Medir el tigre
Barriles de cadenas. Medias reses apiladas en camionetas. Búfalos acuáticos que arrastran troncos de teca por el barro del río en las afueras de Mandalay. El Pantocrátor de la cúpula bizantina. La grúa colosal que transporta bloques de acero entre rugidos por la luz mortecina hasta la cortadora gigantesca que rebana unas planchas diamantinas de tres cuartos de pulgada que caen una por una. El peso de la mente fractura las vigas y pilares del espíritu, hace que se derrame la fragua del corazón. Lingotes incandescentes del tamaño de un coche salen de una fresadora titánica, escoria roja que se desprende del metal que brilla más en la oscuridad. El río Monongahela más abajo, con el resplandor de la noche en la panza. Silencio salvo el ruido de la maquinaria dentro de uno. Vas a volver a amar, me dice la gente. Dale tiempo. A mí que el tiempo se me acaba. Día tras día de la vida diaria. Lo que llaman la vida de verdad, en planchas de un octavo de pulgada de grosor. Lo nuevo que se pasea por ahí como si tuviera algún sentido. Ironía, pulcritud y rima que pretenden pasar por poesía. Quiero volver a esa época después de la muerte de Michiko en que lloraba todos los días entre los árboles. A lo real. A la magnitud del dolor, a estar así de vivo.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
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