lo acogía?
El lo amó antes que a ti,
porque cuando tú lo llevabas en el vientre
el horror estaba ya disuelto en el agua
que hace ligero el germinamiento.
Mira: nosotros no amamos como aman las flores
de una sola estación; cuando amamos inmemorable
savia remonta nuestros brazos. Oh, muchacha,
lo que amamos en nosotros no es solamente
un ser que ha de venir, sino el innumerable
fermento; amamos no una sola criatura, sino,
como ruinas de montañas, los antepasados que
reposan en nuestras profundidades;
el seco cauce, ya enjuto, de las madres
que fueron; todo el paisaje mudo bajo el
Destino nebuloso o puro —todo aquello, muchacha,
que te vino a anteceder,
Y tú misma ¿qué sabes? Hiciste surgir en el
amante todo lo primitivo. Hiciste que el pasado
ascendiese a su corazón.
¡Qué sentimientos de seres desvanecidos
lograron llegar hasta él!
¡Qué mujeres te odiaban desde entonces!
¡Qué hombres sombríos despertaste en las venas
del adolescente! Niños muertos querían venir
a ti . .. ¡Oh, dulce, dulcemente,
ofrécele para sosegarlo una amorosa empresa,
una tarea cotidiana,
guíale hacia el jardín;
dale la supremacía de las noches!...
¡Guárdale!...
 
Rainer María Rilke
Elegías de Duino. Versión de Juan Rulfo
 
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(Fuente: Adriana Hoyos)

 

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