Intimidades
Qué inquietante
mi mochila negra,
sus bolsillos negros,
los correajes desgastados,
la hebilla de plata.
Vuela un pañuelo verde
como ave tropical que huye
liberada con miedo,
y que me anuncia
la indeseada sorpresa
de un gran desasosiego.
Unas bragas rosas
y unas bragas grises,
y un sostén sin aro,
y el sol ya se pone.
Profano intimidades
del error,
las inocentes
sin pudor,
con tampones y secretos.
Hundo brazos en la violación
oscura
de muchacha
que ahora teme,
porque le descubro su vida secreta
espejo de la mía
en su desasosiego con vergüenza.
Hay un bolso con lentejuelas
y billetes doblados dos a dos.
Hay un lápiz de labios
de un color que me gusta
y un cuaderno con notas
y la fórmula de la derivada
de un vuelo infinito.
La muchacha es muy joven
porque lee
a Epicuro
que ya los viejos temen.
Hay una carta
que no leo,
¿mojada de perfume que se sale
o tal vez de lágrimas de olvido?
El llavero osito sonriente
tiene llaves de casas,
y quizás una casa
es la de quien la besa en una cama anárquica.
Hago lo que he de hacer
buscando mi mochila
con olor a macho pervertido,
no la suya que ahora huele
a femenino singular,
negra como la noche ya,
violada al mismo tiempo
pero por manos blancas.
Y en el fondo, su intimidad
sagrado culto a Safo
en los placeres de solitaria,
posible razón de negación
del intento
de recomponer
el tiempo.
Odio conocer las virtudes del prójimo,
ella seguro que también.
Cerrar los ojos,
despertar
y que retroceda un sólo movimiento,
pido.
Pero tan solo veo manos agitadas
y rubor y terror
en unos ojos húmedos inencontrables
ahondando en lo profundo de mí mismo
en mi mochila negra.
Antonio Santos Barranca
(Fuente: Voces del extremo)
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