𝐃𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐚𝐦𝐚𝐫𝐨𝐧
La devoción de un hombre por otro en este
Shakespeare siglo veinte, un suplicante
que se ofrece a ser en garantía de su amor
el carnero marcado del rebaño, y mirar,
solo mirar, con la pretensión de no saber
que lo que ama y ve, siempre se esfuma: ese
retirarse de toda luz al estilo de 𝐹𝑎𝑖𝑟 𝑌𝑜𝑢𝑡ℎ,
su acceso a la certeza de que el pensamiento
a la larga es pensamiento, no deseo,
¿no lo indispuso acaso hasta su muerte
obligándolo -no sólo una vez sino tres
o cuatro- a transformar sus metáforas
de fascinación en sombríos presagios?
A escribir sin decir: el poeta augura todo fin
desde su falsa ventana. A quienquiera que tenga
tu deseo le deseo que viva eternamente
temeroso en el hueco de tu armadura, negra
mansión de falos, nadas, ardor venéreo.
Hoy ahí, en lo más hondo, en lo raro de lo oscuro,
yacen dos hombres: uno poeta, el otro comediante
que supo introducir almas ajenas en cuerpos
inmortales. ¿Ven como se abrazan esas sombras
a sabiendas de que se vence lo fugaz y vacilante
con sólo ofrecer uno de sí algo de arte?
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