𝐎𝐤𝐮𝐩𝐚
Pasé de ser hombre a viejo.
Quise (quería) dejar de mí
una imagen poética. Verme
como esos árboles que apenas
comenzaron a florecer,
con las abejas en torno
cargadas de polen, parecidas
a las chicas del St. Patrick,
rubias, inglesitas, capullos
cerrados con la mirada fija
en las grietas del pavimento
del barrio de Coghlan. Parece
que ya no hubiera pobres aquí.
Algunos edificios en torre,
y casas antiguas, de ladrillos
o piedra sólida, con cada bloque
ensamblado para que el diseño
abarque las fachadas. Hubo,
hasta hace uno o dos años,
casas tomadas por gente
que parecía tener el poder
de deshonrar al dios de esa
clase de muchachas, burlándolas,
traficando con no sé qué cosa
o echando sus aguas y pestes
por las cañerías. Ahora,
expulsados los okupas,
los árboles son letras.
Se ven en fila, erguidos,
y puede leerse que entre unos
y otros todo está en orden,
de línea en línea despejado.
Parece que ya no hubiera
pobres aquí. Sólo un viejo
con ese hedor que apesta
a loco y de tal manera mueve
sus dedos que confunde a todos.

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